En 1952, el maestro y periodista Julio Castro publicaba una serie de notas en Marcha en las que denunciaba la expansión imperialista de Estados Unidos en Uruguay a partir de la firma de un tratado de cooperación militar entre ambos gobiernos que, a su pesar, se firmaría finalmente ese año. Castro enviaba desde México –donde residía en esos momentos– varios artículos que alertaban sobre las implicancias negativas que tendría para el país y el sur del continente latinoamericano la firma de ese acuerdo. Desde Uruguay, un editorial del diario El Plata –vinculado al nacionalismo independiente– sostenía que la existencia del imperialismo estadounidense en el país era una «mentira» y que aquellos que prestaban oído a las denuncias imperialistas eran unos «ingenuos». En este contexto, Castro lamentaba que «el problema de la formación de una conciencia antimperialista está ahí, en el Uruguay, todavía en la etapa de la propaganda. Seguramente será necesario gastar mucho papel y tinta para convencer a la gente de que el imperialismo es un problema y exige una actitud de nuestra parte».1
Menos de una década después, la situación en Uruguay había cambiado drásticamente. El repudio al golpe en Guatemala de 1954 y la rápida organización de la solidaridad que se gestó en favor del novel gobierno revolucionario cubano –luego del triunfo de la revolución en 1959– favorecieron que la conciencia antimperialista se expandiera en las izquierdas uruguayas, como lo demandaba el periodista años antes.
Sus dos partidos históricos, el Partido Socialista (PS) y el Partido Comunista de Uruguay (PCU), habían sufrido en simultáneo un proceso de intensa renovación ideológica con los nuevos liderazgos de Vivian Trías y Rodney Arismendi, respectivamente, y desarrollaron un fuerte antimperialismo y latinoamericanismo. Sacudida por el impacto de la revolución cubana, América Latina en general experimentaba ese notable auge, expresado sobre todo como antimperialismo estadounidense. Un robusto movimiento social, político y cultural de escala continental y que también abarcaba a otras regiones del tercer mundo se aglutinaba en torno a este ideario.
Para las izquierdas uruguayas, el imperialismo no representaba simplemente el accionar militar de Estados Unidos sobre América Latina en particular y el tercer mundo en general –expandido cada vez más con el golpe de Estado en Brasil en 1964 y la guerra de Vietnam–, sino un concepto con una profundidad mucho mayor. Sus diferentes facetas (políticas, económicas y culturales/ideológicas) permitían explicar el desarrollo histórico nacional desde los tiempos de la independencia en el siglo XIX, desarrollo nacional que había estado determinado desde sus inicios por el imperialismo inglés y luego el estadounidense. En el plano económico, este proceso había provocado un subdesarrollo y una dependencia continental sobre los grandes polos imperiales, una situación que se extendía hasta ese presente. El imperialismo no solo era concebido como un factor externo, sino que tenía raíces y actores locales aliados que, definidos como la oligarquía, operaban en el seno de la política y la economía local.
ANTIOLIGÁRQUICO Y ANTIMPERIALISTA
La formación del Frente Amplio (FA) en 1971 trascendió la mera alianza entre partidos y agrupaciones y combinó, de manera novedosa, una diversidad ideológica bajo la unidad programática y política. Su rescate de la tradición artiguista y su concepción de que representaban un movimiento de refundación nacional en clave revolucionaria puso énfasis en un antagonismo clave: el conflicto entre «el régimen oligárquico» y «el pueblo».
Las discusiones sobre la existencia de dos imperios, el soviético y el yanqui, sostenidas, por ejemplo, por sectores como el PS y el Partido Demócrata Cristiano durante los sesenta, no desaparecieron en los debates dentro de las izquierdas, pero sí se aplacaron notablemente. Esto no significaba, de ninguna manera, una «sovietización» de las izquierdas uruguayas, sino una adecuación geopolítica que concibió a Estados Unidos como el enemigo principal y transformó al antimperialismo en un concepto aglutinador de diferentes visiones y tradiciones de izquierda. En el caso del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), que no integraba formalmente el FA, tenía una concepción antimperialista muy cercana a la del PS, marcada por la influencia intelectual de Vivian Trías y la línea del socialismo nacional.
Concebido como una derivación intrínseca del capitalismo, el imperialismo tenía una centralidad importante en el trasfondo ideológico del nuevo movimiento. El FA sostenía que se debía dar una batalla por la liberación nacional que se relacionaba de forma directa con la lucha contra la dominación imperialista y sus representantes locales de la oligarquía.
El golpe de Estado de 1973 y la dictadura civil-militar golpearon duramente al recién creado FA y a los militantes de sus sectores, así como también al MLN-T. Durante los años de la dictadura, los documentos partidarios, producidos desde la clandestinidad o el exilio, mostraron una continuidad en la concepción sobre el imperialismo, con centro en Estados Unidos –vinculado de manera directa a las imperantes dictaduras latinoamericanas– como el enemigo principal.
