Música y cuarentena.

Donde arde el fuego nuestro

El encierro deja en evidencia, quizás como nada antes, que la música no es sólo un hobby o un producto de entretenimiento, sino una forma de comunicación, conexión y evasión de primera necesidad para la supervivencia.

Ilustración: Federico Murro

Una anécdota que se ha hecho bastante popular es la siguiente: Rubén Lena y su esposa Juana Lacuesta estaban en el aeropuerto de Caracas esperando un vuelo de regreso a Uruguay. Era diciembre de 1959 y la joven pareja de maestros finalizaba una experiencia de diez meses en el Centro Interamericano de Educación Rural, en la localidad de Rubio. Durante la estadía, en charlas y rondas con otros docentes latinoamericanos, aparecían canciones. Todos cantaban versos de sus países, creaciones folclóricas ya tradicionales, menos Lena y el resto de sus compatriotas presentes. Si bien Aníbal Sampayo y Osiris Rodríguez Castillos –entre otros– ya habían compuesto canciones, el arraigo del pueblo uruguayo aún estaba mayormente en sintonía con las melodías del folclore argentino. Lena comprendió la situación y, tocado, en aquella espera de aeropuerto le comentó a su compañera que debía continuar y profundizar la tarea de componer canciones para el pueblo, que fueran cantadas por el pueblo. Un cancionero popular uruguayo se iba a construir de cualquier forma, pero lo particular de la historia está en la intencionalidad: la necesidad de construir narrativa y voz, de “cantar en cotidiano” y generar identidad; la voluntad de producir un mapa de canciones que tuvieran un rol social.

Décadas después, Alfredo Zitarrosa y Jorge Lazaroff escribirían algunos textos que profundizan en ese sentido de responsabilidad, creativa y moral, cargada en la figura del cantor. Pero pensemos en Lena: ¿dónde colocamos la necesidad de música en estos días tan perturbadores? ¿Canciones para qué? En tiempos de cuarentena, encierro y sobreinformación, hice el ejercicio de consultar con personas cercanas, y no tanto, sobre qué lugar está ocupando la música en sus vidas, con la intención de visualizar si existe una revalorización del hecho humano que implica escuchar o tocar una canción. ¿Le prestamos más atención a lo que suena, elegimos distinto?

Isabel dice que su mayor y novedoso vínculo con la música está siendo el silencio. Está pasando algunos días en la casa de sus padres. No están escuchando mucha música, pero ella se ha encontrado mirando los discos, leyendo los librillos, viendo sus fotos. De esa forma los va escuchando para adentro, recordando las canciones que sonaban en su infancia y adolescencia. Esa revalorización del objeto musical puede enlazarse con lo que le sucede a Diego, que está escuchando discos “como realmente se escucha un disco”: siguiendo el orden de las canciones decidido por sus creadores. Mientras tanto, Pablo celebra que una radio argentina que sigue a diario libere, en plataformas de Internet, las listas de canciones con las que vienen trabajando desde el año pasado. La situación del otro lado del Río de la Plata es más limitante. En Buenos Aires, Paula no ha podido salir de la “parálisis emocional” y no ha logrado escuchar mucha música, pero cuenta que una amiga se entusiasmó particularmente con ver documentales de músicos latinoamericanos y que otro amigo le manda con regularidad audios cantando y tocando la guitarra.

En No nos dejan mentir, el segundo disco del grupo Cucú Rapé, la voz de Leticia Vidal toma la posta en la bellísima “Milonga desconcertada”, escrita por Valentín Abitante: “Milonga que apareciste/ de golpe y sin avisar/ perdoná que te pregunte/ si me viniste a salvar”, dice parte del texto. La personificación de la milonga –recurso tanzitarrosiano– atraviesa la canción, pero estos versos, en particular, resuenan mientras Amalia cuenta que utiliza la música para calmar la ansiedad del encierro y Luis dice haber concluido que la música es un templo. En estos días ha estado bastante deprimido y angustiado. Lo que lo “apaga y eleva” es tocar la guitarra, componer, escuchar canciones y mirar recitales. Vive con su compañera, se bancan entre sí y logran conectarse musicalmente. No hay cine ni libro que les dé lo que les da la música. Luis cree que una canción puede tomar el color de tu alma, reflejarlo y aliviar. También algo de dolor se presenta en Leandro, a quien el aislamiento lo ha ayudado a parar y colocarse en un “estado de creatividad”. Es compositor. Vive una cuarentena consigo mismo, así que escribe con rebeldía, componiendo en formatos nuevos, en un lenguaje propio, algo que le da satisfacción. Piensa que, en este contexto, puede abrirse una oportunidad para reeducarnos en las formas de la música, de los vínculos. No en vano está escuchando mucho a Lazaroff, el de la constante búsqueda de formas y la imperfección como bandera. Otro sentido de salvataje musical vive Manuel. Además de ser músico, está haciendo la Emad. Trancado con una escena de teatro que tenía que armar para las clases online, encontró auxilio y ejecución a partir de la música y canciones que tenía grabadas. Contento por la resolución, profundiza en la escucha de artistas que desconocía, compone y sigue grabando.

