Disputándose la derecha

A poco más de un mes de las elecciones presidenciales en Francia, el experto de la ultraderecha Jean-Yves Camus, autor de la obra Les Droites extrêmes en Europe, analiza el auge del populismo de derecha y describe cómo se ha consolidado una familia política de derecha radical en Europa.

En las elecciones presidenciales francesas la ultraderecha amenaza con llegar al poder. Según los sondeos, la líder ultranacionalista Marine Le Pen estará presente en la segunda vuelta en mayo. La candidata del Frente Nacional (FN) intentará cabalgar la nueva ola de descontento popular y repliegue nacional. Una supuesta nueva era que, según Le Pen, empezó con el Brexit y se confirmó con la victoria de Trump.

La reunión internacional de Coblenza (Alemania) del 21 de enero ilustró esta unión entre el FN, Alternativa para Alemania (Afd, véase recuadro) y el Partido por la Libertad (Pvv) holandés, entre otros. Según Jean-Yves Camus, este encuentro simbolizó la unidad de una extrema derecha cuyas formas se parecen a las de los partidos conservadores tradicionales, pero cuyo programa continúa siendo profundamente xenófobo y antieuropeísta.

“Le Pen prevé que poco a poco las raíces históricas del FN desaparecerán de la cabeza de la gente y pensarán en esta formación como si hubiera sido fundada en 2011”, asegura Camus, director del francés Observatorio de las Radicalidades Políticas de la Fundación Jean-Jaurès (un laboratorio de ideas próximo al Partido Socialista francés). Aunque augura que el FN seguirá creciendo en votos, duda sobre las posibilidades de éxito de la candidatura de Le Pen. Una victoria improbable por su “aislamiento político”, por su incapacidad para llegar a acuerdos con los otros partidos.

Marine Le Pen fue la única líder política francesa que apoyó a Donald Trump. ¿La victoria del magnate favorecerá las perspectivas electorales de Le Pen?

—No estoy del todo convencido de que la victoria de Donald Trump favorezca al FN. El paisaje político estadounidense es muy particular. Trump fue elegido por un sistema de grandes electores, pero en cambio obtuvo menos votos que Hillary Clinton. Además, Trump se presentó como el candidato del Partido Republicano, uno de los dos partidos que se reparten la vida política de ese país. Por otro lado, Marine Le Pen en Francia y Geert Wilders en Holanda forman parte de partidos que provienen de fuera del tablero político. Lo que sí hubiera sido decisivo es la victoria del Fpö (extrema derecha) en las presidenciales austríacas en diciembre de 2016. Porque si el candidato de este partido hubiera ganado, lo hubiera hecho con un sistema electoral universal a doble vuelta, muy parecido al francés.

¿El Brexit ha ayudado a normalizar el discurso euroescéptico de Le Pen en Francia?

—El caso del Brexit resulta más interesante que el de Trump. Aquellos que votaron a favor de la salida del Reino Unido de la UE no fueron sólo los votantes de la extrema derecha. Este voto estuvo determinado por distintos componentes sociales, entre ellos un componente obrero muy importante. Tuvo el apoyo de gente de izquierda, de aquellos antiguos votantes del partido laborista, pero también de los electores conservadores. Además el Brexit muestra que no sólo los partidos de extrema derecha pueden negociar una salida de la UE. Hay muchos partidos en Europa que no son de extrema derecha pero que defienden un programa claramente euroescéptico.

El FN participó el 21 de enero en Coblenza en una reu-nión internacional con otros de sus partidos hermanos, como la Afd o el Pvv. ¿Qué es lo que simbolizó esta reunión?

—La reunión en Coblenza ha sido el primer encuentro oficial en el que se ha visibilizado el acuerdo político entre la Afd y el FN. Hasta ahora la Afd no formaba parte de la Alianza Europea por la Libertad (el grupo político que lidera Marine Le Pen en el Parlamento Europeo). Dentro de la Afd ha habido un verdadero debate sobre si era una buena idea asociarse con aquellos partidos considerados de extrema derecha, una etiqueta política que en Alemania sigue siendo sospechosa a causa de su historia. Este debate entre la portavoz del partido, Frauke Petry, y los líderes regionales muestra cómo la Afd se ha radicalizado desde su creación. Una posición criticada por los líderes regionales, ya que estos creen que les hará perder votos en las elecciones legislativas de otoño.

