Cuando en el año 2024 el escritor palestino Basim Khandaqji (Nablus, 1983) obtuvo el Premio Internacional de Ficción Árabe por su novela Una máscara del color del cielo en la ceremonia en Abu Dabi, recogieron el galardón la editora Rana Idriss y el hermano del escritor, Yousef Khandaqji. El novelista no pudo estar presente porque en ese momento cumplía la condena a tres cadenas perpetuas consecutivas en una prisión de Israel, tras ser encontrado culpable de participar en un atentado suicida con bomba en el mercado Carmel, en Tel Aviv.
No solo estuvo ausente de aquella gala Basim Khandaqji, sino que el propio libro premiado fue escrito en la cárcel, espacio donde el autor pudo completar sus estudios superiores, a saber, una licenciatura en Ciencias Políticas con especialización en Estudios Israelíes en la Universidad Abierta de Al-Quds, y redactar otras obras de ficción. El año pasado, luego de dos décadas en prisión, Basim Khandaqji fue liberado como parte de un intercambio de prisioneros y deportado a Egipto, donde permanece sin posibilidades de viajar internacionalmente.
La preciosista editorial asturiana Hoja de Lata ha publicado Una máscara del color del cielo, con traducción de Alberto López Oliva y un prólogo firmado por Luz Gómez, en lo que representa el desembarco de Basim Khandaqji en nuestra lengua y, gracias a los derroteros de la circulación librera, el aterrizaje de la obra en librerías locales.
Entre otros asuntos, la novela de Khandaqji permite no solo una interesante aproximación a la literatura palestina contemporánea, sino que, además, complejiza la forma de ver los procesos creativos en el marco de un territorio mutilado por la voracidad bélica y en donde el arte busca permanentemente canales de expansión y legitimación.
En el centro de Una máscara del color del cielo se encuentra un tópico, vuelto persistente lugar común en la literatura: el doble (El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, El retrato de Dorian Gray, William Wilson, etcétera), pero que Khandaqji trabaja de una manera por demás interesante. Nur, el protagonista de la novela, es un joven palestino que vive en un campo de refugiados de Ramala y procura convertirse en arqueólogo para conocer de primera mano los sitios donde ocurrió verdaderamente la acción y, con esa experiencia, escribir luego exitosas novelas históricas (El código Da Vinci es su guía para bien y para mal). El hallazgo fortuito de un documento de identidad israelí, sumado al particular color de su piel, le permitirá a Nur, por fuerza de la verosimilitud física y del arte novelístico, convertirse en un judío asquenazí.
No conviene desarrollar mucho más la trama, para que sea el lector interesado quien se sumerja en los pliegues de una historia que mezcla intriga política con investigación de campo, al tiempo que explota con particular interés el siempre anquilosado recurso del diálogo en la ficción y el entramado de diversos paratextos.
Sobre el final, quisiera volver a la cuestión del doble, recurso del que Khandaqji se vale no solo para desarrollar la condición bifronte de su protagonista, sino la composición escritural de la novela. Una parte importante del libro la conforman las cartas que el joven Nur le remite a su amigo Murad, quien se encuentra prisionero por ser parte de la resistencia palestina. Si un autor, siguiendo la vieja máxima equívocamente atribuida a Flaubert, es también el protagonista de su historia, puede afirmarse que mientras escribía esta novela, Khandaqji pudo recuperar su libertad a través de la ficción. Ya solo por eso, y nada más que por eso, valió la pena que este libro se haya escrito.



