Dime quién te saluda y te diré quién eres

Comparadas con similares cumbres anteriores, la cumbre sobre cambio climático que concluyó el fin de semana pasado en París supuso algunos avances. Pero muchísimo más dejó en el debe.

Manifestantes reclaman las soluciones que no llegan / Foto: AFP, Martín Bureau

Resulta evidente que la humanidad atraviesa un momento complejo. Como nunca antes en su historia su existencia está globalmente amenazada. No se trata ya de enfrentar problemas aislados de sequías o de inundaciones, por ejemplo. Ahora los problemas socioambientales provocados por el ser humano, (des)organizado en la civilización capitalista, plantean retos globales. Todo indica que estamos cerca de llegar a un punto sin retorno (o que quizás ya lo estamos superando). Frente a estas realidades y amenazas se elevan muchas voces de angustia y también propuestas de acción. A primera vista parecería que hay una coincidencia de que se tiene que hacer algo. Al menos en el discurso, se acepta la necesidad de replantear las lógicas de producción y de consumo de la sociedad moderna para transitar por otros caminos con una relación más armónica con la naturaleza. Esa aceptación, sin embargo, no se ha traducido en logros concretos. Hasta ahora. Recordemos que los esfuerzos desplegados desde la aprobación del Convenio de Kioto en 1997 no se han cristalizado en resultados concretos. Más aun, el fracaso de la Cop 15, realizada en 2009 en Copenhague, sentó un duro precedente. La desazón y desesperanza coparon el ámbito de acción en las Naciones Unidas. Y desde esa perspectiva, cuando era poco lo que se esperaba, emerge como un logro el acuerdo global conseguido en la Cop 21 en París. En esa ciudad, sacudida poco antes por un brutal atentado terrorista, 95 países miembros de la Convención de las Naciones Unidas contra el Cambio Climático más la Unión Europea, a la que se considera un Estado más, alcanzaron un acuerdo contra el calentamiento global que implica a la práctica totalidad del planeta. Sin embargo, como una primera gran conclusión podemos determinar que, si bien lo logrado es significativo comparado con los fracasos anteriores, resulta muy poco o definitivamente nada con lo que este reto global demanda.

Cabría preguntarnos, como lo hace Gerardo Honty, por qué “muy distintos actores, desde los grandes exportadores de petróleo a las corporaciones globales, todos ellos, terminaron aplaudiendo el acuerdo parisino. Si esos actores celebran el convenio es que sin duda no se están poniendo límites a la civilización petrolera”. Igual cosa podríamos plantear desde la aceptación de los países exportadores de petróleo o desde sus mayores consumidores, como China y Estados Unidos, que también se hallan en el coro de aplaudidores.

Naomi Klein pronto detectó que en el acuerdo no aparecen siquiera nombrados conceptos clave como “combustibles fósiles”, “petróleo” y “carbón” y que la fenomenal deuda climática del Norte con el Sur brilla por su ausencia. Se han suprimido las referencias a los derechos humanos y de las poblaciones indígenas, referencias trasladadas al preámbulo.
Además, pasará un tiempo para que entre en vigor: las distintas partes tienen plazo entre abril de 2016 y mayo de 2017 para ratificarlo, y regiría desde 2020. Una primera revisión de resultados sería en 2023.

AL ÓBOL. Los debates no abordaron a fondo los puntos sensibles, en tanto los negociadores se esmeraron en evitar los verdaderos problemas y proponer las verdaderas soluciones. Los países poderosos y las trasnacionales consiguieron que ningún documento o decisión afecte sus intereses y se convierta en un obstáculo en la lógica de acumulación del capital. No se cuestionó para nada la perversidad del crecimiento ilimitado cuando ya son evidentes y feroces sus consecuencias socioambientales. No hay compromisos vinculantes de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero; las emisiones continuarán aumentando. Tampoco se ha reconocido la deuda climática (mejor hablemos de deuda ecológica) que tienen históricamente los países industrializados con el mundo subdesarrollado; más aun, las grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Europea no sólo desconocen esa deuda, sino que hacen todo lo posible para no aceptar sus responsabilidades pasadas y actuales en la desa-parición de glaciares, la subida del nivel marino y los eventos climáticos extremos.