Una de las ideas en la que Marine Le Pen hizo más énfasis durante la reunión de Coblenza fue el inicio de una nueva era. ¿Por qué?

—La idea general es que los partidos conservadores en Europa están perdiendo su influencia y poco a poco serán vencidos por las formaciones de extrema derecha. Actualmente no hay sólo un combate entre la extrema derecha y la izquierda, sino que sobre todo hay una disputa por el liderazgo de la derecha entre los partidos conservadores y liberales tradicionales y los partidos que forman parte del grupo de la Alianza Europea por las Libertad (ultraderecha).

Es una disputa de la que los partidos conservadores han tardado mucho tiempo en darse cuenta. En Francia la derecha pensaba que el FN sería un fenómeno transitorio. Sólo hacía falta esperar para que se convirtiera en marginal. Este era el discurso durante los años noventa y a principios de los 2000. Pero durante estos últimos años el partido Los Republicanos (centroderecha) se ha dado cuenta de que la competencia con el FN estaba abierta. Su candidato, François Fillon, dice que no quiere retirar su candidatura, a pesar de los escándalos de corrupción que lo afectan, porque si lo hiciera sus votantes se irían al FN. Razón no le falta.

Además de cuestionar la hegemonía de la derecha liberal, los partidos de extrema derecha en Europa son formaciones cada vez homogéneas. Han dejado de ser esa constelación de grupos neo-fascistas y sectores escindidos de los partidos conservadores tradicionales.

—Esta homogeneidad se debe al hecho de que desde 2011 Marine Le Pen ha decidido hacer una selección entre aquellos partidos con los que le conviene trabajar y aquellos que no. En concreto, rechaza trabajar con los partidos nacionalistas más radicales, como Amanecer Dorado (Grecia) o Jobbik (Hungría). Le Pen considera que el discurso y el estilo político de estos partidos perjudica la imagen del FN. No quiere que la asocien con la extrema derecha abiertamente racista, antisemita y violenta.

—A pesar de esta homo­ge­neidad, los partidos que con­forman la Alianza
Eu­­ro­­­pea por la Libertad tienen orígenes muy diversos. El FN tiene un pasado vinculado al neofascismo, pero no es el caso de todos sus aliados.

—Estas formaciones tienen orígenes históricos completamente distintos. Wilders (el líder del Pvv) no procede de la extrema derecha tradicional, Afd tampoco. No obstante, Marine Le Pen prevé que poco a poco las raíces históricas del FN desaparecerán de la cabeza de la gente. Los electores olvidarán el período en que el partido estaba dirigido por Jean-Marie Le Pen (el padre de Marine, apartado de la dirección del FN por haber cuestionado el Holocausto judío). Pensarán en esta formación como si hubiera sido fundada en 2011, cuando Marine se hizo con las riendas del FN.

Uno de los pocos países de Europa donde no hay formaciones de extrema derecha con un apoyo electoral significativo es España. ¿Cómo explicas esta ausencia de partidos xenófobos?

—Además de España, está el caso de Portugal, donde tampoco hay partidos de extrema derecha influyentes. En ambos casos se debe al hecho de que el recuerdo de la dictadura aún está demasiado presente. La transición democrática permitió a los partidos conservadores clásicos absorber buena parte de aquel electorado que se sentía identificado con el régimen de Franco o con el de Salazar. Además, nunca hubo personalidades carismáticas que emergieran en el campo de la extrema derecha. Estuvo la figura de Blas Piñar (el fundador del partido de extrema derecha español Fuerza Nueva) durante los años setenta. Pero este se apoyaba tanto en las tesis de los golpistas de 1936 que difícilmente su discurso podía resultar atractivo para las nuevas generaciones. En Portugal ni tan siquiera hubo un Blas Piñar.

Después de que Marine Le Pen tomara las riendas del FN en 2011, ha profesionalizado su partido y ha intentado desvincularse de su pasado relacionado al neofascismo. ¿Cómo valoras los logros conseguidos gracias a esta estrategia de normalización?

