Que el dolor no nos apague la rabia

De ser “la ciudad de Pablo Escobar” a ser premiada internacionalmente por su urbanización. De ser la ciudad de la violencia a considerarse la ciudad de la “convivencia”. En Medellín, el sórdido dominio paramilitar no logra apagar la resistencia y la construcción.

—¡Párese! –grita el policía del otro lado del andén.

Me paro. Tengo hambre. Saco un pan de queso que tenía en la mochila. Pasa un minuto y se acercan dos policías agresivos.

—Guarde eso ya –me dice. Yo lo miro perplejo.

—¿Qué hace acá? Ya pasaron como diez trenes. ¿No sabe que el tiempo de espera es de dos?

—No.

—Debe tomarse el próximo metro sí o sí.

En la “cultura metro” hay una asepsia que lo prohíbe todo. En el metro de Medellín te regalan libros, buenos, pero no se puede comer. Ni tomar agua. Ni sentarse en el piso. Ni esperar a una amiga.

—La sociedad está siendo pensada para turistas. Todo apunta a la privatización, a eliminar a los ciudadanos del espacio público –había dicho Bibiana Ramírez, mi amiga periodista,  en el “aeropuerto” de la Universidad de Antioquia, como llaman al parque donde los jóvenes universitarios van a “despegar”. Es decir, a tomar cocaína, fumar porro, tomar cerveza y tocar la guitarra. Para entrar a “la U”, la pública, hay que pasar por unos molinetes y, en algunos casos, como el mío, ignorar el llamado del vigilante que pedía mi identificación.

—Es lo que llaman el “urbanismo social”: poner escaleras mecánicas para subir a una comunidad donde la gente tiene la heladera vacía. O que el piso de un parque sea de un material que conserva el calor para que la gente de la calle no se siente, o los marihuaneros no vayan a dar sus pitadas ahí–dice Henry, con marcado acento paisa, pelo largo, caravanas, un Pielroja humeando entre los dedos y un tatuaje que dice “La palabra es un arma”.

Esa macroimposición de la buena ciudadanía le tocó en casa, a nivel micro. Trabajó mucho tiempo en una fábrica de ropa, pero se hartó. Su madre le decía que se cortara el pelo, que se sacara las caravanas, que se pusiera a trabajar en algo serio y no en esas pendejadas con esos peludos. Y, en buenos términos, pero se fue. Ahora vive en la casa de la Red Popular Caminando la Palabra, un colectivo que integra el Congreso de los Pueblos, un movimiento de carácter nacional que surgió en el año 2013 y nuclea a organizaciones indígenas, campesinas, estudiantiles y urbanas de todo el país. Junto a Marcha Patriótica lideran gran parte del movimiento social organizado colombiano. Y se lo disputan también.

Júnior, acento costeño, que había dicho al pasar que nadie puede ser revolucionario sin haber escuchado a Evaristo –vocalista de la Polla Records–, piensa y se pregunta por qué el movimiento Congreso no va al paro cuando para Marcha, y por qué el movimiento Marcha no va al paro cuando lo hace Congreso. Se trata de los dos movimientos sociales y políticos más importantes del país.

—Uno se tiene que cuidar mucho, porque esta es una ciudad con una cultura narco y paramilitar muy fuerte. Uno no puede llegar a los barrios gritando que va a hacer la revolución, no puede ser mamerto, tiene que trabajar de a poquito, formando, discutiendo, construyendo –dice Henry, y habla de los principios zapatistas, de eso de mandar obedeciendo.

Tienen una impresora para imprimir en grande y hacen serigrafía. Están como locos estampando banderas para el paro nacional que comienza en unos días, y piensan que ese “camello”, como llaman a las “changas”, puede servirles para mantenerse. Y piensan en formar Estampado Sinpa, estampado sin patrón. Acá se desayuna fuerte. Hoy dos arepas con huevo, cebolla y tomate, arroz, y un vaso de agüita de panela caliente. Sobre el fogón hay una olla eléctrica para preparar arroz.

—Producíamos el 70 por ciento del arroz que comemos. Hoy ya casi nada–dice con un dejo de desolación mientras revuelve el arroz en el plato.

LA TRECE. Un encapuchado camina al frente de tropas militares, señalando. Vecinos desesperados toman las calles agitando sábanas blancas. La imagen se repite en las ventanas. Las balas atraviesan los cuerpos y los helicópteros sobrevuelan la Comuna 13 de Medellín, que irónicamente se formó con puebladas que escapaban de la violencia. Tirando a mansalva, el Ejército colombiano avanzó con la excusa de combatir las milicias urbanas de las guerrillas, haciendo una matanza atroz. Era el año 2002.

