Desde Washington con amor – Brecha digital

Desde Washington con amor

Hoy, Stalin, la academia estadounidense, los gordos brazos bancarios multilaterales y la cláusula del premio Onetti de la IM: un solo corazón. A continuación, varios de sus latidos.

Prólogo Uno. en 2009, la crianza de una ultra sospechosa tropilla de especialistas en ciencias de la educación que pastoreaba la bien llamada Universidad de la Empresa (institución dedicada a los agronegocios) fue explicada con soltura por Luis Garibaldi, entonces director del Mec: no había de qué alarmarse, esos 350 inminentes propietarios de títulos universitarios serían magísteres y doctores en ciencias de la educación, y no en medicina o ingeniería.

En esa duplicidad la enseñanza quedó atrapada: nombrada responsable del presente y del futuro, pero declarados anodinos sus conflictos. Así, entre lo de­sechable y lo inquietante, se ubica lo que sigue. Antes, otro preámbulo.

Prólogo Dos. En mayo mucho se discutió una cláusula agregada al reglamento del premio literario Onetti que organiza la Intendencia de Montevideo (IM). Por ésta se establece la posibilidad de otorgar menciones a obras “con abordajes destacables sobre igualdad y estereotipos de género” y “por tratamiento de temas de inclusión y diversidad sexual”. Buena parte del asunto fue desmenuzado por Soledad Platero: la literatura no se hace con sentimientos altruistas, además, en este caso, el altruismo que la IM propone premiar viene directamente importado de “los claustros de la academia estadounidense y llegó a estas costas de la mano de los organismos multilaterales. Fueron la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial, entre otros, los que impusieron los temas de identidad, minorías, género y demás microépicas mediante la entrega directa de fondos o (más perversamente) mediante su condicionamiento a la inclusión de esa perspectiva. No fue la Checa: fue el liberalismo biempensante de Estados Unidos, de la mano de la cooperación internacional, el que transformó la denuncia del patriarcado y la heteronormatividad en un formato fijo para conseguir la aprobación de proyectos”.

El espléndido análisis de Soledad Platero aguanta una vuelta de tuerca, si admitimos la confluencia en este caso de los procederes de la academia estadounidense con sus bancarios brazos y los procederes de cierto Stalin. Porque hubo un Stalin que, en nombre de valores superiores, intentó imponer un idioma ruso “proletario” en lugar del idioma ruso “burgués” –tal como la academia estadounidense y sus bancarios brazos intentan imponer un idioma “no sexista”, aunque por ahora con menos tino que Stalin, quien pronto renunció a su proyecto. De igual modo, hubo un Stalin que, en nombre de valores superiores, intentó imponer una literatura no decadente, “con abordajes destacables” de los valores proletarios.

Claro, lo estalinista de la cláusula discutida no radica en los valores que se pretenden destacar (“igualdad de géneros”, “diversidad sexual”), ni en la pretensión de imponer temas liberticidas del espíritu creador (si lo premiable fueran obras “con abordajes destacables” de las bondades del estío o las maldades del colesterol, no sería estalinista sino idiota). La cláusula es estalinista no porque pretenda imponer temas, sino porque pretende imponer esos temas, que son los caballitos de batalla de los gobiernos frenteamplistas, la magra cosecha de un partido que nació como “esperanza” anti imperialista, justiciera. Es estalinismo que el Estado premie las obras literarias que, catequizando sobre “la diversidad sexual”, lo propagandean.

Que, en este caso, lo que deba decirse tenga que ver no ya, como antaño, con los valores proletarios o con el compromiso revolucionario, sino con la “biempensancia” policial (“no diga todos, diga todos y todas”, “no diga negro, diga afrodescendiente”, “no diga puto, diga diverso sexual”) es descacharrante, si se considera que se pretende homenajear a Onetti, autor que se divierte atribuyendo a Baudelaire este rezo: “Gracias, Dios mío, por no haberme hecho mujer, ni negro, ni judío, ni perro, ni petizo”.

