Horacio Guerriero es un artista polifacético cuya mayor exposición pública ocurre bajo la identidad con la cual firmó su primer trabajo para la prensa, a los 12 años: Hogue. Esa identidad no muy secreta es la que ha utilizado en su larga carrera como dibujante y caricaturista, de la cual una parte importante entra en el género denominado caricatura editorial o dibujo político. A lo largo de los años Hogue ha practicado este oficio fundamental para la democracia en varios medios –El Día, El Dedo, Guambia, Búsqueda, El Observador, Canal 12, entre otros– por lo que está en una posición inmejorable para mirar atrás al cumplirse los 40 años de democracia en Uruguay. Y eso fue exactamente lo que hizo al publicar Bichos políticos, el libro que antologa su trabajo cubriendo las idas y vueltas de nuestro sistema político.
Joseph Conrad ha escrito que inventar un sobrenombre es poner la cara de un chiste en el cuerpo de una verdad.1 Esto es todavía más exacto aplicado a la caricatura política. Corrientemente, el caricaturista captura en una sola imagen una historia completa: un acontecimiento, sus protagonistas, el papel frecuentemente velado que, a juicio del caricaturista, estos actores cumplieron o las consecuencias que sus actos provocaron. En la caricatura editorial hay siempre una postura de quien dibuja, una toma de posición que devela lo que el artista piensa. Tomemos como ejemplo la caricatura que representa a Mujica entregando en bandeja la cabeza cortada de Charles Carrera. Recordemos que, en primera instancia, Carrera dijo que renunciaría a su banca del período de gobierno en curso, pero que integraría la lista de la 609 en las elecciones que iban a llevarse a cabo un mes más tarde. Sin embargo, al día siguiente Carrera cambió de opinión y anunció que no integraría la lista al Senado en la que, hasta entonces, ocupaba el tercer puesto detrás de Alejandro Sánchez y Blanca Rodríguez. En el dibujo de Hogue queda claro que el cambio de postura se debió a que Mujica no estaba dispuesto a poner en riesgo el triunfo electoral. El dibujo no se expide sobre Carrera y los delitos de los que se lo acusan, sino sobre el cálculo electoral del líder del Movimiento de Participación Popular, que sacrifica sin más a quien hasta entonces integraba su círculo más cercano y lo entrega en bandeja.
«En la caricatura, en mayor medida que en las otras ramas del arte, existen dos clases de obras preciosas y recomendables por razones diferentes y casi opuestas. Unas solo tienen la vigencia del hecho que representan. Tienen indudablemente derecho a la atención del historiador, del arqueólogo e incluso del filósofo; deben ocupar su lugar en los archivos nacionales, en los registros biográficos del pensamiento humano. Lo mismo que las hojas sueltas del periodismo desaparecen llevadas por el soplo incesante que trae noticias; pero las otras, y es de ellas de las que quiero ocuparme en particular, contienen un elemento misterioso, duradero, que despierta la atención de los artistas. ¡Es algo curioso y verdaderamente digno de consideración la introducción de este elemento inapresable de lo bello hasta en las obras destinadas a presentar al hombre su propia fealdad moral y física! Y, algo no menos misterioso, ese espectáculo lamentable excita en él una hilaridad inmortal e incorregible.»2

Para quienes consideran la caricatura un arte menor y efímero, digamos que el que habla es Charles Baudelaire y que las caricaturas que hoy nos ocupan pertenecen a las dos categorías que señala. Bichos políticos produce, además, otro efecto. Repasarlo deja al descubierto cuánto olvidamos. El libro de Hogue opera como una especie de ayudamemoria de lo acaecido en estos 40 años de juego político, comenzando con la caricatura de Sanguinetti y Wilson bailando un tango a raíz del anuncio del primero de que habría un «gobierno de unidad nacional». No es extraño que a poco de seguir leyendo recordemos que de unidad nacional hubo poco, que en aquel primer gobierno blancos y colorados pelearon como en los buenos viejos tiempos. Las páginas recogen hechos grandes –la ley de caducidad, el ingreso del Movimiento de Liberación Nacional al Frente Amplio, el primer triunfo electoral de la izquierda– y más pequeños –la sustitución del ministro de Salud Carlos Delpiazzo, la reapertura del Hipódromo de Maroñas o el asado del Pepe– con un humor que nunca es estridente y un dibujo siempre excelente. Y es que Hogue es dibujante primero, luego editorialista, finalmente, ironista.
El libro de Hogue tiene también otro efecto: ¿cómo es posible haber olvidado que la primera renuncia de un jerarca en nuestra democracia recién recuperada provino de la cultura –Carlos Maggi, a la dirección de Canal 5, en ¡abril! de 1985–. ¿Cómo explicar que se haya borrado la bomba en el auto de Hugo Cores, la visita de Pinochet en el 93 o que Tabaré Vázquez estaba convencido de que la fórmula presidencial del Frente Amplio debía ser Astori-Mujica? Y… son 40 años.
* Estrictamente hablando, el semanario Búsqueda tiene a Junior en sus páginas, que ha tomado la antorcha de la generación anterior de la que Hogue, Arotxa y Ombú forman parte. Junior es un digno heredero y continuador de estos maestros.↩︎- «A nickname may be the best record of a success. That’s what I call putting the face of a joke upon the body of a truth» («Un apodo puede ser el mejor testimonio del éxito. A eso le llamo yo disfrazar de broma una verdad», traducción de Rafael Santervás), en Joseph Conrad, Nostromo. Parte III: El faro, capítulo 1. ↩︎
- Charles Baudelaire, Lo cómico y la caricatura, Visor, colección La balsa de la Medusa, 25, 1988, páginas 15 y 16. ↩︎



