Descuantificando Facebook: algo de higiene moral – Brecha digital

Descuantificando Facebook: algo de higiene moral

Desde su creación en 2012, el “Demetricator” -una herramienta capaz de quitar toda la “contabilidad” de Facebook- ha suscitado curiosas reacciones entre usuarios de la red. Basta de números y conteos es la consigna.

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“Estoy pensando, señora máquina, que los productos salidos de mi magín que diariamente transcribo son demasiado extensos.” La frase, es fácil adivinar, pertenece a Daniel Vidart y no viene de uno de sus muchos libros, sino de uno de sus muchos posts en Facebook. Vidart es, también en las redes, una personalidad carismática (tiene 1.690 amigos, a quienes parece conocer por sus nombres de pila). Parte de su seducción virtual está en el contraste entre el medio y el mensaje, posts antropológicos, filosóficos, de historia de las religiones o de las culturas escritos con una soltura que no se priva de registros dieciochescos como el de dirigirse al “benemérito señor Facebook” o a la “señora máquina”. En el mentado post reflexionaba “metadigitalmente” sobre la adecuación de sus escritos a un medio tan volátil. Sus escritos, admitía, “transgreden las reglas de este ping-pong ciberespacial”. No es la primera vez que Vidart reflexiona sobre la relativa escasez de respuestas a algunas de sus propuestas en la red, y, como seguramente y con razón está seguro de su valer, no ha dudado en interrogar a sus amigos sobre las razones de su indiferencia.

Esta vez les anunció el tema y las características de su escrito –“un largo ensayo sobre la ‘edad de oro’, esos tiempos evocados por Eliade que muchas culturas ubican en los inicios mitológicos de la humanidad pero que, como todo mito, prefiguran o sintetizan realidades del diario vivir”– y les pidió que si estaban dispuestos a leerlo le dieran un “me gusta”. Entonces podría evaluar si valía la pena insistir con la red de redes o era mejor enfilar para los libros. Con cancha, aclaró que proponía esa encuesta “sin caer en la quantofrenia” pero animado por su vocación “de comunicador, de provocador de conciencias”. Como De Gaulle cuando el plebiscito del 68, si no obtenía los votos para esos ensayos que buscan no sólo informar sino hacer pensar, prometía retirarse sin rencor a los cuarteles de los libros y regresar sólo para asomarse “de tanto en tanto, y con pocas palabras, a este medio de diálogos veloces, imágenes pasajeras y almas apresuradas, a las que mucho respeto porque los nuevos tiempos vienen degollando”. Más allá de su propuesta, asombra la lucidez de Vidart para entender el nuevo medio y usarlo para sus fines. Porque su neologismo acerca de la “quantofrenia” es precisamente un rasgo definidor de las redes que en estos momentos está siendo puesto en el banco de los acusados. Incluso por el ruido que viene haciendo el Demetricator, una aplicación que busca ser su antídoto.

El tema acaba de emerger en varias publicaciones de Estados Unidos y Europa a causa de un escrito reciente de Ben Grosser, un programador y artista que hace ya dos años creó una herramienta capaz de quitar toda la “contabilidad” de Facebook. Cuando se instala la aplicación se sabe que alguien tiene amigos, pero no cuántos; se sigue viendo que hay personas a las que les gusta la última fotografía de los nietos de alguien, pero ya no a cuántos; y se entera uno de que un ensayo sabio y bien escrito ha recibido comentarios, pero no cuántos. Basta de números y conteos es la consigna. Incluso queda oculta la fecha de creación del post. La aplicación obliga a concentrarse en los contenidos y obliga a las personas a opinar por sí mismas, sin saber si están acompañadas o solas en sus opiniones. Desde su creación en 2012, el Demetricator que borra las mediciones de Facebook ha suscitado curiosas reacciones entre usuarios de la red. Grosser lo había inventado cuando notó que él mismo había empezado a estar más atento a los “me gusta” que obtenía que a los contenidos propios y ajenos. Las reacciones de otros usuarios lo convencieron de que en ese afán de medición está la adicción que Facebook es capaz de imponer. Los usuarios regresan a cada rato a mirar cuál ha sido la suerte de un post, y los “me gusta” convierten la comunicación en un concurso de popularidad. “No podía parar de chequear y rechequear, pero desde que empecé a usar el Demetricator fue como si le hubiese adosado un atributo zen, gané paz.” Muchos usuarios se manifestaron menos satisfechos y con veracidad cruda confesaron que no sabían qué hacer, ni decidir si algo les gustaba o no; necesitaban la certidumbre de otros muchos. La herramienta quita presión, pero es bien sabido que la libertad también crea angustia.

Lo que el Demetricator parece haber puesto en evidencia es que, más allá de los usos comerciales que alimentan un negocio (que hará que nos llegue propaganda de acuerdo a nuestros gustos confesos) y de la apocalíptica amenaza del control social que puede obtenerse cuando se entrega tanta información, la obsesiva medición de aprobación en Facebook está cambiando las subjetividades de sus usuarios de una forma insidiosa. Los “me gusta” se han convertido en el tamaño de nuestra autoestima y la vara que mide nuestra felicidad. “En la actualidad –argumenta un periodista del Washington Post– no hay decepción mayor que subir un escrito que creemos sabio y brillante o una foto que nos parece encantadora y recibir apenas uno o dos me gusta.” En Uruguay conozco usuarias que se han quejado con conmovedor candor, preguntando a sus amigos dónde están, si nunca opinan sobre lo que ellas postean. Y sé de un alma sensible que me confesó que entra para darles “me gusta” a quienes nunca los reciben.

Es obvio que el sistema fue creado con deliberación: la adicción agranda la actividad en Facebook y con ella crece el negocio. Los efectos colaterales resultan menos fáciles de cuantificar. Y no menos siniestros.

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