Al no haberse adoptado medidas drásticas que limiten y hasta reduzcan la oferta de combustibles fósiles y paren la deforestación, la temperatura continuará subiendo, contrariamente a lo proclamado en París. A modo de punto relevante tengamos presente que el objetivo a largo plazo es que la temperatura del planeta no sobrepase los dos grados de aumento a final de siglo (incluso se aspira a un objetivo más ambicioso de 1,5 grados). Sin embargo, con los compromisos voluntarios de reducción de emisiones de efecto invernadero que han presentado los diferentes países la temperatura llegaría a sobrepasar los tres grados. Y por cierto, en estas circunstancias, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera seguirá aumentando. Si los países no están obligados a cumplir los compromisos de reducción de emisiones que han presentado, no habrá sanciones si no cumplen sus ofrecimientos de reducción de emisión, pues quedarán en eso, en simples ofrecimientos. Lo que se espera es que esos ofrecimientos se transformen en compromisos aun más audaces a través de revisiones cada cinco años. El acuerdo no fija metas claras en lo que al pico de emisiones se refiere. Y tampoco medidas a adoptar con el fin de descarbonizar la atmósfera.

No hay planteamientos concretos tendientes a combatir los subsidios que alientan el uso de los combustibles o para dejar en el subsuelo el 80 por ciento de todas las reservas conocidas de dichos combustibles, como recomienda la ciencia e incluso la Agencia Internacional de la Energía, entidad que de ecologista no tiene un pelo. Si no se cuestiona “la religión” del crecimiento económico, en ningún punto se pone en entredicho el sistema del comercio mundial, que esconde e incluso fomenta una multiplicidad de causas de los graves problemas socioambientales que estamos sufriendo; tanto es así que “el comercio internacional deberá proseguir sin obstáculos, incluso en un planeta muerto”, al decir de Maxime Combes. Sectores altamente contaminantes, como la aviación civil y el transporte marítimo, que acumulan cerca del 10 por ciento de las emisiones mundiales, quedan exentos de todo compromiso. Tampoco se afectan para nada las sacrosantas leyes del mercado financiero internacional que, sobre todo vía especulación, constituye un motor de aceleración inmisericorde de todos los flujos económicos más allá de la capacidad de resistencia y de resiliencia de la Tierra. Y no hay compromisos orientados a facilitar la transferencia de tecnologías destinadas a facilitar la mitigación y la adaptación a los cambios climáticos en beneficio de los países empobrecidos.

VERDE TRUCHO. Así las cosas, se abren aun más las puertas para impulsar falsas soluciones en el marco de la “economía verde”, que se sustenta en la continuada e incluso ampliada mercantilización de la naturaleza. Así, con el fin de lograr un equilibrio de las emisiones antropogénicas, los países podrán compensar sus emisiones a través de mecanismos de mercado que involucren a bosques u océanos; o alentando la geoingeniería, los métodos de captura y almacenaje de carbono, entre otros. Para financiar todos estos esfuerzos se establece un fondo de 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Esa cantidad, con seguridad menor a la que han recibido los bancos en sus crisis recientes y que no constan en el acuerdo, podría ser ampliada en 2025; además, este fondo carece de previsibilidad y transparencia. Por cierto el rigor de los compromisos cambia dependiendo de la situación de los países: desarrollados, emergentes y “en vías de desarrollo”, eufemismo con el que se conoce a los países empobrecidos por el propio sistema capitalista y su inviable propuesta de desarrollo. Este acuerdo, en palabras de Silvia Ribeiro, “se decanta por las opciones más conservadoras y menos ambiciosas” propuestas durante las negociaciones.

Es fácil concluir que los problemas socioambientales globales luego de la Cop 21 no encontrarán una solución de fondo.

* Alberto Acosta es economista ecuatoriano y Enrique Viale abogado ambientalista argentino. Brecha reproduce fragmentos de esta nota, publicada en rebelion.org. Título y subtítulos son de Brecha.

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