El arte, el hombre, el sentir – Brecha digital

El arte, el hombre, el sentir

El tipo de folclorismo ejercido por Santiago Chalar (1938-1994) pudo convivir sin conflictos con el nativismo fascistoide promocionado oficialmente durante la era Bordaberry, pero no se confunde con él: su repertorio y sus interpretaciones no esquivan –todo lo contrario– lo íntimo, lo personal, lo sufrido, lo hondo.

Entre 1971 y 1974 Santiago Chalar, poniendo fin a un silencio discográfico de más de seis años, grabó dos discos para la Cbs argentina. Una pena y un cariño y Bordoneando nunca tuvieron edición integral en CD. Este disco reúne los 16 surcos que nunca habían salido en formato digital.

Chalar (1938-1994) es una figura singular. Es ampliamente reconocido como una de las máximas personalidades del folclorismo uruguayo, recordado con cariño por multitudes de admiradores que lo añoran por sus virtudes musicales y también por sus mentadas cualidades de persona solidaria, dedicada y cálida. Sin embargo, la historia de la música uruguaya está mayormente narrada por la izquierda, y Chalar no era de izquierda. Rara vez se lo nombra a la par de sus más famosos coetáneos. No se trata sencillamente de una cuestión de patoterismo: debía ser realmente complicado lidiar con su figura desde un sentir oposicionista durante los años en que actuó (que incluyeron la dictadura y los críticos años que la precedieron y la siguieron). Chalar era colorado, y había que tener estómago entonces, en un medio en el que circulaba tanto pensamiento libertario, para embanderarse con el partido por el que se había elegido a Pacheco y a Bordaberry. Era católico. Durante la dictadura, Chalar no tuvo mayor problema en sumarse a proyectos francamente oficialistas.

Sin embargo, parecería que, antes que un oficialista, Chalar tenía la actitud de que lo suyo era el “arte”, que su asunto era el hombre del campo en su vida cotidiana, y que lo político no debería inmiscuirse en eso. Esquivó actuar durante los auges de la canción de protesta y luego del Canto Popular. Y sin embargo, su discografía durante la dictadura incluye, en forma corajuda, composiciones de personas de izquierda, algunas de ellas entonces presas (Aníbal Sampayo), exiliadas (Pepe Guerra) o en alguna medida reprimidas por el régimen (Rubén Lena, los Benavides).

El tipo de folclorismo ejercido por Chalar pudo convivir sin conflictos con el nativismo fascistoide promocionado oficialmente durante la era Bordaberry, pero no se confunde con él: su repertorio y sus interpretaciones no esquivan –todo lo contrario– lo íntimo, lo personal, lo sufrido, lo hondo. No se reduce a, ni enfatiza, la apología de símbolos patrios o del conformismo.

Chalar fue, además de un muy buen compositor, un intérprete maravilloso. Cuenta fácilmente entre los mejores guitarristas que ha tenido este país pródigo en guitarristas fantásticos: es asombrosa la cantidad de matices, el ingenio y elaboración de sus arreglos, el inagotable desfile de maneras originales de tocar milonga, la precisión rítmica y también su expresiva flexibilidad. Su manera de cantar era quizá un poco engalanada, un poco empeñada en eso de la “voz bonita” y bien colocada. No era tan austero como Viglietti o Pepe Guerra, ni tenía esa rusticidad estéticamente agresiva de un Molina, Eustaquio Sosa, Braulio López o el Sabalero. Pero era una tendencia nomás, en un marco que no deja de encuadrarse en el recato típicamente uruguayo, no tan distinto de Osiris, Darvin y otros. Menos personal que los mejores, no por eso era menos excelente: dominio técnico, comando de todos los piques del género sin nunca caer en la caricatura o en la exageración sensacionalista, elegantemente intenso cuando correspondía, y cuando no, sabía ser lírico, irónico o incluso darse un sutilísimo aire de viejo, de ancestral (como en “Y uno se ríe”). Era de esos intérpretes que sabían sacar lo mejor de una canción y revelar sus encantos no evidentes. En “Pa’ qué los quiero” su hondura, si no se equipara a Zitarrosa, está muy cerca. Este disco valioso1 incluye sus versiones de clásicos del folclorismo local (“Caminitos de tierras coloradas”, “La cañera”), canciones de Osiris, Abel Soria y Eustaquio, y musicalizaciones del propio Chalar de textos de escritores criollos/nativistas/gauchescos como Risso, Inzaurralde, el Viejo Pancho y Wenceslao Varela.

No estoy de acuerdo con su visión de la política y de la inserción del arte en la política. Pero la música de Chalar le hace bien al país y al mundo, quizá mucho más que la actuación de unos cuantos políticos con los que, en teoría, pensaba estar de acuerdo. Y su recuerdo bien merece un lugar entre los grandes músicos que ha dado este país.
1. El guitarrero. Sondor, 1.254-2, 2014.

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