El final del paisaje - Brecha digital

El final del paisaje

En mi pueblo había un hombre que veía el mundo desde arriba. Conocía el entramado de los techos, el resplandor de las azoteas y la herrumbre marrón de las chapas sujetadas por piedras. Desde arriba veía secretos que habitaban entre las macetas de los patios y culpas escondidas en los matorrales, al fondo de cada terreno. Durante muchos años, el viejo Mario fue el encargado de colocar, mantener y reparar todas las antenas de la zona. Era hábil manipulando el aluminio, doblando fierros y distribuyendo cables. Su trabajo requería destreza y valentía.

Me gustaba visitarlo en su taller. Pasaba las mañanas mirándolo fumar largos cigarros de chala, mientras armaba las curiosas estructuras que luego dibujarían la silueta del pueblo. Cortes precisos, medidas exactas, simetrías perfectas. Su cara arrugada de viento y tabaco llamaba la atención de mis ojos de niño. Aunque casi no me hablaba, creo que no le molestaba mi presencia. Con su antena de radioaficionado recibía señales de cualquier parte del mundo. No sé si entendía, pero escuchaba por horas diálogos y canciones en italiano, portugués y otros idiomas indescifrables. Cuanto más extraño el idioma, mayor satisfacción demostraba su gesto. Yo me quedaba en su taller hasta que mi madre me mandaba buscar para almorzar, antes de ir a la escuela.

Por las tardes, Mario se subía a los techos. Tenía antenas que orientar, tensores que ajustar. Era increíble verlo trepar, lento pero sin titubeos, con una agilidad extraña para su edad. A veces podía verlo desde la ventana del salón, y cuando lo detectaba perdía el hilo de la clase, la voz de la maestra se transformaba en un murmullo de radio mal sintonizada. Mi atención se iba volando con el viejo.

Nadie en la zona conocía su historia. Solo sabíamos que había llegado en su moto, con su carro cargado de herramientas. Al poco tiempo abrió el taller. Cuando se popularizó la televisión a color, sembró antenas por todos lados. También trabajaba con las de otros radioaficionados y con la de la radio local.

La antena de la radio era el obelisco del pueblo. Instalada en un baldío lindero al galpón de la agropecuaria, se veía desde todos los rincones. Cuando Mario subía era el vigía en el mástil de nuestro barco. Alto, inalcanzable. A veces parecía que conversaba con los pájaros. Yo me preguntaba por qué pasaba tanto tiempo ahí, pero lo entendía: el cielo era suyo.

A mí me hubiera gustado aprender su oficio, pero al comenzar el liceo mi madre me prohibió que lo siguiera visitando. Me dijo que tenía que estudiar, asegurarme el futuro. A partir de entonces solo lo cruzaba de camino y lo veía largar humo en su moto con carrito.

Nunca pude averiguar la razón de su soledad, cuáles eran sus sueños, sus miedos, sus amores. Eso no lo sabía nadie, por eso la gente le tenía cierta desconfianza. Pero gracias a él veíamos el mundo con nitidez. Desde arriba, él podía ver más allá de los campos. Sabía exactamente de dónde venían las ondas. Orientaba las antenas con el ángulo justo, y a través del prolijo cableado enviaba la señal a los televisores y, a través de ellos, a nuestros ojos.

Mario borraba fantasmas y apagaba nuestras tristezas, al menos mientras la tele estaba prendida. Pero un día su mundo se empezó a desarmar. La televisión por cable, poco a poco, fue talando las antenas. Esos simpáticos esqueletos de gigantes desgarbados fueron desapareciendo del perfil del pueblo. Sin sus incursiones diarias a las alturas, el viejo se fue apagando.

Se lo veía cada vez menos. Pasaba días encerrado. Su trabajo se redujo a subir mensualmente a la antena de la radio con la excusa del mantenimiento. Cuando subía parecía que no volvería a bajar. Estaba horas inmóvil, con la mirada perdida en el horizonte.

La última vez que lo vi fue la noche antes de que desapareciera. Caminaba por la vereda de la agropecuaria cuando me di contra su sombra estampada en el cielo estrellado, en la mitad de la antena de la radio. Su pelo flameaba como una bandera. La luna menguante parecía hablarle.

Mario desapareció del pueblo igual que como llegó: solo y sin avisar. No se llevó sus pertenencias: la moto y el carrito lo esperan en el frente del taller. Nadie pregunta dónde fue ni si algún día regresará, pero yo sé que no va a volver. Hoy entré al taller con la esperanza de encontrar su pelo de nube revuelta, enredado entre cables y varillas, pero no estaba.

Ahora espero. Más tarde, después de que el sol se esconda, cuando el mundo se siente frente al televisor, voy a subir a la antena de la radio. Tal vez el viento me cuente dónde fue a parar el viejo o me devuelva el olor de su tabaco. O quizás, allá arriba, yo también logre conocer la libertad, entender de dónde viene la noche, descubrir el final del paisaje.

Artículos relacionados

Cultura Suscriptores
Fútbol y literatura

Te llevo en el corazón

Críticas Suscriptores
La narrativa breve de Mónica Ojeda

A(r)mar lo desarmado

Críticas Suscriptores
Cuentos de Mercedes Rosende

Espejismos de la soledad