Hoy, Stalin, la academia estadounidense, los gordos brazos bancarios multilaterales y la cláusula del premio Onetti de la IM: un solo corazón. A continuación, otro de sus latidos.

Dos asuntos: 2013, 2016. En abril pasado, quien esto escribe y su colega Pablo Rocca renunciaron a las direcciones de sus respectivos departamentos (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación). Las razones quedaron expuestas en una carta en la que se denunciaban resoluciones del Consejo de la facultad, en dos oportunidades en que debieron proveerse cargos docentes altos.

En resumen, esta carta denunciaba llamativas modificaciones, absolutamente contrarias al uso, en las composiciones de comisiones asesoras y tribunales de concursos. Una ocurrió en 2013, cuando dos de los tres miembros de una comisión asesora habían sido desplazados luego de que ésta sugiriera al Consejo la realización de un concurso (es decir, la asesora no consideraba ganador a nadie, aunque el fallo dejara ver cierta preferencia por un candidato); otra, actual, en que el Consejo no sólo desoía la sugerencia de la asesora que había dado por ganador a un candidato, sino que eliminaba de la nueva instancia que debía proseguir con el trámite a cuatro de los seis profesores propuestos por el Instituto de Letras.

El Consejo rápidamente aceptó las renuncias presentadas y declaró haber ejercido sus potestades. (No obstante, el quórum del Consejo se redujo a la mitad, pasando de 12 consejeros a seis, en la siguiente sesión, que ratificó lo actuado y aceptó las renuncias de protesta.)

Como las razones que daba el Consejo se reducían a “lo hicimos porque está en nuestras potestades hacerlo”, los renunciantes, Pablo Rocca y quien esto escribe, solicitaron en otra carta que se dieran a conocer los fundamentos –no exclusivamente de autoridad– que en 2013 habían llevado a que se desplazara de un tribunal a Noé Jitrik, profesor argentino de actuación internacional y honoris causa, entre otras universidades, de la Udelar, y a Beatriz Vegh, profesora de reconocida trayectoria, ex directora del Departamento de Letras Modernas, hoy académica; y que en 2016 llevaban a que se eliminara de un tribunal a los profesores titulares Carlos Caorsi, Aldo Mazzucchelli, Pablo Rocca y quien suscribe, luego de que se desatendiera la sugerencia de una comisión asesora –integrada por Carlos Caorsi, Roger Mirza y quien suscribe– que había dado por ganador, por la calidad de sus méritos francamente superiores a los de los otros concursantes, a Amir Hamed.

Asimismo, como la respuesta del Consejo estaba publicada en la página de la facultad y la renuncia había sido comentada por el decano Álvaro Rico en el diario El País, los renunciantes pidieron que, en aras del espíritu democrático invocado por el Consejo, la carta de renuncia también se publicara en la página de la facultad, para que no sólo sonara la campana de la autoridad. Pidieron también que se publicaran en la misma página las desgrabaciones del Consejo en que se tomaron las decisiones controvertidas.

El Consejo entregó dichas desgrabaciones, pero no accedió a publicarlas.1 De su lectura se confirman las sospechas de un proceder del Consejo que, ante sugerencias de comisiones asesoras que no coinciden con lo que el Consejo quiere que se le sugiera, opta por suprimir a miembros de esas comisiones asesoras, nombrando a quienes sugerirán al Consejo lo que el Consejo quiere que le sugieran. Véase, si no.

En 2013, fundamentos espurios. Las desgrabaciones de la sesión que sustituyó a los profesores Noé Jitrik y Beatriz Vegh ilustran la contrariedad del Consejo porque la comisión asesora integrada por Noé Jitrik, Beatriz Vegh y Roger Mirza no había sugerido que se nombrara en forma directa a Gustavo Remedi para ocupar el cargo, sino que había sugerido que se abriera un concurso.