—Yo pienso que a estas personas hay que perdonarlas, sin olvidar lo que nos han hecho –dice doña Blanca, cuando se cumplen 14 años de la masacre y hay conmemoración en la biblioteca de la 13.

Tiene tres hijos asesinados y un sobrino desaparecido.

—Uno con rabia no es capaz de llegar a ningún lado. Si no perdonamos no seremos capaces de alcanzar la paz interna, para seguir luchando por nuestro objetivo, que es que aparezcan nuestros desaparecidos –insiste.

—Para mí no existe el perdón. Yo no estoy de acuerdo. Con el perdón no se arregla todo. El dolor que nos han hecho es para toda la vida. Aquí estamos y estaremos siempre presentes, con nuestra rabia –dice doña Berta–. Por cosas del Estado me lo arrebataron, y no lo dejaron disfrutar su vida –dice sobre Jorge Alexander, su hijo.

Estas madres, nucleadas en Mujeres Caminando por la Verdad, quieren justamente eso: verdad. Quieren saber por qué lo hicieron. Justicia y reparación. Dignidad. Llorar a sus muertos. Quieren a sus desaparecidos. Y tienen certeza de que están en La Escombrera, un botadero de basura y escombros ubicado en lo alto de la comuna. No solamente de perdón habla Blanca:

—Seguiremos resistiendo. Todavía somos seres humanos, y de aquí no nos vamos.

EL BELLO ORIENTE. “Le digo por si quiere ver la ciudad desde arriba.” En la montaña de Bello Oriente, en la Comuna 3, todo es allá arriba o allá abajo: “Ahorita subo”, “¿Ya vas a bajar?”; aunque no parece haber ni arriba ni abajo. Más bien un heterogéneo abajo. De día y desde aquí, Medellín descansa grotesca sobre un hermoso valle, y de noche la agitan súbitos rayos.

Arnulfo, barba larga y amabilidad perpetua, explica que Bello Oriente se fue formando con desplazados. Campesinos arrancados de los campos, afros cansados de rondar por las regiones escapando del fuego cruzado del conflicto armado, refugiados de otros barrios de Medellín. Él llegó hace 18 años.

El barrio también fue víctima del enfrentamiento entre las guerrillas, el Ejército y los paramilitares, que hoy decantó en el poder y control absoluto de estos últimos, como acontece en gran parte del país. Acá manejan el gas, los huevos, las arepas, el transporte, las casas de vicio y las vacunas. Pero ya no necesitan andar armados.

—Han ido muriendo los agresivos, y han quedado los miedosos. Los colombianos tienen miedo, desconfianza y un profundo descreimiento de la política, que es sin dudas la solución al conflicto. No quieren pertenecer, sin embargo puede que sigan a cualquier fascista con sombrero de campesino, que al mismo tiempo sea el paraco más hijo ’e puta –dice Pino, jovencito, vecino. “Paraco” es un término coloquial y a la vez despectivo para hablar de los paramilitares.

En Bello Oriente hay huertas colectivas, y los lunes hay “minga”, es decir, trabajo colectivo. Allí las vecinas van a las huertas de otras vecinas a compartir las tareas. Por eso Arnulfo prefiere hablar de “econuestra” y no de “economía”.

La mayoría de los habitantes del barrio salen todos los días al “rebusque”, salen a laburar en lo que haya, épica y amarga realidad de cualquiera de nuestras periferias.

El Estado insistía en que Bello Oriente era una “zona de alto riesgo no recuperable”, pero el proyecto de los jardines de circunvalación, que busca generar “parques” en los bordes montañosos de la ciudad, como diciendo “hasta acá llega”, le devolvió una especie de validez burocrática.

En Bello Oriente los vecinos buscan fortalecer el intercambio con otras comunidades, de semillas, experiencias, sentires. En la cima de la montaña está Casablanca, administrada por Colectivo Cultural, que trabaja desde 2009 en la comunidad. Hay instrumentos, libros, niños que corren, perros y gatos, muchas plantas. Los recursos se gestionan y obtienen en colectivo, sin el Estado. En Casablanca se toca, se baila, y se vive. Y se respetan los acuerdos toltecas: ser riguroso con la palabra, no tomarse nada personal, no hacer suposiciones y dar el máximo de cada uno.

—Acá hay héroes sin súper –dice Álvaro, que llega a ensayar teatro junto a su compañera, Denis.