Lucía Gatti es, principalmente, una gran chelista. En 2015 formó –junto con Sara Genta y Carlos Giráldez– un esporádico trío llamado Tercera Fundación, que editó Mucho tiempo, uno de los productos musicales más gratos de los últimos años. Gatti compuso y cantó la canción “Caparazón de madera”, dedicada a la tortuga, “bicho mañanero y compañero”, que centraliza el arte del disco: “Quiero vivir ahí adentro/ donde las horas no pasan/ Dame cobijo y aliento/ caparazón que es mi casa/ coraza musical”.Ante lo inevitable, el hogar se amolda como contexto musical. Ignacio, percusionista, está tratando de escuchar todo lo que no escuchó en su vida, además de acercarse a estudiar guitarra y armonía. Está leyendo e investigando músicas que tiene, y si encuentra el nombre de un artista que no conoce, lo busca en Internet y escucha un par de canciones de su autoría. Es padre de dos niñas: con la más grande, canta; a la más chica, esta semana le dio su primera clase de batería.

La crianza en cuarentena también es el mundo de Pilar. Su niño tiene cinco meses; el canto ayuda a contener llantos, y la música, a paliar el tedio. Los hermanos de Pilar le mandan videos en los que cantan, para que el bebé los vea y mantenga presentes. Para Agustín, la música es figura y fondo y, a su vez, fluido o viento que cubre cualquier espacio entre la figura y el fondo. Para trabajar en casa escucha a Beethoven o a Baden Powell (se declara badenpowelliano de la primera hora, cuando tocaba a la gorra en las calles de Copacabana). Para preparar la cena, escucha a los Redondos, Galemire o Mandrake Wolf, o cosas raras, o desconocidas, o muy viejas, o muy nuevas, que la gente comparte en redes y uno va guardando para cuando llegue el momento de preparar la cena. En un momento de angustia e incertidumbre, él y su compañera fueron salvados por el documental Espíritu inquieto. Allí quedaron, todo un día escuchando al Príncipe y bebiendo como agua esa pureza de amor y creación. Con su hijo escucha Palavra Cantada, a Mateo, a Fito Páez, murgas, a Simón Díaz. Reflexiona que entre tanta amenaza apocalíptica, tinieblas en ciernes, mundo infecto donde cualquier persona a menos de dos metros te puede enfermar, hacer música con un hijo es transportarte a otro lado completamente diferente. Para Agustín, la música es parte del aparato emocional-perceptivo para entender lo que nos pasa y, sobre todo, para cambiar cómo nos sentimos, aunque no lo entendamos del todo todavía.

El primer disco de Charly Ferret se llama La sombra del que venía y lo canta a dúo, junto con Paula Evans. La novena canción, cacofónica y neologista, se titula “Solo”: “En una soleasis de tanta soledad, solitaria/ soltero de soles, soleando en sones sin soleras/ sin sin y ninguneses por doquieres, vacío de otros,/ sin quieres algunos imaginables./ Solo, sin soledad, simplemente solo./ Juntos junteando de tanta juntedad junta/ en un juntipsismo único de juntos,/ juntícito a mi junitario, juntísimo”.Desde el individuo, aparece la noción de otredad y llega al presente, en cuarentena, de Federico, que trabaja en dos centros juveniles, y en ambos decidieron mantener una comunicación vía Whatsapp con los gurises y sus familias. Ese vínculo diario se genera a partir de compartir una determinada canción, que deriva en el desarrollo de otros ejercicios posibles. Pero las canciones tienen que estar sí o sí, y Federico entiende que, a partir del intercambio, las están resignificando.

Por su parte, lo que más extraña Leticia es cantar en colectivo. Tiene muchas actividades musicales que han quedado en pausa, lugares de desconexión y placer. Está pasando estos días en lo de sus padres; cada tanto le dan ganas de escuchar uno de sus vinilos. Se encontró llorando intensamente mientras veía el concierto de Fito Páez desde su casa; la llevó a un montón de lugares emocionales. Cuando respondió a esta consigna, Leticia estaba acostada y triste. En un rato iba a tocar la guitarra y cantar con su padre.

1.   Canción de Rubén Lena incluida en el disco Donde arde el fuego,de Los Olimareños, editado en México en 1978 (la edición uruguaya es de 1984).

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