Después del miedo – Brecha digital

Después del miedo

El consumo de pasta base de cocaína parece haberse retraído, o al menos permanecería estable. Las razones del fin de esa “epidemia” que durante años se presentó como el gran “flagelo” de la sociedad, ayudan también a entender su origen. Esta nota intenta arrojar luz sobre la compleja relación entre la pobreza y las adicciones.

Hojo de Ombú

Por la cara que puso Murmullo al entender que el periodista efectivamente le estaba preguntando si había “aflojado la cuestión de la pasta base”, la hipótesis era un completo disparate. Ella tenía por qué saber. Hace cuatro años –después de intentar cuanto pudo– decidió echar de la casa a su compañero, y sabe que todavía sigue enganchado. Sus dos hijas mayores ya tienen marido y con uno de ellos también hubo que cinchar para que largara la pipa. Le quedan cuatro niñas y un varón por terminar de criar. Vive al norte del Cerro y siempre tiene una boca cerca. Sin embargo Carmiña, matriarca también pero de La Teja, había respondido que sí, que la cosa estaba más tranquila. Iba cargando un gomero que le habían obsequiado. “De nuevo tengo jardín. No me roban más plantas. Hace tiempo que no me llevan el contador. Anoche la pinza durmió afuera. Me la dejé en el murito y hoy ahí estaba.” Las estadísticas favorecen la versión de Carmiña, al menos las dedicadas a la evaluación del consumo entre estudiantes de enseñanza media, que son las que con más frecuencia se hacen. La primera, de 2003, establecía que siete de cada mil estudiantes manifestaban haber fumado pasta al menos una vez durante el último año. En 2007 llegaron a ser 11 de cada mil, pero desde entonces el número descendió. En la última edición (2014) eran cinco.1

En octubre del año pasado lo había dicho el secretario general de la Junta Nacional de Drogas. Este consumo –afirmaba Julio Calzada– venía “en una prolongada meseta descendente desde 2008 a la fecha”. El viernes pasado Milton Romani, que dirige ahora esa secretaría, se arrimó a la Policlínica de Inve 16, en Hipólito Irigoyen e Iguá, donde funciona uno de los llamados Puntos de Encuentro del programa Aleros, un espacio al que dos veces por semana concurren usuarios de pasta de la zona y que les ofrece una ducha, el uso de un lavarropas, alguna propuesta de conversación con los técnicos del equipo y los estudiantes que los acompañan, y algún tentempié, que en la ocasión consistió en un buen guiso de lentejas cuya cocción se atribuyó el propio Romani.

“En 2002 yo era docente de psicología en Apex Cerro. Ahí era como un reguero de pólvora –recordó Romani–. Los últimos años estuve fuera del país y cuando regresé me di una vuelta por el Cerro, por el Portal Amarillo, y, a ojo de buen cubero, no diría que el fenómeno haya desaparecido, pero hay menos, y se nota”, enfatizó.

Los datos que recibe de la Policía indicarían lo mismo: como la clientela no crece, los traficantes se están disputando territorios violentamente. Además “los operadores de calle dicen que la mejora de las condiciones económicas hace que alguno salte a la cocaína, lo que se compadece con algunos resultados que nos dan cierto aumento del consumo de esta sustancia”.
Romani explica lo sucedido con dos argumentos: la existencia de políticas para enfrentar la expansión y “una curva de los consumos: las sustancias nuevas tienen un pico, después bajan y se mantienen en una meseta”.

En la vuelta andaba aquel a quien llamaremos Fito. Tiene 34 años, consume hace 14, anda en plan de rescate y plantea su propia teoría sobre el punto: “La gente, me parece, se fue dando cuenta del daño que te trae. No es como cuando nosotros éramos chicos, que fue como una ola que agarró a todos los pibes. Hoy ves que hay mucha gente que a los pastabaseros no los quiere. Los pibes se esconden para fumar pasta porque saben que si los ven los amigos van a venir y les van a prender la tuba y ta, les van a decir la verdad: que se dejen de ir a fumar eso, que es una mierda y que van a terminar como aquel que está adentro de la volqueta juntando botellas”.
—¿Cuando vos arrancaste eso no pasaba?
—No. Todo era de “¡Cómo está esto! ¡Mirá lo duro que estoy! ¡Mirá cómo te deja!”. Era igual que cuando vino el boom de la cocaína, que todo el mundo tomaba. La pasta base era así cuando yo empecé.

