El ascenso de Hermanos de Italia

Mi nombre es Giorgia y soy fascista

Aunque no lo admita, Giorgia Meloni, que le está robando el liderazgo de las derechas italianas a Matteo Salvini y aspira a gobernar pronto la península, está profundamente arraigada en el fascismo.

Giorgia Meloni durante un acto político en Roma, en 2020 Afp, Tiziana Fabi

Escribió un libro biográfico, Il mio nome è Giorgia, que fue un éxito editorial, a pesar de que sus electores no llegan a leer un libro por año. En Italia parece haber llegado el momento de que una mujer pueda triunfar y gobernar el país, aunque, en este caso, no sea precisamente una feminista. Mientras que en la Gran Bretaña del Brexit el soberanismo xenofóbico ni siquiera es capaz de garantizar el abastecimiento de gasolina ni el número de camioneros y enfermeros que el país necesita, desde Italia llegan señales contrastantes sobre el devenir de la extrema derecha. Por un lado, esta sensibilidad política y social cae claramente en las grandes ciudades (véase el recuadro). Por otro, radicalizada como nunca en tiempos recientes sigue dominando todos los sondeos en el interior del país, en la perspectiva de unas elecciones generales en 2023 en las que se presentará bajo una nueva estrella, aún más extrema, y un nuevo liderazgo que está oscureciendo rápidamente el de Matteo Salvini: el de Giorgia Meloni, la líder de un partido que no tiene miedo de coquetear con los vestigios del régimen fascista de otros tiempos. En las últimas encuestas, la Liga (otrora Liga Norte), de Salvini; Hermanos de Italia (HI), de Meloni, y la centroizquierda del Partido Democrático (PD) tienen alrededor del 20 por ciento de los votos cada uno. Los dos partidos de la extrema derecha evolucionan de forma muy distinta. En las elecciones del Parlamento Europeo de 2019, Salvini llegó a un estelar 34,3 por ciento, mientras que Meloni solo al 6,4. En poco más de dos años, covid mediante, las cosas han evolucionado tanto que hoy están en el mismo nivel, pero mientras él se desinfla, ella sube.

EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

Al final de la pasada década, Italia era el país de Europa occidental donde la extrema derecha había mostrado un mayor avance. La antigua Liga Norte –otrora secesionista, con una agresividad sin límites, especialmente contra los inmigrantes, una retórica nacionalista y antieuropea, y una operación cosmética que entonces parecía más que exitosa– se había transformado en una liga nacional bajo el liderazgo de Salvini. En el verano boreal de 2019, tras su éxito en las elecciones europeas, Salvini, como ministro de Interior, llegó a exigir «plenos poderes». Pero luego, ante un gobierno surgido para contenerlo, fruto de una alianza entre el PD y el Movimiento Cinco Estrellas –primer partido en las últimas políticas, pero con dificultades constantes para definir un rumbo político y en constante caída desde entonces–, comenzó a deshilacharse. En 2020 el covid demostró que Italia tenía problemas más graves que una invasión extranjera completamente inventada. Al inicio de este año, el nuevo gobierno del expresidente del Banco Central Europeo Mario Draghi, un hombre con una extraordinaria autoridad e influencia, independientemente de sus posiciones políticas, indujo a Salvini a participar en la muy amplia mayoría de gobierno, restándole muchas de las armas de su discurso demagógico. En todo el último año, el discurso del líder de la Liga sonó aún más hueco entre la necesidad y la conveniencia de estar en el gobierno y seguir con la demagogia de siempre. Quien se aprovechó de sus dificultades fue su socia menor, la líder de HI, Meloni, que ha pasado a reivindicar el liderazgo de las derechas italianas.

