El erotismo del muñequito de la torta

¿Cuántas sombras vimos en esta primera entrega de “Cincuenta sombras de Grey” basada en el famoso libro erótico que batió récords de ventas con su mixtura de romance de telenovela con sadomasoquismo? La amenaza queda en pie, pero por último, se puede plantar acá y no ir a ver las sombras restantes.

Fifty Shades of Grey. Estados Unidos, 2015

El número asusta un poco. ¿Cuántas sombras vimos en esta primera entrega cinematográfica basada en el famoso libro erótico de la británica E L James, que según todos los datos batió récords de ventas con su mixtura de romance de telenovela con sadomasoquismo? La amenaza queda en pie, pero por último, se puede plantar acá y no ir a ver las sombras restantes.

Al fin, lo único llamativo –si es que a estas alturas eso es llamativo– es la campaña mediática en torno a un estreno “tan esperado” por multitudes ansiosas de ver sexo con agregados, o quizá, que algún psicólogo de masas pueda dar alguna explicación verosímil de por qué un libro y un filme semejantes concitan la atención de tanta gente.

La directora británica Sam Taylor-Wood se hizo conocida como artista-fotógrafa (acá todo viene con guiones), retratando a gente famosa como David Beckman o Elton John mientras dormían, y por una serie titulada “Crying Men”, en la que otros famosos, todos actores en este caso, lloraban ante su cámara. También hizo algún corto y Nowhere Boy, un largometraje sobre la juventud de John Lennon. Su capacidad para llamar la atención seguramente fue capital a la hora de ser elegida para dirigir la versión en cine del bestseller eroticón. Estas cosas se manejan mejor entre gente que entiende del asunto. Y un bestseller de estas características, si quiere seguir siéndolo, es decir, gustar sin correr riesgos, tiene que ser tamizado con toques de seda, porque la imagen que puede despertar un relato siempre es más osada –todo lo osada que sea la mente del que imagina– que la que efectivamente se procesa ante una cámara y con gente de carne y hueso.

Taylor-Wood no defrauda. El erotismo según su versión no dista mucho del que, siglos atrás, propiciaba Corín Tellado desde sus interminables paginitas: gente linda, gente rica, gente que llega a disfrutar de lo que tienen los ricos, y que hace cosas que el espectador ve sólo hasta el punto exacto en que pueden “ofender la sensibilidad”. El joven millonario Christian Grey (Jamie Dornan), perfectito y tan inquietante como el muñequito de las tortas de bodas, hipnotiza a Anastassia (Dakota Jonson), una buena chica estudiante de literatura inglesa, y virgen, por si faltara algún elemento a lo Corín. Grey quiere tirarse a Anastassia, faltaba más, pero siempre y cuando ella acepte sus términos, prolijamente escritos en un contrato que establece el poder de él y la sumisión de ella. Aparte de esto, y de un “cuarto de juguetes” que es mostrado de manera lo suficientemente vaga como para que el espectador no pueda hacerse una idea de los inquietantes objetos útiles al dominador-dominado, Grey se comporta como el perfecto novio de las novelas de Corín y de las historias de Cosmopolitan: regala autos, lleva a la chica a pasear en estilizados aviones y a comer con su familia, hasta la rescata de tremenda borrachera, etcétera. Entonces Cincuenta sombras de Grey es cualquier cosa menos algo sombrío. Ni siquiera la nalgada final –seis azotes en el terso trasero de Anastassia– consigue oscurecer una película que es como una publicidad de perfume alargada. Hasta la cara orgásmica que pone Anastassia cada vez que él le roza una oreja es recurso –aburridamente– publicitario; es la misma cara que ponen esas muchachas bien peinadas que se comen un helado o sostienen un detergente en sus manos.
En fin, no hay que desdeñar el efecto que puede causar esta película. De publicidad saben más los publicitarios que nosotros.

Fifty Shades of Grey. Estados Unidos, 2015.

http://youtu.be/xKaoEsIEDKs

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