Esta disconformidad con la sugerencia de la comisión asesora proviene, como pone en antecedentes el decano, del hecho de que Remedi había vuelto a Uruguay, desde Estados Unidos, gracias a un programa de retorno de científicos uruguayos en el extranjero, programa de la Universidad que permite volver en excelentes condiciones (grado 5, dedicación total), sólo que, incordiante detalle, no exime de la instancia del concurso abierto a quienes deseen competir con quien ya vino. Y, efectivamente, en esas circunstancias se había presentado alguien que, según entendía la comisión integrada por Jitrik, Vegh y Mirza, contaba con méritos suficientes como para contender con el ya elegido, Remedi. Aun peor, en la resolución de la asesora no había una preferencia por Remedi, sino por el otro candidato, según observaban algunos consejeros. Este extremo era confirmado por Roger Mirza quien, actuando en esas circunstancias como consejero, estaba pegando un vuelco en su opinión de miembro de la asesora, y desolidarizándose de lo antes suscrito junto a Jitrik y Vegh.

Tan ilustrativos como el proceder –cambiar a los jugadores a ver si cambia el resultado– fueron los argumentos dados en esa sesión pro Remedi.

Hubo razones compasivas: Remedi dejó todo en Estados Unidos para venir aquí y ahora se encuentra con que otro concursante podría ganarle o casi le ganó. También hubo razones morales: respetar el compromiso contraído por la Universidad con ese docente que vino de Estados Unidos. Ese compromiso, naturalmente, nunca pudo incluir ni la exoneración de concurso ni su éxito garantido. Aunque muy esgrimidos en la sesión, los motivos compasivos o de seudorresponsabilidad laboral hacia el candidato trastabillante son esencialmente ajenos a la índole universitaria.

Las razones dadas para defender la valía científica del candidato Remedi son resumibles en dos inquietantes puntos. Por un lado, la categorización que le otorga la Anii (Agencia Nacional de Investigación e Innovación), que lo ubica en el nivel II. En efecto, inquieta que el consejero Marcelo Rossal afirme que la labor intelectual de un docente es muy buena porque la Anii dice que es muy buena. ¿Desde cuándo los criterios de la Anii, directamente importados de los sistemas de evaluación de Estados Unidos, son los que deben decir lo que es bueno y lo que es malo en una facultad de humanidades? ¿Desde cuándo los sistemas de evaluación emanados de un sistema educativo, el estadounidense, que se dedicó a destruir las humanidades, cerrando departamentos y echando docentes, han de ser tomados como criterio de lo que es bueno para las humanidades?2 ¿Desde cuándo un organismo, la Anii, integrado por patrones y por el Estado, enfocado a la producción y al conocimiento instrumentalizable, proporciona los criterios de valía en el campo de la teoría literaria? A estas preguntas, esencialmente políticas, se agrega una suspicacia, que emana de la recurrencia de algunos nombres: quien está en la Anii diciendo quiénes son los buenos en el campo de las humanidades y afirmando que Remedi es de los mejores es el mismo que entretanto, como director, emplea a Remedi en el Mec, es decir, Hugo Achugar, luego integrante del tribunal que desplazó a Jitrik y Vegh, y eligió a Remedi.

Por otro lado, pero congruente con los criterios de la Anii, la defensa de Remedi que hace el consejero Rossal apunta a la falta de contemporaneidad de los conocimientos del candidato oponente y, de paso, de Noé Jitrik y de Beatriz Vegh, quienes no habrían sabido rendirse ante la radiante modernidad del candidato Remedi. Afirma Rossal, refiriéndose al otro candidato, “que no tiene nada que ver con lo que es el mundo de la teoría literaria contemporánea, y en eso soy lector, no soy especialista, leo. Teoría literaria contemporánea incluye cosas que son bastante más amplias que el análisis del trabajo de los literatos de cierto cargo y de cierta época”. Para ahorrarse incurrir en este tipo de estulticias es que muchos consejeros prefieren adoptar las sugerencias de las comisiones asesoras, compuestas por conocedores de la disciplina.

