Dos cartas a Hugo Alfaro* - Semanario Brecha
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Dos cartas a Hugo Alfaro*

México, 26 de mayo de 1984.

Querido Alfaro:
Recibí por Carlos, mi nieto, su carta del 26 de abril. También, por el mismo conducto, carta del Hermano [Chifflet]. A éste, que me mandó su dirección, le respondo por correo certificado. Como no sé si a usted puedo escribirle a Vázquez 1512, confío esta misiva a Cotelo. 1) Todo está muy confuso en Uruguay, según creo. Como le digo al Hermano, vistas las cosas desde aquí, la oposición aparece dividida mientras la dictadura dirige el juego. Los últimos episodios me parecen desoladores.
a) Unos opositores quieren dialogar, otros se lanzan al plebiscito.
b) ¿Qué pretende o qué pretendía el señor Ferreira, a quien cada vez entiendo menos? ¿Qué planes tiene o tenía?
Como era previsible, claramente previsible, la dictadura no permitió el tal plebiscito. ¿Cuál fue la reacción de los ferreiristas? También, como era previsible, porque “paradas no quitan suerte”, acatar. Más aun, la dictadura ordenó que las “autoridades” no recibieran las firmas. ¿Qué hizo el ferreirismo? Pedirle audiencia al señor Hamlet Reyes para entregarle las tales firmas. Como asimismo era previsible, Hamlet dijo que no podía recibirlas. ¿Qué hicieron los ferreiristas? Llaman a un escribano y levantan un acta para dejar constancia de la negativa. Esta es una “revolución” a la uruguaya. La “gran movilización” por el plebiscito se cierra con un “acta notarial”. Y aquí paz y después gloria.
Pero hay más. Acabo de leer un discurso del líder en Concordia (pronunciado el 25 de mayo, después del rechazo del plebiscito). Según la famosa Pressur, que está al servicio de los que usted sabe, el “líder”, que calló todo lo relacionado con la prohibición del plebiscito, habría dicho “nadie va a negociar nada”, “no vamos a ceder ni un milímetro de nuestras convicciones y de nuestros ideales”; pero, asegura Pressur, “se declaró partidario del diálogo como modo de salir de la situación que vive el país”. Como congruencia política no puede haber mejor testimonio.
¿Qué va a pasar ahora con el anunciado viaje del 16 de junio? ¿No es también previsible? Llegará a puerto o llegará a aguas jurisdiccionales uruguayas y el milicaje se dará el lujo de no dejarlo entrar o de meterlo en cafúa. ¿Se levantará Uruguay como un solo hombre para liberarlo? Dejo la respuesta a su cargo.
En el discurso de Concordia, antes citado, dijo al respecto algunas frases para la historia, siempre según la inefable Pressur: “No me voy a poner a disposición de nadie, yo no voy a que me metan preso. Si lo quieren hacer es cosa de ellos, no mía” (¡) Queda el comentario también a su cargo. […]
2) “Sordera de unos e impaciencia de otros”, dice usted. Y agrega: “En definitiva, dispersión”.
De acuerdo en lo último: dispersión; pero, desgraciadamente, no creo que sólo sean la causa de esta dispersión la sordera de unos y la impaciencia de otros. Usted me habla del señor Beltrán puesto ahora al frente de un movimiento por la libertad de prensa. “Cosas veredes…” Y qué me dice de Ramoncito Díaz, saludado como periodista independiente, o de Eduardo Jiménez de Aréchaga o de Manini Ríos o de Pereira Reverbel, etcétera, etcétera. De seguir así los que trajimos la dictadura vamos a ser nosotros.
No hay “revolución” posible en Uruguay. Sobre el país, mayoritariamente de clase media, de burócratas, de jubilados, de pequeños burgueses y de pequeños comerciantes, “sentimental, sensible, sensitivo”, emocional, pesa una larga tradición conciliatoria. No tenemos odios, nada de venganzas, justicia para todos. ¿No le recuerda esto algún discurso o algunos reportajes muy cercanos? Bellas frases, sin duda. Yo no tengo odios, créamelo, no persigo venganzas, me inclino ante la justicia para todos, el imperio de la ley, el Estado de derecho, y tutti quanti. Pero pienso que es necesario, por razones de salud nacional, que a un lado estén los bagres y a otro las tarariras. No le saquemos el culo a la jeringa. Si no limpiamos la casa la mugre pronto volverá por sus fueros, y el estruendo de las cacerolas nos habrá distendido y aplacado los nervios, pero de nada habrá servido. Volverán, como las oscuras golondrinas, los de El País, los de La Mañana, los de El Día, los incapaces que dejaron venir el golpe, que no supieron siquiera preverlo, que saludaron con alborozo los comunicados 4 y 7, que se alegraron cuando nos condenaron al silencio, que nos llamaron los intelectuales del libro en el sobaco, que se fastidiaron y fastidian cuando hablamos de nuestra preocupación por los problemas del país.
No habrá “revolución”. Habrá, sí, restauración.
3) Gracias por lo que me dice respecto a mi retorno, episodio que, créalo o no, carece de significación. Pero aclaremos: a mí no me tiene que recibir nadie, “con todos los honores que merezco”. No merezco ninguno. Déjese de joder. Si vuelvo lo haré sin anunciarlo, como buen hijo de vecino que soy. Que con los honores se queden otros. Y si no vuelvo, no dejaré de seguir escribiéndole hasta que nos encontremos –Dios es misericordioso– en el paraíso. Le adelanto, dato muy importante, que no tomo mate con yerba Sara pero que juego al truco con muestra.
Cariños a la desconocida patrona y un abrazo muy fuerte para usted.

