Del poder destituyente al poder estatal

Las 40 personas que acamparon en la Plaza del Sol de Madrid la noche del 15 de mayo de 2011 nunca hubieran imaginado la potencia de los indignados, ni que llegaría a ser “un momento crucial del cambio político en España, sin precedentes desde la transición” posfranquista de 1978, como señala el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias.

Pablo Iglesias tras los comicios del 24 mayo / Foto AFP, Gerard Julien

La fuerza de los “indignados” se convirtió, en apenas cuatro años, en un vendaval electoral que desplazó el domingo pasado a la derecha neofranquista del gobierno municipal en las grandes ciudades españolas. Entretanto, en España habían tenido lugar las “mareas”, las grandes marchas en defensa de la educación, la salud y, en general, de los principales derechos conculcados por “el régimen del 78”, nombre con que fue definido el bipartidismo instaurado tras la muerte de Francisco Franco y que aseguró durante cuatro décadas la gobernabilidad, la contención de la protesta social y, muy en particular, los millonarios negocios de las grandes empresas y los bancos españoles.

Es evidente que hoy el bipartidismo (entre los socialistas del Psoe y los conservadores del Partido Popular, PP) está en crisis al haber pasado de representar –en las elecciones autonómicas y municipales del domingo último– el 80 por ciento de los votos a poco más de la mitad. Sin embargo, no está muerto y puede recuperarse. En las elecciones presidenciales del próximo noviembre se sabrá si uno o los dos partidos tradicionales son capaces de revivir. La irrupción de nuevas fuerzas, como Podemos, en la izquierda, surgido del movimiento “indignado” del 15 de mayo de 2011, ha sido una de las características centrales de los últimos años. Podemos saltó a la palestra electoral en las europeas de mayo de 2014, en las que obtuvo cinco europarlamentarios, y se consolidó el domingo pasado en las municipales y autonómicas donde se presentó (que no fue en todas), en su mayor parte, en alianza con otros grupos; en especial en la capital española (Ahora Madrid) y en la catalana (Barcelona en Común). Podemos, dicen sus principales dirigentes, no tiene todavía techo, y apuestan a hacer de esa formación la “palanca para el cambio social” en la península.

Sin embargo, el grupo dirigido por el joven Pablo Iglesias (universitario, como la gran mayoría de los líderes de la formación, véase nota de Daniel Gatti en Brecha, 27-III-15) debería evitar algunos espejismos.

El primero se relaciona con la experiencia latinoamericana que varios de sus dirigentes toman como referencia para apuntalar sus propuestas de “cambio”. En los países a que se refieren –Venezuela, Argentina, Ecuador y Bolivia– se produjeron algo más que masivos movimientos sociales como los que tuvieron lugar en España: hubo levantamientos populares de tal magnitud que hicieron caer gobiernos (una decena de presidentes en esos cuatro países) y que, sobre todo, desarticularon el sistema político en el que se apoyó el modelo neoliberal.

Los principales partidos que hay actualmente en Bolivia, Ecuador y Venezuela no existían 15 años atrás, y fue la rebelión popular la que permitió que se aprobaran constituciones que supusieron una ruptura con el viejo orden político. Nada de eso sucedió en España, ni está sucediendo en Grecia, el otro país europeo donde, desde el triunfo de la coalición de izquierda radical Syriza, en enero pasado, se plantea una alternativa real a las políticas neoliberales. El sacudón español del domingo 24 no tiene la menor relación con lo sucedido en América Latina, donde las elecciones fueron el modo de recomponer un mínimo de gobernabilidad cuando la rabia popular había desmigajado las instituciones.

El segundo espejismo a evitar es que en la medida en que se apague o debilite el motor de Podemos (o sea el movimiento social que lo parió y le dio sentido), la propia lógica electoral e institucional tenderá a debilitarlo si se entrampa en los vericuetos del poder. En este punto, debe destacarse que la legitimidad de Podemos no proviene de la habilidad o el carisma de sus dirigentes (innegable, sin duda) sino del 15M y de las multitudinarias y múltiples movilizaciones sociales.

La alcaldesa electa de Barcelona, Ada Colau, por ejemplo (véase recuadro), no sería nada sin su combate contra las hipotecas y los desalojos. Los nuevos liderazgos llegaron asimismo a ese lugar porque la gente que los apoya rechaza el viejo estilo, o sea dirigentes sin relación con la vida y los sufrimientos de los comunes mortales.

Pero es el tercer dilema el que suele derribar las mejores intenciones de los movimientos de cambio y el que puede limar las aristas antisistémicas del nuevo partido, como señaló Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos que pocos días antes de las elecciones abandonó la dirección de la organización advirtiendo sobre la necesidad de ésta de “volver a sus fuentes” movimientistas ante el peligro que advertía de una licuefacción de las posturas radicales originales. Sería algo así como el “dilema de Michels”, autor de la célebre “ley de hierro de la oligarquía”, quien estableció en tres puntos básicos que toda organización se vuelve oligárquica: porque la masificación implica burocratización, porque la búsqueda de la eficiencia atenta contra la democracia interna y porque las masas desean líderes que las conduzcan.

Ese es precisamente el punto central que llevó a Monedero a abandonar la dirección de Podemos a fines de abril: “El contacto permanente con aquello que queremos superar, a veces hace que nos parezcamos a lo que queremos sustituir”, según dijo. En la medida en que las fuerzas políticas tienen como principal objetivo “acceder al poder”, agregó, entran “en el juego electoral y empiezan a ser rehenes de lo peor del Estado, de su condición representativa”.

Pero ahora Podemos ya está en el juego, y quizá fuera inevitable la opción de estar allí “para poder cambiar las cosas”, como sostienen sus dirigentes. Dentro de las instituciones, allí donde los dirigentes suelen independizarse del control de los dirigidos, valen sin embargo las preguntas que se formulan, desde Brasil, los miembros de la Universidad Nómade: “¿Cómo invertir en el terreno vertical de las instituciones existentes y de las disputas electorales sin dejar de lado la dimensión transversal, cooperativa y horizontal de los movimientos instituyentes? ¿Cómo inundar la institucionalidad de las democracias representativas occidentales con nuevas instituciones de lo común que puedan corresponder a las formas de vida y de interacción que ya son practicadas en las ciudades?” (UniNômade, lunes 25).

Son dilemas para los que la experiencia histórica europea no tiene respuestas, y ante los que se estrellaron –en la primera fase de la guerra civil española– las mejores intenciones de los anarquistas dirigidos por Buenaventura Durruti y los marxistas revolucionarios liderados por Andrés Nin.

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