Entonces, henos aquí con una comisión asesora, doblemente chapada a la antigua, desconocedora de evaluaciones de la Anii e ignorante de lo que escapa a los “literatos de cierto cargo (?) y de cierta época”, que no sugiere nombrar en forma directa a Remedi, caballo del comisario, por lo que se vuelve imprescindible ir en contra de los usos universitarios, y deshacerse de los aguafiestas. Esto queda en manos del consejero Antonio Romano, que propone: “si se va a votar el tribunal, que tenga una mayoría de docentes, y lo asumo, que no sean docentes de la facultad en mayoría”, propuesta retomada por Ro­ssal: “yo lo que tengo para decir es que a partir de lo que he escuchado aquí, tal vez debiera ser totalmente nuevo el tribunal (…). Pero que hubiera en la Comisión una orientación a decidir por el que tiene notorios menos méritos, méritos globales, a mí me preocupa. Realmente no me ofrece garantías, y empiezo a entender lo que dice el consejero Romano”.

Sabemos cómo terminó. Jitrik y Vegh fueron desplazados y el tercer miembro, Roger Mirza, que pegó una voltereta en medio del Consejo, sobrevivió. Los argentinos Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, propuestos para sustituir a Jitrik, obviamente se negaron a venir. Remedi terminó siendo nombrado por un tribunal (Achugar, Mallo, Pizarro, Acosta, Mirza) más amable.

En 2016, fundamentos faltantes. Un caso comparable, aunque bastante peor, se configura nuevamente, ahora para un cargo vacante de profesor agregado en el mismo departamento. Otra comisión asesora, integrada por Carlos Caorsi, Roger Mirza y quien esto suscribe, actúa a fines de 2015 y sugiere que sea nombrado el candidato Amir Hamed, porque “su producción académica alcanza un excepcional nivel de calidad, tanto por la originalidad de sus enfoques y la precisión de su escritura como por la pertinencia de sus temas”.

En diciembre, el Consejo decide pedir ampliación de la fundamentación, pedido que nunca llega a destino, aunque sí sucede que el Consejo de­soye la sugerencia de la asesora que había propuesto a Hamed, y decide llamar a concurso, es decir, que juzguen no ya tres sino cinco profesores. Como siempre sucede, la comisión directiva del Instituto de Letras propone que el tribunal esté compuesto por los tres que ya habían actuado (Caorsi, Mirza, quien suscribe), y que se les sumaran Gustavo Remedi y Aldo Mazzucchelli, conservando el mismo suplente (Pablo Rocca). Nuevamente, el Consejo decide modificar la composición del tribunal, eliminando a Caorsi, a Mazzucchelli, a quien suscribe y hasta al suplente. Mirza y Remedi, cuyos discretos conatos de renuncia no prosperan, sobreviven en el nuevo tribunal nombrado por el Consejo.

Esta eliminación tan drástica abona suspicacias. Nuevamente puede interpretarse que, ante un candidato que no es del gusto del Consejo, todo vale para cerrarle el paso. Las desgrabaciones de la sesión del Consejo lo confirman.

Llamativamente, y a diferencia de lo que había ocurrido en 2013, en la sesión de 2016 la eliminación y la sustitución de cuatro miembros de un tribunal quedan en exclusivas manos de los consejeros Claudio Paolini y Alberto Mosquera, en armonioso diálogo con el decano Rico. Si en 2013 la deliberación había sido extensa (31 carillas de desgrabación) y habían intervenido los cuatro consejeros docentes y los dos egresados, ahora todo se resuelve en apenas cuatro carillas, y con la única participación de los dos consejeros egresados mencionados. Llamativo silencio de los otros consejeros, sobre todo docentes, que no abren la boca ni para oponerse ni para apoyar que cuatro de sus colegas fueran sacados de un tribunal.