CLAVES Y ENIGMA. Las primeras referencias al consumo de pasta datan de los setenta y provienen de países andinos. Se trata de un producto intermedio en la transformación de la hoja de coca hasta lo que llamamos cocaína. En los noventa llegó a Chile, a fines de esa década a Brasil (donde se la llamó crack, que en rigor es otra cosa) y a principios de los dos mil entró con fuerza en el Río de la Plata.2

Cecilia Scorza, doctora en ciencias biológicas del Instituto Clemente Estable, quien junto al equipo del instituto viene realizando relevantes aportes en la materia, recordó a Brecha los inicios de las investigaciones:“Me acuerdo de foros en que los médicos que recibían a los consumidores explicaban que nunca se habían encontrado con un perfil clínico de esa naturaleza. Se decía que los consumidores iban a morir en poco tiempo”.

Más de una década después, el consumo en sí mismo no parece haber matado a nadie y la situación es otra. “Quedan zonas de desinformación, pero a nivel clínico y asistencial ya todos sabemos con qué estamos trabajando”, señaló Scorza.

También se tiene una idea de lo que sucede en el cerebro del adicto, y una estrategia para abordar esta adicción. Los daños producidos por el consumo crónico “logran revertirse al menos parcialmente”, aseguró la investigadora. “Son estrategias multidisciplinarias que llevan muchísimo tiempo, pero el individuo vuelve a sentir placer a través de sus reforzadores naturales y a reinsertarse normalmente en la sociedad.”
—¿Se curan?
—Es muy difícil que alguien se cure de una adicción a las drogas. Es una patología crónica, como el asma, que se puede mantener controlada.
Hallar la cura requeriría conocer mejor las causas del fenómeno, y en realidad “no se sabe si el consumidor crónico tenía ciertos trastornos orgánicos previos o si es la droga la que los produce”.

Por lo pronto se prefiere hablar de factores de riesgo, de vulnerabilidad, de protección. Pero “la etiología no se conoce. El gran enigma es que no toda la gente que consume drogas de abuso se vuelve adicta. La relación con la droga pasa por distintas etapas, y nosotros no sabemos cuál es el switch entre consumo, abuso y dependencia. Lo que sabemos bien –sentenció– es el final de la historia”.

DE PASO MOLINO AL HARLEM. “No tenemos estudios longitudinales. ¡Estamos lejos de estar sobrediagnosticados, como algunos dicen!”, protestó el antropólogo Marcelo Rossal, quien también lleva largo rato estudiando, desde su ángulo, a los consumidores de pasta base.
“Pasar por el Portal Amarillo o por alguna institución no es que los cure. Es un momento de ‘rescate’, y ellos salen de ahí con nada. Apenas con unos quilos más. Vuelven a los mismos barrios donde estaban”, interviene Luisina Castelli, también antropóloga y parte del equipo del Centro de Estudios Interdisciplinarios Latinoamericanos de la Facultad de Humanidades, que con Rossal realizó un importante estudio con consumidores de la zona de Paso Molino.3

Según los etnólogos “no es que el consumo haya bajado; se ha ‘amesetado’”. No es que se cierre boca tras boca. “Eso es una utopía –aseguró Rossal–. Pues no hay que pensar en el narcotraficante como el monstruo, como un Scarface en una piscina de merca (cocaína). Se trata de familias pobres que encontraron en eso su salida, y siempre hay un hijo, un sobrino para continuar. Lo que sí hay –admitió– es un mercado estable que está restringido territorialmente.”
La prueba de esa estabilización es que la edad promedio de los consumidores aumentó. En la investigación sobre el Paso Molino era de 29 años. En el Punto de Encuentro de Inve 16 es de 30, 31. “Hay una visión bastante clara de que los usuarios de pasta base hace ya varios años que están en el consumo, que los nuevos suelen ser muchachos con problemas muy particulares, y que son pocos”, sostuvo el antropólogo.

Su explicación reúne la “curva de consumos” de la que habló Romani y la “tuba” que invocó Fito: “Entre las generaciones más nuevas fumar pipa, ser un pastoso, está fuertemente estigmatizado; el discurso que circula lo juzga moralmente inapropiado pero digno de compasión; la pasta no tiene buena prensa en ningún espacio social; tampoco donde solía reclutar a sus usuarios. Por eso el consumo tiende a estabilizarse y la población a crecer en edad. Ha pasado en otros países. En Estados Unidos lo ha estudiado Philippe Bourgois. Los más jóvenes no quieren usar crack”.4
Esto explicaría la onda del “bazoco”, el cigarro de marihuana y base. Un fragmento del diario de campo de la referida pesquisa pinta a tres de sus consumidores: “Los tres vinieron muy ‘empilchados’: ropa Nike y Reebok de la cabeza a los pies. (…) Estos muchachos evidencian una trayectoria que difiere de la del típico pastoso –categoría que utilizan para referirse a los otros– y da cuenta de la permanencia del vínculo familiar estrecho”. “Los más jóvenes no quieren exponerse ante los demás usando una pipa; no quieren portar el estigma”, explicó Castelli. En realidad nadie quería el infierno.

