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Disputar el lugar de Latinoamérica en el mundo

El Brasil de Jair Bolsonaro.

Todos los días llegan nuevas noticias tenebrosas desde el Brasil de Jair Bolsonaro. Esta semana, con los graves incendios en la selva amazónica, el impacto fue mayor. El hecho tornó explícita la relación entre el agravamiento del drama ecológico cotidiano y las condiciones políticas que lo avalan o promueven. Explorar este vínculo permite entender la escala de los desafíos que enfrentamos, así como valorar qué podemos hacer desde la izquierda uruguaya.

O dia do fogo. La ola de incendios responde en parte a la fuerte sequía (atribuida por los meteorólogos al cambio climático), pero hay además acciones y negligencias deliberadas que agravan la catástrofe. Una de las situaciones más dramáticas se vivió en el estado de Pará, donde el 10 de agosto aconteció el llamado Dia do Fogo. En un mismo día, el monitoreo satelital de fiscalización identificó centenas de focos ígneos, que evidenciaban una acción orquestada. El plan había sido denunciado por la prensa y autoridades locales (en particular el procurador Paulo de Tarso Moreira Oliveira).

Las sospechas apuntan a los productores rurales. Los incendios acentúan la deforestación y permiten el avance de la frontera agrícola sobre territorios protegidos por motivos ambientales o en litigio con grupos indígenas que reclaman su demarcación. En una economía que avanza hacia la reprimarización de su Pbi y la precarización del empleo, la expansión del área de cultivo de commodities para la exportación es un importante motor de crecimiento.

Pero el problema aquí no es el interés de estos productores, sino cómo pudieron actuar con esa escala, coordinación e impunidad. Allí aparece la negligencia estatal. Hubo demoras deliberadas en el accionar judicial, así como del ejército en el combate al fuego, sobre un trasfondo de reducción presupuestal y retirada de atribuciones para las agencias gubernamentales encargadas de controles ambientales, laborales y de protección a los pueblos indígenas.

Los incendios son una expresión inequívoca del poder de la nueva alianza de clases que domina Brasil y el modo en que están moviendo la relación entre el poder del capital y el control estatal, entre los intereses privados y públicos. En este caso, los principales actores son el agronegocio y el ejército brasileño (justamente, dos de los apoyos de Bolsonaro en el Congreso son las bancadas transpartidarias ruralista y de seguridad). Pero estamos frente a un entramado más complejo y peligroso, que combina coerción y un nuevo consenso, tradición e innovación.

Hay un mar de fondo de viejas tradiciones que se articulan con la recepción innovadora de tendencias globales recientes. El esclavismo (Brasil fue uno de los últimos países en abolirlo) asume un nuevo impulso desde que el gobierno apela a medidas neoliberales para flexibilizar el concepto de trabajo esclavo (por ejemplo, aceptando el pago con comida). El integralismo, versión brasileña del fascismo italiano de la década de 1930, alimenta la actual epidemia de grupos neonazis.1 Las iglesias evangélicas combinan la tradición misionera con la nueva ideología antiglobalista, occidentalista y “civilizacional” para proponer un abordaje tutelar de la cuestión indígena (en los hechos, etnicida). La histórica oligarquía primario-exportadora sobrevivió a los impulsos de “crecimiento hacia adentro” y se asocia ahora a los negacionistas del cambio climático (que provoca sequías que facilitan los incendios) para expandir la frontera agrícola.

Los incendios, de por sí graves, son también una señal de alerta sobre el potencial destructivo de la nueva alianza de clases en Brasil. Para captar la real dimensión del problema, la situación doméstica del país norteño debe ser entendida en el marco de la actual coyuntura regional y mundial.

El nuevo panamericanismo. A nivel regional, la situación se inscribe en una reacción más amplia al “giro a la izquierda” y al “regionalismo poshegemónico latinoamericano” de los primeros 15 años del siglo XXI. Hay tendencias semejantes en Argentina, Chile y, sobre todo, Colombia (donde detrás de la derrota del plebiscito sobre los acuerdos de paz, el ascenso de Duque y la oleada de asesinatos de líderes sociales subyace el nuevo vínculo entre el agronegocio, los paramilitares y las iglesias evangélicas). Estos cuatro países lideran un esfuerzo de realineamiento continental tras Estados Unidos, cuyas expresiones más ostensibles son la propuesta de Prosur o el aval interamericano a los atropellos al Estado de derecho en Paraguay, Honduras y Guatemala.

