La figura de Rodolfo Walsh

El bello camino de la lentitud

Un reciente cortometraje revisita el último día con vida del escritor argentino. En la semana de un nuevo aniversario del golpe de Estado liderado por Videla, Massera y Agosti, recordar a Walsh es no olvidar, «porque recordar es una preciosa facultad humana y porque los puentes de la memoria impiden que el delito tenga la última palabra», como bien decía Luz Ibarburu.

Fotograma del documental Un oscuro día de injusticia

Las construcciones y las peripecias de los referentes políticos son diversas y van desde el liderazgo acaparador hasta el hormigueo sigiloso. ¿Quién fue Rodolfo Walsh, ese personaje místico que, en alguna foto, teclea una máquina de escribir barata o acaricia a un perro de bajo pedigrí? Su figura tiene una gran carga enigmática. Es un enigma tan perturbador como seductor, extremadamente seductor. Era un intelectual argentino, de más café que academia, que había sido capaz, descifrando un cable de la CIA, de anticipar la invasión contrarrevolucionaria a Playa Girón, en Cuba. Había elegido el «violento oficio de escritor» como el que más le convenía tras un análisis del contexto histórico y un día se fue a Misiones a narrar sobre la colectividad japonesa, la explotación de los yerbales y la huella de Horacio Quiroga. Hay algo en su estética, en la personificación de sus lentes gruesos, que lo emparenta a Salvador Allende. Tiene «cara de pastor protestante que vende biblias en Guatemala», como lo retrataron Gabriel García Márquez y Jorge Masetti, sus compañeros en Prensa Latina.

Al niño Rodolfo Walsh no le gustaba su nombre, no terminaba de convencerlo: creía que, llamándose así, no iba a poder ser presidente. Al tiempo descubrió que podía pronunciarse «como dos yambos aliterados». Eso le gustó. Desde los versos, quien más lo recordó fue Juan Gelman. «Me pregunto qué sería/ de la belleza de Rodolfo ahora/ esa belleza en vuelo lento/ que le iba encendiendo ojos», se cuestionaba el poeta en «Nota VI». La referencia ante el paso cansino por la vida surgía de la propia descripción que Walsh había hecho de sí mismo: «Soy lento: he tardado 15 años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda, lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto». Tenía la lentitud del ajedrecista.

Su figura está en las calles y las paredes de Argentina. En la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata hay un gran mural con su rostro y con algunas frases que el tiempo fue transformando en definiciones. Una de ellas es la que determina a la conciencia como el campo definitorio del intelectual. En La Plata, rincón de dolorosa resistencia y latente efervescencia militante, vivió, estudió, habituó cafés y el club de ajedrez de la ciudad, del que era socio. Allí, mientras movía un alfil, sintió que alguien le susurraba: «Hay un fusilado que vive». En ese instante nacía Operación masacre. La vida del escritor cambiaría para siempre.

El otro punto en el que resulta reveladora su presencia es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), hoy espacio cultural para la reivindicación de la memoria y los derechos humanos. Desde la Avenida del Libertador puede observarse el bosque de eucaliptos del predio. Allí, a pedido de Lilia Ferreyra, su compañera, el artista plástico León Ferrari montó una instalación que reproduce la «Carta abierta a la Junta Militar», escrita por Walsh al cumplirse un año del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Se trata de uno de los textos más importantes de la historia argentina.

En 2018, los realizadores Daniela Fiore y Julio Azamor dieron vida a Un oscuro día de injusticia, un cortometraje animado de diez minutos que narra sus últimas horas. El guion fue escrito por Julio Miguel Azamor, padre del realizador. En la mañana del viernes 25 de marzo de 1977, Walsh se puso un gorro de paja y se despidió de Lilia, con quien iba a reencontrarse en unas horas. La noche anterior, bajo el farol a querosén, había terminado la carta a la Junta, un documento de seis puntos frontalmente críticos ante el primer año del gobierno de facto. No estaba escrito desde el enojo desbocado, sino desde un minucioso análisis de la situación país, con datos sobre el grado de represión, pero también con datos sobre la economía, el empleo, los salarios, la pobreza y más. «Walsh no escribía a la bartola», decía su amigo, el también escritor David Viñas.

En 2020, el cortometraje de Fiore y Azamor fue prenominado como mejor corto de ficción para la edición de los premios Oscar que se realizará el 25 de abril. Finalmente, la nominación no terminó de concretarse. El título es un juego de palabras a partir del último cuento escrito por Walsh, «Un oscuro día de justicia», finalizado tras el asesinato del Che Guevara en Bolivia y resuelto bajo su figura y la de Juan Domingo Perón como inspiración, aunque en un sentido no directo, sino indirecto. Durante una entrevista con Ricardo Piglia, años después de publicado el texto, Walsh se refería al vínculo entre los héroes y el pueblo. «El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza», citaba. Y acotaba: «Creo que ese es el pronunciamiento más político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara».

En el corto, la justicia de la denuncia se transforma en la injusticia por el destino del cuerpo del escritor. Tras depositar algunas copias de la carta a la Junta en un buzón, caminó hasta ser interceptado por una patota del Grupo de Tareas 3.3 de la ESMA, en la intersección de las avenidas San Juan y Entre Ríos, en el barrio San Cristóbal de Capital Federal. Reaccionó, logró disparar su pequeña pistola Walther PPK de calibre 22, pero fue abatido y trasladado a la ESMA, donde algunos ex presos políticos dicen haberlo visto ya sin vida. Desde entonces, integra la larga lista de desaparecidos. Fiore y Azamor utilizaron cartones de papel dibujados a mano y terminados con pincel y tinta china, una técnica «a la antigua», según los creadores. Un oscuro día de injusticia fue premiado en festivales de Argentina, Chile y Cuba, y se suma a los trabajos audiovisuales que tomaron a Walsh como inspiración. Los más trascendentes son la adaptación al cine de Operación masacre, hecha por Jorge Cedrón –bajo la tutela del escritor– en 1973, y Asesinato a distancia, película de Santiago Oves, de 1997, sobre el cuento homónimo.

Su figura, su acumulación, está resumida en el primer párrafo de la «Carta abierta a la Junta Militar»: «La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi 30 años». Es el ajedrecista ante sus últimas oportunidades de subsistir o de dejar un legado, con muchas bajas entre los suyos y un jaque mate en contra. Es el zugzwang, término premonitorio que utilizó para titular uno de sus cuentos policiales, que refiere a una posición determinante en el juego: «Se pierde no por lo que hizo el contrario, sino por lo que uno está obligado a hacer. Se pierde porque uno no puede, como en el póker, decir: “Paso” y dejar que juegue el otro».

A 45 años del golpe de Estado en Argentina y a 44 de su desaparición, se puede ver como un símbolo de la resistencia. Está bien, ya que nadie tiene el derecho de decirles a los pueblos a quiénes deben aferrarse ni cómo recordar. Pero no debe olvidarse que era un tipo común, un militante con algo de detective y todo de periodista, que bien pudo haber sido un personaje de sus propias historias. Tal vez, sin escribirlo ni decirlo, lo fue.

Netuy marzo21

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