Con el retorno de la democracia, los documentos del FA aprobados en congresos y bases programáticas de cara a las elecciones (e incluso los documentos de sus distintos sectores) no presentaron variaciones sustanciales con relación al período predictatorial, más allá de un progresivo menor uso del término. El intenso proceso de renovación ideológica que comenzarían a experimentar las izquierdas uruguayas no se trasladó a los programas frentistas de 1984 y 1989, que continuaron teniendo un fuerte peso antioligárquico y antimperialista.
ENTRE EL FIN DE LA HISTORIA Y LA ERA PROGRESISTA
El final de la Guerra Fría, el inicio de una década marcada por las reformas neoliberales y la concepción del fin de la historia debilitó, decididamente, los planteos sobre el imperialismo en la construcción teórica de las izquierdas. En la mayoría de los sectores (y también en los documentos del FA) el concepto perdió solidez y profundidad teórica. Solo el PCU y el recién creado Movimiento de Participación Popular mantuvieron sus postulados clásicos sobre el imperialismo, caracterizado como el enemigo principal, pero esto obedeció en su mayoría a una continuación de su lenguaje y un mantenimiento casi idéntico de su teoría, más que a una actualización ideológica sobre el imperialismo y su adecuación al nuevo contexto global unipolar.
Durante esta década se produjo una progresiva desaparición de los componentes centrales del programa frenteamplista de inspiración antimperialista y antioligárquico fundacional, aunque perduraron, de manera retórica e incluso identitaria, pasajes en los que se reafirmaba el carácter antimperialista y antioligárquico de la coalición de izquierdas. La desaparición de la densidad teórica del concepto le quitó su utilidad para pensar el desarrollo histórico nacional o continental y también provocó la desconexión y, luego, la desaparición del concepto de oligarquía para pensar la política local. Finalmente, quedó desarticulado del todo para favorecer la comprensión de los acontecimientos del nuevo orden mundial pos Guerra Fría.
En los documentos congresuales y programáticos del FA entrado el nuevo siglo, y a medida que conquistaba el gobierno, el imperialismo como concepto tendió a desaparecer; es mencionado en escasas oportunidades retóricas o en ocasiones puntuales para referirse a eventos de orden internacional, como las reuniones y redes del Foro de San Pablo y el Foro Social Mundial o las agresiones estadounidenses a Cuba y, luego, a Venezuela. En este sentido, el imperialismo dejó de ser un concepto cargado de densidad histórica y teórica para explicar el mundo y el antimperialismo comenzó únicamente a ser utilizado como seña de identidad y esgrimido como principio de política exterior. Sin embargo, durante los gobiernos frenteamplistas, esta última no fue caracterizada en especial por el antimperialismo, sino por un pragmatismo guiado por el tejido de relaciones según intereses comerciales
y un acercamiento a Estados Unidos y al sistema internacional, a la par de un interesante pero conflictivo intento de integración con los países del Mercosur.
¿QUÉ TEORÍA PARA QUÉ MUNDO?
El secuestro de Nicolás Maduro a inicios de este año, junto con el brutal recrudecimiento de la asfixia económica del gobierno estadounidense a Cuba y el posterior ataque a Irán han favorecido la reaparición del binomio imperialismo/antimperialismo en los textos políticos y declaraciones públicas del Frente Amplio. Sería un error sostener que las bases frenteamplistas perdieron, durante las décadas anteriores, su conciencia antimperialista, pero no sería desacertado sostener que el concepto y las medidas políticas regidas por el antimperialismo en política exterior no tuvieron centralidad en el Frente Amplio y sus gobiernos. Incluso, en la actualidad, los comunicados y las declaraciones públicas del gobierno sobre el contexto internacional evitan hablar de imperialismo y, en ese sentido, difieren de forma sustancial con los de la fuerza política y sus sectores.
Este recorrido no busca conectar con una visión nostálgica de izquierda que pretenda volver a desarrollar y suscribir una concepción sesentista del antimperialismo en un mundo que es definitivamente distinto. Ya no existe en América Latina –ni a nivel global– un movimiento social, político y cultural articulado en torno al antimperialismo. A pesar del auge de China como potencia global, no hay en este momento alternativas geopolíticas fuertes para el continente como en su momento lo fue la Unión Soviética para los países del tercer mundo, y las experiencias revolucionarias latinoamericanas como Cuba o Nicaragua han perdido prestigio en las izquierdas y ya no convocan la solidaridad de las grandes masas del siglo pasado. Sin embargo, es necesario volver a tener un ojo agudo sobre dinámicas que no son nuevas y persisten hoy de forma explícita y desembozada a nivel global. La identidad y la conciencia antimperialista son fundamentales, pero también se necesita una teoría del imperialismo que nos ayude a entender el mundo en el que vivimos, como existió en los sesenta.
*Este texto se deriva de una investigación en el marco del Grupo de Estudios sobre las Izquierdas de la Universidad de la República, en específico en una de sus líneas dedicada a estudiar la historia de las izquierdas uruguayas a través del análisis de algunos de sus conceptos fundamentales.↩︎
- Julio Castro, «Costa Rica y su carreta musical», Marcha, 27-VI-1952; «El imperialismo es una mentira», Marcha, 12-IX-1952. ↩︎





