“El cazador de historias”

Este lunes 4 estará disponible en las librerías “El cazador de historias”, el libro que Eduardo Galeano dejó terminado antes de morir, hace casi un año. Como ocurrió siempre con cada uno de sus nuevos títulos, Brecha ofrece un adelanto de alguno de sus textos.

La viciosa

En Montevideo, a principios del siglo XIX, el capitán José Bonifacio de Toledo pagó 300 pesos por una negra de 18 años de edad, llamada Marta.
Ella era la esclava de mejor conducta, libre de vicios y defectos, pero a los pocos días el comprador exigió que le devolvieran el dinero. Marta tenía un vicio, el peor de todos: a la menor oportunidad, se escapaba sin dejar huella de sus pasos.
Al cabo de muchas fugas, su nuevo dueño la encadenó.
Atada de pies y manos con grilletes de hierro, la viciosa no se quejaba. En silencio aceptaba el castigo.
Pero pocos días después, se evaporó.
En la celda quedaron cuatro argollas de hierro y una larga cadena intacta.
De ella, nunca más se supo.

Esa nuca

En 1967, pasé un tiempo en Guatemala, mientras los escuadrones de la muerte, militares sin uniforme, sembraban el terror. Era la guerra sucia: el ejército norteamericano la había practicado en Vietnam y la estaba enseñando en Guatemala, que fue su primer laboratorio latinoamericano.
En la selva conocí a los guerrilleros, los más odiados enemigos de esos fabricantes del miedo.
Llegué hasta ellos, en las montañas, llevado en coche por una mujer que astutamente eludía todos los controles. Yo no la vi, ni le conocí la voz. Estaba tapada de la cabeza a los pies, y no dijo ni una palabra durante las tres horas del viaje, hasta que con un gesto de la mano, en silencio, abrió la puerta de atrás y me señaló el secreto sendero que debía seguir montaña adentro.
Años después supe que ella se llamaba Rogelia Cruz, que colaboraba con la guerrilla y que tenía 26 años cuando fue encontrada bajo un puente, después de ser mil veces violada y mutilada por el coronel Máximo Zepeda y toda su tropa.
Yo sólo había visto su nuca.
La sigo viendo.

La ídola

Cuando se retiró del cine, el mundo entero quedó viudo de ella.
Había nacido con otro nombre, y por su helada belleza había merecido llamarse la Divina, la Esfinge Sueca, la Venus Vikinga…
Medio siglo después del adiós, Justo Jorge Padrón, poeta español que hablaba sueco con acento canario, estaba mirando la vidriera de una tienda de discos, en Estocolmo, cuando en el cristal descubrió el reflejo de una mujer alta y altiva, envuelta en pieles blancas, parada a sus espaldas.
Él se dio vuelta y la vio, mentón alzado, grandes lentes oscuros, y dijo que sí, dijo que no, que era, que no era, que podía ser, y de puro curioso le preguntó:
—Disculpe, señora, pero… ¿usted no es Greta Garbo?
—Fui –dijo ella.
Y con lentos pasos de reina, se alejó.

El ídolo descalzo

Gracias a Sailen Manna, el fútbol de la India ganó la Medalla de Oro en los juegos asiáticos de 1951.
Toda su vida jugó para el club Mohun Bagan sin cobrar salario, y nunca se dejó tentar por los contratos que los clubes extranjeros le ofrecían.
Jugaba descalzo, y en el campo enemigo sus pies desnudos eran conejos imposibles de atrapar.
Él siempre había llevado, en su bolsillo, a la diosa Kali, esa que sabe pelear de igual a igual contra la muerte.
Sailen tenía casi 90 años cuando murió.
La diosa Kali lo acompañó en el último viaje.
Descalza, como él.

Esos ojos

Cesare Pavese había escrito:
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
La encontró en un hotel de Turín, una noche del verano de 1950.
Por sus ojos, la reconoció.

Afrodita

Hacía poco que Catalina y Felipe habían descubierto la mar, y no había quien los sacara del agua. Saltando olas pasaban sus días, mientras en las arenas de la playa yacían, olvidados, los moldes, las palitas y los baldes.
Una noche, les conté:
—Había una vez una mujer que se llamaba Afrodita. Ella había nacido de la espuma. Y a mí me parece que ustedes también.
A la mañana siguiente, escuché el griterío, que venía desde el oleaje.
Eran ellos, que gritaban a la espuma:
—¡Mamá!

El río raro

Eran niños venidos de tierra adentro, de muy adentro, que no habían estado nunca en la playa de Piriápolis, ni en ninguna playa, y que nunca habían visto la mar.
A lo sumo se atrevían a mojarse los pies, pero ninguno rompía las olas.
Para vencer el miedo, uno de los niños, el más sabido, explicó qué era la mar:
—Es un río de una sola orilla.

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