El auto rojo del señor Díaz no conoce la ironía

Una foto, un tiempo, nuestro tiempo.

Todo en la foto remite a otra época, fines de los ochenta, digamos. Puede ser por el modelo del auto, su rojo desvaído, la melena canosa y nostálgica del veterano que maneja a paso de hombre por una calle que podría estar en el centro de cualquier ciudad del interior del país. Quizá el aire retro de la escena provenga de los dos enormes altoparlantes con forma de corneta que van bien sujetos a la baca del auto. No es difícil imaginar el grano del sonido, esa resonancia peculiar de los graves que te hace vibrar el cráneo justamente atrás de las orejas, el mensaje en loop del locutor contratado, las palabras huecas propagadas al aire. Aunque no es por todo esto que la foto remite a otra época, la explicación de su carácter rancio, más que vintage, está en los adhesivos que engalanan las puertas y el capó del auto, a saber: “roberto díaz · antía · lista 108 · la voz de la mujer”. Letras blancas y mayúsculas sobre el fondo azul celeste del Partido Nacional. Está clarito.

El lado divertido de la foto se relaciona con la ceguera absoluta que le impide al señor Díaz captar la flagrante ironía de su eslogan. Así que por supuesto que podemos reírnos un poco del señor Díaz, ese ignoto representante de un tiempo no tan lejano, aunque con tintes precámbricos. Y después podemos enojarnos otro poco. Cómo puede ser que en pleno siglo tanto y tanto… Algo así. Y después, todavía, podemos dejar de lado la risa y la indignación para preocuparnos en serio, porque el tiempo del señor Díaz también es el nuestro, aunque el nuestro no sea, del todo, el suyo. Más allá de que alguien le haya tomado la foto al auto para luego subirla a una red social y exponerla así al muy merecido escarnio del público, es necesario pensar que el señor Díaz no es el único ciego del pueblo y que muchos otros vieron pasar el auto, leyeron el eslogan aberrante y escucharon la varonil tanda circular de las cornetas sin notar allí nada erróneo, nada fuera de lugar. Absolutamente integrado al paisaje de su pueblo, tan natural como los árboles de la plaza, como un camión que recorre los barrios anunciando una oferta de papa en bolsa, esta es una muestra elocuente de un tiempo –una cultura, una sensibilidad, un modo de ver el mundo– que todavía encuentra sus modos de perdurar.

Pienso, ahora, en los ataques que ha recibido de un tiempo a esta parte la educación en humanidades, ataques que siempre parecen ser el contrapeso necesario para alzar ese otro plato de la balanza educativa en el que se ubica el saber técnico, el conocimiento procedimental, el puro know how. Si la formación de trabajadores capaces de adaptarse a los desafíos de un mundo laboral cambiante –en resumen, operarios aptos y sin ideología– se presenta como el secreto del éxito de los países, según los manuales neoliberales, la educación en humanidades es vista no sólo como un gasto sin sentido, sino como un obstáculo para alcanzar la estrecha idea que tienen del desarrollo esos mismos manuales. La dicotomía falaz del planteo excluye una posibilidad que, curiosamente, es la única que podría fortalecer de forma auténtica cualquier sistema democrático: la de favorecer la posibilidad del pensamiento crítico que permita al individuo desentrañar la realidad en épocas de posverdad y –seamos ambiciosos, por qué no– quizá hasta transformarla para encontrar modos alternativos de desarrollo. Y desentrañar la realidad es una práctica que incluye ver pasar un auto con propaganda proselitista que proclama a un hombre como la legítima voz de la mujer –de todas ellas, faltaba más– y ser capaz de pensar en las fuerzas que tensionan ese disparate.

Por eso creo que el ataque a las humanidades y el argumento frecuente acerca de su inutilidad práctica, su constante socavamiento –simbólico y concreto–, puede ayudar a explicar por qué tantas personas votan contra sí mismas –o, al menos, esas son dos facetas de la misma dolencia–. Hablo de personas a las que no se les ha brindado la oportunidad de acercarse a contenidos complejos, desafiantes, que estimulen en ellas un espíritu escrutador y analítico, y que en su vida cotidiana se enfrentan inocentemente a mensajes que no tienen nada de inocentes, mientras se las incita a dar respuestas emotivas a situaciones que, en un mundo mejor que este, deberían ser resueltas por los caminos del pensamiento.

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