—Se trata de una estrategia indispensable, ya que el FN no podía seguir con un discurso tan racista como el de Jean-Marie Le Pen. Pero la estrategia de normalización resulta también arriesgada. Porque si este partido se normaliza demasiado entonces perderá su atractivo. Debe ser un partido normal pero al mismo tiempo diferenciarse de la derecha conservadora. No puede dejar que François Fillon y el partido Los Republicanos lo avance por su derecha. Perdería entonces la atracción que su radicalidad provoca.

¿Esta necesidad de continuar siendo un partido radical de derecha explica el hecho de que Marine Le Pen se presente con un programa que incluye prácticamente las mismas medidas con las que se presentaba su padre hace 15 años?

—El programa de Le Pen para las presidenciales es un programa profundamente clásico. Hay algunas expresiones que han cambiado, pero no resulta imaginable que el FN renuncie a su propuesta de salir de la Unión Europea, salir del euro y establecer en la Constitución francesa la preferencia nacional (por ejemplo multando a empresas que empleen a personas sin ciudadanía francesa). Son tres puntos no negociables porque esta es la doctrina del partido desde hace cuarenta años. A estas propuestas hay que añadir ahora su posicionamiento en contra de las elites y el sistema.

Según los sondeos, los principales rivales de Le Pen serán François Fillon, si no se termina retirando, y Emmanuel Macron. Ambos defienden la necesidad de reformar y recortar el gasto público de forma severa. ¿Cuál será la importancia de las medidas económicas sociales en la campaña del FN?

—Le Pen ha insistido en el carácter antisocial del programa de Fillon. Ella intenta mostrar que es la candidata de las clases populares, de la protección social ante un candidato como Fillon, que cuestiona algunos de los principales logros sociales. O ante un candidato como Macron (ex ministro de economía del actual gobierno socialista que renunció para presentarse como candidato independiente), al que ella considera como el prototipo de una candidatura favorable a la globalización. En cierta forma, Macron es su rival preferido. Porque si hay una segunda vuelta Le Pen contra Macron, ella puede polarizarla diciendo que se enfrentan la candidata de Francia contra el candidato de la globalización, la candidata del pueblo contra el candidato de las elites, la candidata de la gente modesta contra el candidato del dinero.

¿En una hipotética segunda vuelta entre Le Pen y Macron volverá a funcionar el famoso Frente Republicano, la alianza entre votantes de centroderecha e izquierdas para evitar que el FN gane?

—Sí, masivamente. Estoy convencido de ello.

Varios analistas destacan la estabilidad del electorado del FN y dicen que este partido difícilmente pueda obtener más de un 30 por ciento de los votos. ¿Cuáles son los límites electorales de la ultraderecha francesa?

—Siempre he dicho que el techo de cristal del 30 por ciento no era un verdadero problema. Si Le Pen llega a un 30 por ciento de los votos, esto significa que habrá superado su mejor resultado histórico, el 28 por ciento de votos que consiguió en la segunda vuelta de las regionales de 2015. Pero para que ella pueda llegar al poder necesita conseguir una gran mayoría en la segunda vuelta de las presidenciales. Para conseguir esta mayoría necesita tener aliados, votantes que se desplacen de los otros partidos hacia el suyo. Según todas las previsiones, Le Pen contra Macron o Le Pen contra Fillon, vemos que puede llegar hasta un 35 por ciento o un 40 por ciento. Pero no conseguiría una mayoría. El drama del FN es que puede ser el partido más votado en la primera vuelta de las elecciones, pero de momento no tiene aliados. Si la derecha o una parte de ella aceptara una alianza con el FN, entonces Le Pen podría ganar. Pero de momento no tiene la capacidad para llegar al poder.

Pero los sondeos nos muestran que hay cada vez más votantes de otros partidos que se muestran dispuestos a votar por el FN en la segunda vuelta de las presidenciales.

—Sí, pero esto le permitiría llegar a un 35 por ciento o un 40 por ciento. Es lo que muestran los sondeos. Pero para ganar unas presidenciales hace falta una amplia victoria. El drama del FN es que es un partido importante del paisaje político francés que puede convertirse en la principal fuerza de oposición, pero su aislamiento político le impide acceder al poder.

¿Qué es lo que explica este aislamiento político? ¿Es su pasado vinculado al neofascismo?