Pegue
—¿Vos alguna vez consumiste pasta base? No hay nada que se parezca a ese pegue. ¿Sabías?
–soltó Fito.
—¿Cómo es?
–—Te levanta. Te deja allá arriba. Tenés que probar. No te lo puedo explicar. Para llegar al mismo estado tenés que socarte de merca, tomar acelerante. ¿No tomaste? Lo que les dan a los caballos para que corran más rápido. Vos con una sola seca de pasta llegás al mismo estado: el corazón a dos mil, la cabeza a doscientos. Yo he tomado merca. Vos te metés una raya y te ponés a charlar y al rato capaz que te metés otra. No te pide enseguida.

La vía de entrada de la pasta, la inhalación pulmonar, logra que la droga entre inmediatamente al cerebro e impacte particularmente en el denominado circuito motivacional, “una intersección de varias regiones cerebrales donde se nos define la motivación por diversos factores”, explicó Scorza. “Ese efecto placentero, de estimulación y de grandilocuencia, digamos, es producto de las consecuencias neuroquímicas de las alteraciones de la activación de ese circuito motivacional.”

“Una entrevistada nuestra era instrumentista quirúrgica –contó Rossal–. Era una señora de 60 y pico de años, que por circunstancias de la vida, la cercanía de un hijo, empezó a fumar pasta. ‘Ay m’hijito’, nos decía,‘me siento con la mente clara. Me siento bien. Pero no sabés en los ambientes en que he estado’.”

La cosa es que el flash es tan potente como efímero. Luego, explicó Scorza, “queremos repetir lo que nos ha hecho sentir placer, y a consecuencia de esa repetición hay un aprendizaje, una alteración del circuito motivacional. Éste está conectado con la corteza prefrontal, que regula el comportamiento mediante la inhibición. Entonces la corteza ya no me inhibe. Por eso se dice que los adictos pierden la capacidad de decidir si consumir o no consumir. Siempre van a resolver que sí. Ellos conocen las consecuencias negativas de sus consumos, les ha pasado de todo, y siguen consumiendo. Sólo encuentran placer en el consumo de la droga, esa es la definición del adicto”.

Se conoce bastante lo que suele venir después. Pero a veces cuesta aceptar cómo precariedad y adicción se retroalimentan. “Un muchacho en situación de calle, que hace unas semanas que no estaba consumiendo, nos decía: ‘Estoy más gordito, mi cuerpo está mejor, pero estoy peor’”, contó Rossal. “Aunque en lo que decía influyese el hecho de estar en abstinencia –reflexionó el etnógrafo–, era algo muy lúcido: ‘Yo cuando estoy de pasta voy caminando por la calle y estoy cagado y no me siento el olor. Ahora estoy de cara y estoy sintiendo cómo estoy. Veo mi ropa sucia, mi aspecto deplorable. Estoy viviendo en la calle. Estuve preso. Mi familia no me recibe’.”
La sustancia también ayuda a distraerse del dolor. En 2013 Castelli investigó a usuarias de pasta que se habían internado en el Pereira a tener a sus hijos: “El cuerpo era como obliterado; todo lo que habían vivido en la calle, lo que habían padecido, era invisibilizado; había una negación de la experiencia corporal; en sus historias no había mención a dolores, todo era un relato de amor maternal”, recordó.

Y tampoco se trata sólo de anestesia. “A nuestro libro le pusimos Fisuras. Si hay ‘fisura’ es porque también hay deseo, algo por qué caminar”, apuntó Rossal. Como explicaba uno de sus entrevistados: “Si no fumo pasta no consigo plata, no me brotan las palabras, ¿entendés?”.

AGENCIA. Para Rossal ese es el concepto. “Como la hoja de coca se agencia bien con el trabajador rural andino y le permite soportar la altura y el trabajo en esas condiciones, la pasta base se agencia bien con la vida en la calle. Aumenta la capacidad de agencia del sujeto.”
Hubo y hay aquellos para quienes esta penillanura es cordillera. Los usuarios de pasta no salieron de cualquier sitio. Como muestran Héctor Suárez y Jessica Ramírez, investigadores del Observatorio Uruguayo de Drogas y autores de la aproximación cuantitativa “Los desposeídos”, la patria de los consumidores es la ciudad de las necesidades básicas insatisfechas, más de la mitad ya habían dejado la escuela cuando conocieron la sustancia. Entre los que el Portal Amarillo atendió hasta 2007, 80 por ciento habían empezado consumiendo inhalantes: Novopren, nafta, esas cosas.