En Teofanía, “la casa de todos” donde viven Arnulfo, Denis y Álvaro, cualquier lugar es una excusa para sembrar. Hay plantas en carcasas de monitores viejos, en zapatos, cascos y neumáticos. Y hay cientos de botellas de plástico con desechos de nailon adentro, con las que es posible hacer casas. A Teofanía puede llegar el vecino, de 12 años, a pedir una escalera para martillar quién sabe qué en el techo de su casa, o dos gurises a escuchar reggaetón en el entrepiso de madera. En Teofanía hay una ludo-biblioteca y hay cabras.

—A veces sueño con vivir todo el día con ellas –dice Arnulfo mientras las ordeña junto a Rubiela y Bibian. Les habla, las alimenta y las imita. Teofanía es un cúmulo de ensayos y errores, de tiempo condensado. Una imperfección. Resistencia y creación.

—¿De qué color es la vida? –le había preguntado Arnulfo una vez a Bibian. Y se había contestado él mismo–: Amarillo, verdetodo, y “asulado”.

LA BARCA

—¡Este pueblo no tiene pantalones! –había escuchado Bernardo al pasar, de boca de alguien que caminaba solo en la noche.

Mientras tomaba café en un pueblito llamado Fredonia, al suroeste de Antioquia, y escribía en unas hojitas sueltas, vio entrar en el bar a un hombre con un cuchillo. Un “mataganao”.

—Lo voy a matar a usted y también a su señora.

—¿Qué, a nosotros? ¿Por qué?

—Pues porque le están dando brebaje al pueblo para engañarlo.

El café voló y Bernardo consiguió correr y atravesar la plaza del pueblo, hasta entrar en la comisaría.

—Suelte el cuchillo, señor juez –dijo el comisario, que salió a ver lo que pasaba.

No es la primera vez que ocurre algo así con La Barca de los Locos, el grupo de teatro que sostienen Bernardo Ángel y Lucía Agudelo. En una universidad, un rector “al que se le saltaba la corbata de la rabia”, ya le había dicho a Bernardo: “Te voy a hacer comer las huevas, hijo ’e puta”, mientras presentaban la obra Aúllan los lobos, que incluye cuerpos desnudos y banderas de Colombia frotándose en ellos.

Ahora, en esta tarde en el parque Bolívar –donde se presentan todos los jueves–, un policía mueve los brazos cual jugador de fútbol, otro al lado se rasca la pierna y un tercero toca la guitarra. Allá, y ahora acá, donde Lucía hace precalentamiento para la función, Bernardo saluda y dice:

—El otro día escuchaba unas reflexiones de Almódovar en las que decía que lo aterraba absolutamente llegar a viejo, al momento en que el cuerpo se rompe, se hace pedazos. Y nosotros estamos aquí para eso, exorcizando. Gritando: ¡Paren esto!

—¿Y por qué la plaza?

—Para resistir con el cuerpo, que es lo único que tenemos. Espacio y cuerpo. En un teatro convencional la gente va predispuesta a lo que va a ver. Va cierto tipo de gente y va en la pose de intelectual. Acá hay que tomar el espacio a nivel mental, hay que conquistar al público, porque ahí se empieza a construir la libertad. Este es el lugar para hacerlo, con todas las dificultades que pueda tener. No hay otra tierra prometida.

Están desde 1985 en el parque Bolívar. Bernardo dice tener escritas unas 150 obras, pero hasta el momento montaron unas 15. Para él el teatro es anárquico, sin autoridad, incandescente, cuestionador. Dice que está hecho de palabras, pero adora el silencio. Dentro de esas palabras está Artaud, que le enseñó que el teatro debe cambiar cada noche.

“Estamos en la no razón, no somos la verdad, pero somos auténticos, antes que todo el teatro es sinceridad, es encontrar que los textos que uno está presentando tienen que ver con su vida, que no hay distancia entre lo que uno está diciendo y lo que uno realiza cada día”, dice Lucía en Palabras de fuego, el documental sobre La Barca de los Locos que Bibiana hizo junto a otros compañeros. Y agrega: “El teatro nace en las oscuridades, en lo que la gente rechaza”.

—Vivimos en una sociedad moralista, cerrada, hipócrita. Somos gobernados por capataces, pequeños tiranos con mentes ganaderas. Pero hay rebeldía que se mueve. Que nos lleva a buscar cambios, sentidos de libertad –dice Bernardo, mientras guarda su espada en el bolso.

Medellín es una ciudad paramilitar. Es la cuna del ultraderechista ex presidente Álvaro Uribe. Es la ciudad del mito de Pablo Escobar y de la realidad del tráfico. Pero es también un enjambre de resistencias en ebullición, como toda Colombia.

— Es que aquí también estamos rodeados de gente fantástica –dice Bibiana.

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