—Es en parte a causa de su pasado, pero también se debe a una cuestión de competencia electoral. Los diputados del partido Los Republicanos (centroderecha) no quieren suicidarse políticamente llegando a un acuerdo con el FN que para ellos podría significar perder sus puestos en el Parlamento. Además hay puntos programáticos que no son negociables para la centroderecha, como la salida de la Unión Europea, el abandono del euro o la cuestión migratoria. No es lo mismo querer reducir considerablemente la llegada de inmigrantes y abogar por una inmigración selectiva que parar completamente la inmigración y establecer la prioridad nacional. Hay líneas rojas que la derecha conservadora no está dispuesta a traspasar.

Los escándalos de los supuestos empleos ficticios de la mujer y los hijos de Fillon, que les permitieron ganar en torno a un millón de euros, han acentuado la desconfianza que los franceses sienten con respecto a la clase política. ¿Este malestar puede favorecer un traspaso de votos del campo conservador a la ultraderecha?

—Si Fillon mantiene su candidatura, no lo creo. Este escándalo ha tenido un efecto paradojal para Fillon, ya que le ha permitido consolidar su electorado. ¿Por qué? Porque no hay soluciones de recambio. En la derecha francesa se ha desarrollado un sentimiento muy fuerte en contra de los medios, a los que acusan de haber fabricado estas acusaciones. Estos tienen la impresión de que se les están robando las presidenciales. En los últimos mítines del partido Los Republicanos se ha visto un ambiente muy hostil en contra de los periodistas que hasta ahora sólo veíamos en los mítines de la extrema derecha.

(Tomado de Publico.es por convenio.)

  1. De Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg, París, Seuil, 2015.

 

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AFD y el “pueblo vencido” alemán

El partido Alternativa para Alemania (Afd) sacudió a Alemania el 4 de setiembre de 2016 al conseguir más votos (21 por ciento) que el oficialista Unión Demócrata Cristiana (Cdu) de Angela Merkel (19 por ciento) en el estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental en las elecciones regionales alemanas, y al lograr representación en nueve de los 16 parlamentos regionales del país.

Creado en 2013 por un puñado de economistas y abogados que se oponían a que Alemania ayudara económicamente a países como Grecia y España y abogaban por abandonar el euro, hoy es un partido que tiene como principal preocupación detener la inmigración al país. El partido presentó la semana pasada su programa electoral con miras a las elecciones federales en setiembre próximo. Este incluye entre sus propuestas la “inmigración negativa” (que la cantidad de personas que emigran del país supere a la cantidad que inmigra), la posibilidad de dejar sin ciudadanía a alemanes naturalizados que hayan integrado bandas criminales o terroristas, un plebiscito para salir de la eurozona y prohibir el pañuelo islámico. Afd cuenta hoy con el apoyo del 11 por ciento de la población alemana, según la encuesta DeutschlandTrend, aunque llegó a contar con 16 por ciento en setiembre pasado. Bajo el liderazgo de Frauke Petry el partido se viene corriendo cada vez más a la derecha. Petry ha hecho una serie de declaraciones polémicas. En enero del año pasado dijo por ejemplo al diario alemán Mannheimer que “de ser necesario” la policía debería “usar armas de fuego” contra refugiados que intentan entrar “ilegalmente” al país. Björn Höcke, otro jerarca del partido, causó revuelo cuando criticó el monumento en memoria de las víctimas del Holocausto en Berlín y la “reeducación que comenzó en 1945” con el reconocimiento y el distanciamiento de los crímenes cometidos por el nazismo. “Hasta el día de hoy, nuestro estado mental es aquel de un pueblo totalmente vencido. Los alemanes somos el único pueblo en el mundo que ha erigido un monumento de vergüenza en el corazón de su capital”, afirmó.

Según un documento interno del partido sobre su estrategia, que fue revelado por la prensa en diciembre pasado, antes de las elecciones de setiembre Afd recurrirá a “provocaciones planificadas” a fin de que se generen reacciones espontáneas de otros partidos que lo sitúen en el lugar de víctima. Cuanto más estigmatizado se vea Afd por las críticas en su contra, “más positivo será para el perfil del partido”, evaluaba el documento (The Guardian, 18-I-17).

Florencia Rovira Torres

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