El agente secreto – Brecha digital

El agente secreto

El pasado domingo 13 falleció Gustavo Fuentes, director de Gussi Libros, una de las distribuidoras más importantes de nuestro país. Gustavo había empezado joven y de cero, trayendo libros que sabía encontrarían ávidos lectores en el Uruguay de la dictadura.

Cuando uno piensa en libros, frecuentemente piensa en autores, eventualmente en editores, nunca en distribuidores. Es un error.

Al igual que sucede en otras industrias –como la cinematográfica– es en la distribución donde se libra la verdadera batalla por la difusión y es responsabilidad de los distribuidores que ese libro que se ha escrito y se ha editado, sea leído. Y es que el autor puede ser un verdadero genio y el editor un sabueso a la hora de encontrar talentos, pero si el libro no llega al lector, todo será en vano.

El pasado domingo 13 falleció Gustavo Fuentes, director de Gussi Libros, una de las distribuidoras más importantes de nuestro país. Gustavo había empezado joven y de cero, trayendo libros que sabía encontrarían ávidos lectores en el Uruguay de la dictadura. Todavía sin local propio y con sólo 18 años, comenzó con la certeza de que siempre hay buenos lectores para buenos libros, pero que alguien debe ocuparse de encontrarlos, traerlos y ponerlos a disposición. Así, y a pura pasión y olfato, empezó a meterse en los resquicios de una industria demasiado ocupada en vender lo que se vende y en no arriesgarse por nada.

A él se debe que comenzaran a llegar a Uruguay los Cuadernos Anagrama, aquellos breves ensayos de sociología, filosofía, antropología, historia y economía, o las publicaciones de la editorial Fundamentos. Y es que puede afirmarse que si la apertura democrática tuvo una banda de sonido muy clara, a medio camino entre el canto popular y el rock uruguayo –renacido a caballo del punk y la new wave de influencia anglosajona–, tuvo también una “banda de lecturas” que lleva el sello inconfundible de Fuentes, que no solamente ayudó a saciar el ansia de volver a devorar teoría marxista en letra impresa sino también –y a contramano de la adusta seriedad de la hora– a echarle una mano a los jóvenes que preferían Bukowski a Althusser, Tom Wolfe a Max Weber y la colección Contraseñas de Anagrama a la de los Cuadernos.

Es con la apertura democrática que Fuentes logra abrir un local para su –entonces pequeña– distribuidora y en 1985 inaugura el primer Gussi en la galería Costa, en el barrio del Cordón, barrio por el que, a lo largo de los años y para acomodarse a un volumen cada vez mayor de libros en distribución, comenzó a moverse: rumbo a Guayabos y Tacuarembó, primero, y luego bajando hasta Palermo, en el enorme depósito de Yaro y Maldonado.

La distribuidora tuvo varios hits a lo largo de los años, no solamente con Anagrama, sino con el sello argentino Ediciones de la Flor, trayendo a Uruguay los libros de Quino y Fontanarrosa y al exitosísimo El nombre de la rosa, de Umberto Eco, pero también al muy leído Fidel y la religión. Incansable en su búsqueda de nuevos sellos con los que ampliar su excelente catálogo, Gussi incorporó más tarde a la exquisita Siruela y a la imprescindible Acantilado, a independientes argentinas como Adriana Hidalgo y a Salamandra, entre muchos otros.

Pero la labor de difusión de Gustavo no se detenía allí, ya que hay otros aspectos que lo señalan como un rara avis que podía empeñarse en traer un autor a la lejana Montevideo –las anécdotas de su insistencia en traer a Tom Sharpe son dignas de un libro… de Tom Sharpe–, o por su disposición incontestable a distribuir libros nacionales, por más pequeña, independiente y secreta que fuera la edición.

Así, logró algo muy difícil de lograr, no solamente en Uruguay sino en cualquier parte del mundo: crear una empresa desde cero y crecer sin moverse del perfil de independencia y calidad que lo alentó desde un principio, tomando todos los riesgos que los expertos en gestión empresarial desaconsejan y compitiendo en un mercado cada vez más tomado por los inmensos grupos editoriales trasnacionales que aplanan, uniformizan y determinan lo que tenemos que leer, acotando la oferta hasta la náusea.

Si esto no fuera suficiente para lamentar profundamente su muerte y escribir estas líneas de despedida y homenaje, hay un aspecto aun más secreto que su incansable aporte a la cultura de los uruguayos.

A lo largo de los años todos hemos conocido a varios improvisados vendedores de libros que, portafolio en mano, visitaban casas y pequeñas empresas o armaban un puesto en alguna feria en busca de un sustento que les permitiera capear el mal rato. ¿Alguien se detuvo a pensar por qué misterio la selección de libros que cargaban era siempre de Anagrama, siempre de la Flor y otros tantos?

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