MI NOMBRE ES GIORGIA

Con 44 años, Meloni es, probablemente, una de las mayores líderes en ascenso de la extrema derecha europea. Crecida en los acomodados y tradicionalmente derechistas barrios del norte de la ciudad de Roma, cuando era quinceañera se integró al Frente de la Juventud, la agrupación juvenil del neofascista Movimiento Social Italiano, una turbia cofradía de los no arrepentidos del fascismo histórico, que durante los años setenta tuvo enormes responsabilidades criminales en las grandes masacres terroristas perpetradas para detener el avance del mayor Partido Comunista de Occidente. En los noventa, cuando una todavía muy joven Meloni se consolidaba en la política, también la derecha italiana vivía una temporada de decisiones y superación del siglo XX. Las sirenas del gobierno, a las cuales la llamaba la larga temporada berlusconiana, eran irresistibles y el líder ultra de entonces, Gianfranco Fini, dijo adiós a Benito Mussolini y al antisemitismo e inició una transición hacia un conservadurismo más o menos potable. Sus «coroneles» se la tuvieron que arreglar entre una base sensible aún al saludo romano y a toda la parafernalia fascista y el irresistible encanto que representaba cortar el bacalao en la gran política. Meloni se convirtió entonces en la primera mujer en liderar las organizaciones juveniles. Con 29 años fue diputada y con 31, ministra de la Juventud en una de las gestiones de Silvio Berlusconi. Cuando en 2011 cayó el último gobierno del magnate milanés, ella, que había aprobado disciplinadamente todas las leyes más neoliberales del Ejecutivo, redescubrió el alma popular de la llamada derecha social. En 2012 abandonó Forza Italia, el partido de Berlusconi, y fundó HI. Con cara de chica bien y lengua muy dura, se impuso fácilmente como líder de la nueva formación. Durante unos años el partido giró en torno al cinco por ciento de los votos. Todavía no era su momento. Pero en 2016 cosechó un éxito personal como candidata derechista a intendenta de Roma, alcanzando el 20 por ciento. Su figura se hizo omnipresente en las calles y en la tevé, aunque siempre por detrás de Salvini.

Meloni es una hábil demagoga que expresa una cultura profundamente reaccionaria y utiliza todas las herramientas del tradicional extremismo derechista, junto con las nuevas oportunidades que el populismo ofrece. Su discurso está plagado de teorías de la conspiración y enemigos: los inmigrantes, la Unión Europea (UE) y la tibia centroizquierda del PD, a cuyo líder actual, el católico moderado Enrico Letta, equipara a Hugo Chávez. Así construye un discurso peligroso y fanático pero eficaz, que distorsiona la realidad. Sus electores, mayoritariamente de bajos recursos y escasa escolaridad, siempre son presentados como víctimas. Lo que la favorece es que una parte de las clases dirigentes –muy acomodadas, por supuesto– es tan refractaria como ella a la difícil realidad de la tercera década de nuestro siglo: la integración de Europa es una necesidad, y es mentira que sus organismos diariamente pasan factura a Italia, que es uno de los más influyentes socios fundadores de la UE. No hay ninguna invasión extranjera ni una real alarma por crímenes cometidos por inmigrantes. Más bien son los jóvenes licenciados italianos –nunca nombrados por Meloni– quienes huyen del país, ya que afuera pueden cobrar sueldos decentes, que en Italia son quiméricos. Además, la centroizquierda no busca ninguna revolución y no es ni siquiera un pálido heredero del combativo Partido Comunista. El PD representa, más bien, la llamada izquierda de los centros históricos, de la clase media acomodada y progresista, atenta a los derechos civiles y totalmente ajena a la lucha por los derechos sociales y a lo que queda de la lucha de clases. En este escenario se está construyendo una parte del estereotipo de estos años: la derecha estaría del lado de los pobres y la izquierda, del de los ricos. Es un esquema mental que, a pesar de tener cierta base –el PD realmente es un partido que representa mayoritariamente a las capas medias urbanas–, mezcla mentiras y fantasías. La derecha abanderada de las clases populares, tal como la dibuja Meloni, simplemente no existe.