No obstante, en esta suerte de deliberación tácita, hubo algunas expresiones que intentaron justificar la barrida. Paolini, también presente en el Consejo en 2013, había entonces defendido con buenas razones que se mantuviera a Jitrik y a Vegh, aunque luego terminara plegándose a lo opuesto. Ahora, ahorrándose esa mínima resistencia, llevó la voz cantante para que se efectuara la sustitución, abogando por lo exactamente contrario a lo defendido en 2013. Las razones fueron cuatro. La primera consistió en afirmar que el profesor Mazzu­cchelli debía ser sacado de ese tribunal por ser “íntimo amigo del profesor Amir Hamed”. No es posible saber si Paolini mantiene con Hamed o con Mazzucchelli una amistad lo suficientemente íntima como para informar al Consejo sobre la naturaleza de la amistad de ellos dos. Tampoco es posible conocer el reglamento de conformación de tribunales que inspiró a Paolini, y que vedaría la amistad entre integrantes del tribunal, o entre integrantes del tribunal y concursantes, o entre concursantes. Lo que sí es posible medir es la calaña de este simulacro de idea, que reduce a un profesor titular de la facultad, autor de libros fundamentales y participante tan brillante como asiduo en el debate intelectual político, a la supuesta condición de “amigo íntimo” de un concursante, por otra parte ganador en una instancia previa. La segunda razón dada por Paolini, y llamarla “razón” es una licencia poética, hela aquí: “En lugar del profesor Caorsi, que es de filosofía, propondría al profesor Gustavo Pereira, ambos de filosofía”. La tercera ocurrencia del consejero Paolini consistió en proponer que se sustituyera a quien esto suscribe por otro docente que se había retirado de ese mismo concurso, gracias a haber contado con el ventajoso y amistoso aviso de que sus méritos no eran suficientes ante los de Hamed. La cuarta afirmación de Paolini incumbió a Ro­cca, a quien se negaba a votar ni siquiera como suplente; volveré sobre esto. Concluida esta purificación llevada a cabo por el consejero Paolini, volvieron a sobrevivir como candidatos Mirza y Remedi, y se hizo un cuarto intermedio. Concluido este, los consejeros aprobaron en silencio, con voto mudo, el nuevo tribunal que presentaba el consejero Mosquera.

Un recodo. Capítulo aparte merecen las peripecias legales y laborales de Pablo Rocca en la Facultad de Humanidades durante los dos últimos años. Acusado de una falta administrativa que nunca negó, Rocca quedó atrapado en la mala voluntad de la autoridad: sin darle vista de ninguna acusación en su contra se lo sancionó de inmediato con el escarnio de prohibirle la entrada a la facultad, situación copiosamente filtrada hacia Búsqueda; cuando terminó el sumario, a los cuatro meses y medio, se le permitió volver a trabajar; un año después, cuando llegó el dictamen, se lo sancionó durante seis meses restándole el tiempo anterior de separación del cargo, y se previó una denuncia. Hasta el momento nada ha sido elevado al Cdc (Consejo Directivo Central), a pesar de que el Consejo de la facultad resolvió elevarlo. Rocca trabaja sin percibir un peso de su sueldo desde hace seis meses.

Principio y fin: política. ¿Qué se juega, en esta conjunción de una universidad de la empresa y de un tropel de doctores en ciencias de la educación, en cláusulas que estimulan obras de encomio a la diversidad y a la inclusión, en consejos de facultad que, verborrágicos o lacónicos, tratan sin mucho miramiento a los docentes de las especialidades que se pronuncian fuera del libreto?

Están en juego un estilo y un debate. Este debate hace a las humanidades –como lugar del pensamiento crítico intransigente– o las deshace, asfixiadas en el presente de la agenda gubernamental, biempensante, entregada a supuestas novedades. Instadas a catequizar entre creyentes, emplazadas a rascar en donde otros dicen que pica, las humanidades se vuelven anodinas. Y hay recurrencia de nombres que, desde variados lugares de poder institucionales, han obrado para que los saberes humanísticos se tornen perfectamente soslayables. n

  1. Pueden leerse en: http://universidadendiscusion.blogspot.com.uy/
  2. The Heart of the Matter (2013), American Academy of Arts and Sciences, Massachusets. Versión digital: http://www.humanitiescommission.org/_pdf/HSS_Report.pdf

Artículos relacionados