Quijano

Addenda. Uli me anuncia que la rotativa de Talleres 33 no se vendió y que podríamos quedarnos con ella.
Le ruego trate de averiguar:
• si la rotativa todavía sirve;
• si habrá que hacerle reparaciones;
• si existe taller capaz de hacerlas.
Le sugiero que se ponga en contacto con Jorge Pi o con Peñalba o con Tito Vidal para consultarlos al respecto, y le suplico que ayude a Uli en las gestiones correspondientes.
Gracias y otro abrazo. Le suplico también que informe al Hermano. Vale.
Releo la carta escrita a vuelapluma y me aterra. Me aterran las tachaduras, las repeticiones, las omisiones, los desarrollos interrumpidos por la premura y ainda mais. Usted sabrá disculparlas y disculparme. Siempre me ha faltado tiempo y ahora con más razón. Estoy viviendo de yapa o de ñapa. Hasta siempre

Quijano


Domingo 15 de agosto de 1982.

Muy querido Alfarache:

Recibí y leí su espléndido ensayo. ¿Marcha ya pertenece a la historia? Quizás sí, aunque me esfuerzo por mantenerla viva, en México. ¿La de hoy es otra Marcha? Puede ser. Yo mismo tengo muchas dudas: sobre la viabilidad y la utilidad también de lo que ahora estoy haciendo. Pero no puedo escapar a mi centro. Sigo atado al mástil, como alguna vez ya lo dije, lo que no obsta a que mire el ayer –un ayer del que me separan siete años y 11 mil quilómetros– como una etapa definitivamente cerrada.
Ni odio, ni nostalgia. Predicamos en el desierto, nadamos contra la corriente. ¿Qué podíamos esperar? A Julio lo mataron en la tortura. A Marcha y a sus sobrevivientes nos condenaron al olvido y la muerte civil. El país de los blancos y coloradas, el país de El País y de El Día y de La Mañana y El Diario se defendió y, con sobrada razón, nos ajustició. Ese país, ¿no es el país real? Tengo derecho a preguntármelo, cuando veo que entre los opositores hoy se cuentan los señores Manini, Sanguinetti, Eduardo Jiménez de Aréchaga, etcétera, y cuando veo a los opositores de ayer haciéndole de antesala al milicaje y avalando una nueva ley de lemas.
Sí, lo sé. Hay mucha gente sana todavía. Pero en política no se trata de distinguir entre buenos y malos. La línea divisoria es otra. Un país de dominante clase media tiene que dar un gobierno de clase media que mantenga el orden, conserve la paz, permita el rancho en la playa y asegure la jubilación. La clase media condena la tortura, pero no hace ni hará nada por evitarla. ¿Los países tienen los gobiernos que se merecen? Tal afirmación es, sin duda, una trivialidad. Pero, ¿no cree que los países tienen la prensa y la radio y la tele que merecen?
¿Qué vendrá? ¿Qué nos espera? En el corto y mediano plazo no avizoro nada bueno. Usted me dirá que para alguno en el corto plazo se le irá la vida; para otros en el mediano y que mi generación, por supuesto, y también la suya, están cansadas de esperar. Sí; pero no desmaye a pesar de todo. El paso por la tierra se justifica cuando uno se vence a sí mismo. Cuando cara a la calumnia, a la traición, a la injusticia, sigue creyendo en su verdad y luchando por ella. Quisieron y quieren borrarnos de la faz de Uruguay, pero no nos han derrotado ni nos derrotarán. Algo, poco, una pisada en la arena, quedará de nosotros, de los cuarenta años de esperanza y de empeño en nuestra Marcha.
Ya le escribiré más largo. Afectos a los compañeros. Grande y fuerte abrazo.

Quijano

    Publicadas en Por la vereda del sol, de Hugo Alfaro. Ediciones de Brecha, Montevideo, 1994. La primera carta aquí transcripta fue la última que dirigiera a Alfaro, a diez días de su muerte.

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