En El hombre que nunca estuvo, la película de los hermanos Coen de 2001, Ed Crane, el barbero encarnado por Billy Bob Thornton, es un hombre anodino de muchos cigarrillos y pocas palabras que se embrolla en una trama de chantaje y asesinatos. Nada sale bien en la vida de Ed: su mujer lo engaña y más tarde se suicida, él estafa y cree haber sido estafado y, a raíz de ello, es llevado al asesinato, a la quiebra, a la cárcel y a la silla eléctrica. La vida no ha sido generosa con Ed, oh, no. Sin embargo, en ese camino trágico, lo único que le da paz y esperanza es escuchar a Birdie tocar el piano.
Birdie es el apodo de Rachel Abundas, una adolescente sin talento, interpretada por Scarlett Johansson. Ed, cuya vida se desmorona, solo encuentra solaz en imaginar el futuro de Birdie como pianista de éxito, hasta que el profesor Jacques Carcanogues le dice que a lo que puede aspirar Rachel es a ser, a lo sumo, una buena mecanógrafa. Entonces, cuando tras consultar al profesor en San Francisco emprenden el camino de regreso a Santa Rosa, en una de las últimas escenas antes de que el auto y la vida de Ed den un nuevo vuelco, Birdie le dice la verdad más grande de la película, o, mejor dicho, su tema:
—¿Sabe lo que es usted?
—¿Qué?
—Un entusiasta.
Lo que ocurre con el entusiasmo es que tiene, en sí, un valor moral neutro. Benjamin Netanyahu y Donald Trump son, sin lugar a dudas, unos entusiastas. Julian Assange y Greta Thunberg, también. Seguramente podría decirse que lo fueron Mandela y Hitler, Napoleón y Gandhi, Martin Luther King y el Che. El que mejor ilustró el valor neutro del entusiasmo fue Eleuterio Fernández Huidobro cuando, refiriéndose a Lacalle Herrera, dijo que no había nada peor que un burro con iniciativa, juicio que reiteró cuatro años más tarde respecto a su hijo y futuro presidente, Luis Lacalle Pou. De más está aclarar que el Ñato estaba, también, en el bando de los que pasan a la acción con vigor.
También han hablado en contra del entusiasmo los que como Bertrand Russell eligen a los perezosos como sus personas predilectas, en el entendido de que aquellos dados a una vida contemplativa difícilmente inviertan la energía que se necesita para dañar a alguien. De hecho, hay otra película de los hermanos Coen que ilustra perfectamente este punto: El gran Lebowski. Su trama gira en torno a la confusión de dos seres llamados Jeff Lebowski, pero de temperamento opuesto: uno vago, jugador de bolos, fumador de marihuana y bebedor de cócteles; dueño únicamente de una bata y una alfombra raída. El otro Lebowski, propiamente «el gran», es un patriota millonario en silla de ruedas que se vanagloria de ser un self-made man y de no culpar a nadie por haber perdido sus dos piernas en la guerra de Corea.
Pero quizás el que primero se ocupó de pensar el entusiasmo fue Platón y lo hizo desde la desconfianza: el entusiasmo es inspiración divina, no conocimiento.1 Sin embargo, por más que sea inspiración divina, ni a las Iglesias les gusta la energía irrefrenable del entusiasmo. Ya lo dijo el clérigo y teólogo inglés John Wesley: «Todo entusiasta, es, entonces, propiamente un loco».2 Curiosamente a la Ilustración tampoco le hacía mucha gracia la emoción irracional que mueve a los entusiastas: hay que ser sobrio y razonable. Habrá que esperar al Romanticismo para el elogio del arrebato.
No cabe extrañarse de esta larga historia de mala prensa: el entusiasmo lleva en sí la idea de lo excesivo. Exceso de energía, de convicción, de propósito. Y poca obediencia. Se tiende a condenar el entusiasmo no por la energía o la alegría que evoca, sino por ser contrario al control y, si se mira la historia de las religiones o la política, se comprende por qué el entusiasmo es peligroso.
Y, sin embargo, en nuestro país, casi cada cosa que vale la pena está basada en esta fuerza desordenada, espontánea y, sobre todo, colectiva y sostenida en el tiempo. Durante la pandemia, muchos uruguayos subsistieron gracias a las ollas populares que fueron muchas y muy visibles –y más visibles todavía debido a que una de las infamias mayores de la gestión del MIDES fue hacer política persiguiéndolas–. Y puede que las ollas hayan desaparecido del horario central de los noticieros, pero, por supuesto, siguen existiendo, en gran medida gracias al entusiasmo solidario de los vecinos y las organizaciones y redes de militancia social. Lo mismo puede decirse de la escuelita de fútbol de La Cachimba del Piojo o de la sostenida militancia de los ciudadanos que se opusieron a los planes de destrucción del parque y edificios del predio de Veterinaria o a la Asamblea Permanente por la Rambla Sur.
¿Y qué otra cosa que el entusiasmo sostiene a la cultura uruguaya, a editores como Banda Oriental o Hum, a Ayuí Discos y al TUMP, a escuelas como la Escuela de Cine del Oeste o a fundaciones como la FAC? O del entusiasmo que mantiene a los periodistas de este país haciendo periodismo, a pesar de ser uno de los sectores de actividad más pauperizados de los últimos 30 años.
El malogrado presidente José Mujica dijo en varias oportunidades que los uruguayos somos así, medio atorrantes. Poco trabajadores. Otros han dicho que puede ser que el uruguayo sea trabajador, pero no emprendedor. Afirmaciones que realmente no se sostienen a la luz del trabajo entusiasta de quienes mantienen las redes de solidaridad, la cultura independiente, la militancia social.
Mejor hubiera sido explicar que a los uruguayos no nos gusta mucho que nos digan lo que hacer, que hay en nuestra cultura, incluso, una glorificación de la burla a la obediencia y que, con causa o sin ella, somos esencialmente rebeldes.
A esto se reduce incluso, miren lo que les digo, el drama actual de la selección uruguaya de fútbol, sin importar lo genial que pueda ser Marcelo Bielsa. ¿Quién se cree que es para venir a mandar? Si ni Artigas mandó.
Lo de los uruguayos sigue siendo Obdulio, jefe sí, pero «uno de nosotros». Y es que, para bien y para mal, somos trabajadores y emprendedores cuando se conforma un colectivo que permite anidar nuestro entusiasmo. Y, entonces, sí, somos incansables.