Cierto que la ola arrastró a otros. En los noventa, en ambientes delictivos donde la cocaína era muy abundante, era posible encontrar fumadores de crack, producto que se “cocina” a partir del clorhidrato. Eso empezó consumiendo Fito: “A los 14 fumaba cocinada, pero eso hasta que probé esta porquería. A los 18 me la trajeron así, hecha. Antes no había. Para mí arrancó en la Aduana, después apareció por el Mercado Agrícola, el ‘barrio de los judíos’, y después se vino más pa’ acá: Villa Española, el Platense y al fin llegó al cante este. Y acá ya estaba todo el mundo tomando cocaína, la probó y buá. Gente merquera de años, gente que te decía: ‘Soy cocainómano yo, lo mío es la cocaína’. Mentira. Probó la pasta base y dejó la cocaína, gente que se picaba (inyectaba) de toda la vida dejó el pico para agarrar la pasta”.

Por eso también, suprimidas ciertas condiciones, el encanto de la pipa parece menguar. En octubre Calzada había subrayado el mérito que cupo en esto a las acciones que condujeron a la “descallejización” de niñas y niños. Rossal concuerda: “Vos me preguntás por la eficacia de la Policía, pero yo te hablo de todo ese entramado de trabajadores, que muchas veces son precarios, funcionarios de Ong que el Estado contrata por seis meses, y que efectivamente han hecho un buen laburo en cuanto a los niños y adolescentes en la calle y a las madres con hijos en la calle. Eso sirvió para cortar un ciclo que, aunque en lo numérico era de un impacto relativo, sí tenía mucha visibilidad”.

EL LEGADO. Estabilizado o en disminución, el número de consumidores de pasta no es precisamente desdeñable. En su estudio, Suárez y Ramírez estiman que en Montevideo hay entre 9.800 y 17.800 (los de cocaína serían el doble), y parece consensuado que más de la mitad son dependientes. El precio de un “chasqui” sigue siendo desdeñable: 25 pesos; y según advierte Scorza, “su composición está variando. Como suele suceder, cuando una droga se está instalando en el mercado se ofrece más pura, y a medida que se consolida, que ya tiene a sus clientes enganchados, empieza, digamos, a bajar de calidad”. Cuando su equipo empezó a analizar las “tizas” la cantidad de cocaína era muy elevada. Llegaba a ser el 68 por ciento, cuando el más puro de los clorhidratos alcanza el 89 por ciento, “y también por eso era tan adictiva”. Siempre estuvo adulterada, pero la sustancia de corte más hallada era la cafeína. “Ahora está apareciendo fenacetina, que es hepatotóxica y no sabemos si tiene efecto en el cerebro. No sabemos por qué la mezclan”, señaló.

“En el mercado de drogas de la pobreza la garantía es el cuerpo”, recordó Rossal. Los usuarios de pasta son “los literalmente cagados a palos, y es pesado incluso para quienes trabajan con ellos encontrarse con las cicatrices, las huellas de los castigos”.

“Haber sido abusadas sexualmente era un lugar común entre las mujeres que conocimos en nuestras investigaciones”, apuntó Castelli. “Después nos alarma el aumento de los homicidios, de las lesiones en ambientes de pobreza extrema –insistió su colega–, pero no se tienen en cuenta estos factores. Por cierto que las sustancias generan afectaciones a la salud, pero cuántas más afectaciones a la salud y a la vida cotidiana de un barrio genera la ilicitud.”

Según el antropólogo, “la profesionalización delictiva a la que asistimos en los últimos años tiene que ver con la creación de un mercado ilegal”. La torta no es chica. Sólo un corto segmento de ese mercado, los aproximadamente 150 consumidores de Malvín Norte, gastan en la sustancia no menos de 1,8 millones de pesos al mes. Para Rossal la cárcel complementa este esquema aportando “espacios de perfeccionamiento”. “‘Yo de acá salgo a apretar ‘pastosos’ es algo que se oye –comenta–. No sería una novedad. ¿Cuál fue el legado de la ley seca? La mafia, el perfeccionamiento de la organización del delito.”

1. Disponibles en la página de la Junta Nacional de Drogas.

2. Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas, “Informe sobre uso de drogas en las Américas, 2015”.

3. Fueron cuatro meses de entrevistas con 40 consumidores seleccionados según criterios de representatividad. Giancarlo Albano y Emmanuel Martínez completaron el equipo. El estudio se titula “Caminando solos” ,y junto a “Los desposeídos”, de Héctor Suárez y Jessica Ramírez, forma parte del volumen llamado Fisuras.

4. Philippe Bourgois, En busca de respeto. Vendiendo crack en el Harlem

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