Por encima de todo esto aparece una construcción retórica y artificial por parte de los grandes diarios y medios de comunicación del norte del país, que fingen que Meloni y su partido no tienen nada que ver con el fascismo histórico ni con las formas actuales de neofascismo. En la prensa monopólica Meloni es a menudo presentada como la representante de una nueva derecha nacionalista y moderna. Las acusaciones de fascismo contra ella –dicen esos medios– provendrían de quienes no aceptan en la cancha una fuerza auténticamente popular como HI. Pero la realidad es muy distinta. Francesco Acquaroli, el gobernador de la región de Las Marcas, celebró con un gran evento y una cena el aniversario de la Marcha sobre Roma, con la cual Mussolini conquistó el poder en octubre de 1922, 99 años atrás. Muchos historiadores prevén que el año próximo, cuando se conmemore el centenario de esa marcha, se trate más de un momento de olvido que de memoria de los crímenes fascistas, con los cuales Meloni declara tener «una relación serena». Sin embargo, los episodios nostálgicos en los que se han visto involucrados los miembros de HI y los de la Liga son cientos. Meloni y los suyos aparecen vinculados, además, al crimen organizado, a tramas de corrupción y a líderes ultraderechistas, como el brasileño Jair Bolsonaro y el húngaro Víctor Orbán, a los que presentan como víctimas de la prensa dominada por las «elites izquierdistas», que querrían imponer un «pensamiento único», una expresión que Meloni robó a la izquierda, dando vuelta completamente su sentido original. Por otro lado, no son infrecuentes sus deslices antisemitas, como cuando llamó usurero al financiero húngaro de origen judío George Soros.

Desde que se puso a competir con Salvini, Meloni se liberó de sus viejos temores o pudores y se ubicó claramente en la extrema derecha, su lugar en el mundo. Las «elites de izquierdas», no se cansa de repetir, son favorables a los inmigrantes, que trajeron el covid y el ébola a Italia, y están impulsando la «sustitución étnica». Machaca, también, con que el covid es un invento utilizado por el gobierno para recortar libertades. Pero su blanco principal es el Estado de derecho. Con estos presupuestos encabeza la oposición al gobierno tecnocrático presidido por Draghi, desafía –con éxito– el liderazgo de Salvini en la derecha y pretende llegar a gobernar Italia en 2023.

El voto en las grandes ciudades

El domingo 3 y el lunes 4, la centroizquierda pareció resurgir a partir de la votación que obtuvo en las cinco mayores ciudades de Italia. A Matteo Salvini, por el contrario, le fue muy mal en las grandes urbes y a Giorgia Meloni no tan bien como esperaba. En Milán, Nápoles y Bolonia las cosas ya han quedado saldadas. En Roma y Turín habrá una segunda vuelta en nueve días, pero los candidatos progresistas aparecen en buena posición para alcanzar la meta. En Milán, su actual intendente, Giuseppe Sala, representante típico de la alta burguesía progresista, alcanzó el 57 por ciento de los votos, derrotando al pediatra Luca Bernardo, un folclórico personaje que declaró que iba armado a su consultorio. En Nápoles, donde Salvini ni siquiera logró presentar a un candidato de la Liga, su intendente, Gaetano Manfredi, también ganó sin problemas, con el 63 por ciento de los votos, un punto más que los que obtuvo otro candidato de centroizquierda, Matteo Lepore, en Bolonia. En Turín pelearán voto a voto dos candidatos bastante tradicionales de centroizquierda y centroderecha.

El partido más complicado se disputará en Roma. A la segunda vuelta en la capital llegan el locutor radial ultraderechista Enrico Michetti, que tuvo el 30 por ciento en la primera vuelta, y Roberto Gualtieri, del Partido Democrático (PD), de larga trayectoria como eurodiputado, con el 27 por ciento. Quedaron por el camino, el fin de semana pasado, la actual intendenta Virginia Raggi, del Movimiento Cinco Estrellas, y Carlo Calenda, otra expresión de la burguesía liberal y tibiamente progresista, exmilitante del PD. El resultado es impredecible, pero, en principio, parece mejor posicionado para atraer votos externos el representante de centroizquierda. Si así fuera, y si en Roma y Turín ganaran los postulantes del PD, todas las grandes ciudades italianas contarían con alcaldes de esa tendencia. Sería una interesante paradoja en un país que, según todos los sondeos, está arrodillado a los pies de Salvini y Meloni, que definen la agenda y la línea política. Falta un año y medio para las elecciones generales. Y nada está jugado.

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