Se regenera así el panamericanismo, antiguo bloque continental hegemónico en el que convergen la oligarquía terrateniente, intermediarios financieros, elites políticas y los ejércitos de la doctrina de la seguridad nacional. En su nueva versión se agrega un nuevo sector financiero ligado al lavado de activos y las iglesias evangélicas.

La oligarquía transnacional latinoamericana en el tablero MUNDIAL. El realineamiento panamericano adquiere un significado mayor a la luz de las transformaciones recientes del sistema internacional: se abandona el multipolarismo esbozado en la última década (“un mundo de regiones”), para pasar a una nueva estructura bipolar, que divide al mundo entre los renovados bloques occidentales y euroasiático (“guerra comercial” incluida). La tensión mundial hace que para Estados Unidos sea fundamental contar con el alineamiento continental, como sucedió en otras coyunturas similares (las conferencias panamericanas frente a la crisis económica de 1873-1896, los acuerdos de solidaridad hemisférica y asistencia recíproca en la Segunda Guerra Mundial, y el interamericanismo en la Guerra Fría).

En la actual disputa hegemónica mundial, el bloque occidental abandona el liberalismo, asumiendo un discurso “occidentalista”, asociado a la aparición de la nueva derecha conservadora y autoritaria (Trump, Brexit, Vox, Orbán y el propio Bolsonaro), que no sólo rechaza al socialismo y la socialdemocracia, sino también al liberalismo y el institucionalismo. De esta forma, además del alineamiento geopolítico de países, los aspectos ideológicos asumen una renovada importancia. Hay una derecha conservadora que tensa la posición de occidente en la disputa. Es allí donde la oligarquía latinoamericana actúa, promoviendo un nuevo equilibrio entre Estado y mercado, lo público y lo privado, el derecho y la fuerza.

Es en ese registro que debemos interpretar el intercambio “diplomático” de Bolsonaro con Merkel y Macron sobre los incendios, haciendo el juego a Trump en plena cumbre del G7. El episodio se suma a otros anteriores: la amenaza de salir de los Acuerdos de París, la decisión de trasladar la embajada en Israel a Jerusalén, la negativa a proveer combustible a barcos iraníes y la disputa con Alemania en torno a si el nazismo era un movimiento de derecha o de izquierda (!), sin contar la influencia que ganan las iglesias evangélicas brasileñas en África y Latinoamérica. Brasil y su oligarquía conservadora son un jugador activo e importante en la actual disputa. La antigua oligarquía conservadora latinoamericana amaga emerger por primera vez como una clase transnacional.

El compromiso del FA con la región. En este marco, asume nueva significación la máxima atribuida a Henry Kissinger: “Hacia donde vaya Brasil, irá América Latina”. El panorama que se yergue es amenazante y exige estar a la altura de las circunstancias.

Un Uruguay gobernado por la izquierda tiene aquí un rol fundamental en un abordaje de política internacional, como lo ha demostrado en los aportes a la crisis venezolana y al proceso de paz en Colombia. Hay que fortalecer el vínculo con Bolivia, México, la Argentina que se viene y Venezuela, con sus difíciles caminos por recorrer. Pero también es necesario aportar desde el gobierno y la fuerza política a la articulación con el movimiento popular latinoamericano y, particularmente, el brasileño.

Que Latinoamérica no siga a Brasil en el actual contexto,2 como sentenció Kissinger y los hechos parecen terriblemente empeñados en querer demostrar, es tal vez el mayor desafío para que sigamos aprendiendo y articulando al movimiento popular latinoamericano.

1.   Escuchar al respecto la columna “Café da Manhã”, del diario Folha de São Paulo: https://www1.folha.uol.com.br/podcasts/2019/08/reporter-conta-o-que-viu-em-grupos-nazistas-do-whatsapp-ouca.shtml.

2.            A propósito, aprovechamos para invitar al homenaje en doble turno a Alberto Couriel, uno de los actores fundamentales de la política exterior uruguaya de las últimas décadas. Habrá un reconocimiento de noche, en la Huella de Seregni, pero la actividad comienza de mañana, en el Palacio Legislativo, con un coloquio internacional titulado “Reflexiones sobre los cambios en el tablero político mundial y sus repercusiones en América Latina y Uruguay”.

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