El hacha que rompe el mar congelado

Diomedes: una librería devenida olla popular.

Jorge Artola en la librería Diomedes / Foto: Héctor Piastri

¿Qué es eso que une la venta y la donación de libros con la necesidad urgente de compartir la comida con los demás? Detrás de las viandas y el sinfín de títulos que llegan a tapar el mostrador está Jorge Artola, el “último librero”.

—Uno entra a la librería Diomedes y encuentra un mar de libros en aparente desorden. ¿A qué responde esto?

Por decir fútbol

—Compro bibliotecas enteras, porque me interesa el plan de lectura de las personas, sus mapas de intereses. Mi conocimiento cultural es mínimo frente a ese océano de conocimiento. Si seguimos la visión de lo que debería ser una empresa eficiente, lo nuestro va en contra de toda la lógica del mercado. Sin embargo, para nuestra sorpresa, muchos quedan fascinados, porque, en realidad, somos el arquetipo de la última librería. Si uno entra a un shopping, tiene una sensación muy tranquilizadora, porque esos no espacios te privan de sorpresas: ya sabés todo lo que va a pasar.

—En esos lugares, cuando vas en busca de un título, el resto de los libros se transforma en parte de un simple pasillo. Da igual si son libros o baldosas.

—La industria cultural de masas apunta a garantizar el máximo nivel de eficiencia capitalista en el menor tiempo posible. Para eso hay fórmulas que necesitan de un montón de capital. Nosotros no lo tenemos, entonces trabajamos con una lógica alternativa. En nuestro espacio la gente se topa con autores que no va a encontrar en otros lugares, con libros que cualquier librero en su sano juicio habría desechado. Si me pidieras un lema para Diomedes, sería: “Cultos para ser libres, libres para luchar”. Yo me asumo heredero de esa tradición que creía que la cultura tiene que tener un compromiso social y generar mapas que te permitan entender dónde estás, dónde están los otros y qué podemos hacer. Parafraseando a Kafka, ¿de qué te sirve este libro si no es el hacha que rompe el mar congelado de tu mente?

—Esta suerte de resistencia, ¿cómo se manifestó en estos tres meses?

—Durante la pandemia, las estrategias de los gobiernos generaron un enorme pánico global: la gente quedó escondida, evaluando cuántos muertos había en tal o cual lugar. Ese pozo de miedo y angustia, en el que el contacto con los otros quedó en tela de juicio, va a implicar una creciente fobia a los demás. Más allá de que ahora se está viendo la luz, nuestra sociedad no está volviendo a la prepandemia. En este mundo, que va a ser más pobre, paranoico y egoísta, lo que nos puede salvar es la cultura.

—El “quedate en casa” ya venía gestándose, ¿no? Y con esto se consolidó una industria de entretenimiento con una proclama subliminal que parece decir: “Quedate en casa para siempre”.

—Contra este modelo hegemónico hay miles de perspectivas que incluyen a Philip Dick, Stanislaw Lem, Huxley, Orwell y Bradbury. Ellos plantean un sano escepticismo frente a los discursos oficiales y nos invitan, otra vez, a entender que la cultura y la literatura son con otros o no son. Uno aprende en red, lee en red y, a partir de ese proceso catalizador, entra en una nueva etapa de pensamiento. Esto es la cultura en serio: pensar con otros, lo que estamos haciendo vos y yo ahora. En mi biblioteca privilegio los libros rayados, porque me fascina lo que cada persona ha comentado sobre los distintos textos: la clave del conocimiento es que se crea con otros.

—Lo tuyo parece ser militancia cultural.

—Lo es, sin duda.

—¿Y qué sentís cuando las personas te piden que les recomiendes un libro?

—Siento que tengo una oportunidad. Por eso es militancia cultural. Si vos contás que una librería regala libros y tiene un sistema de viandas para personas en una situación complicada, pueden decirte –como me dijeron riéndose–: “Che, ¡qué bueno esto de llenarte de pobres!”. O como cuando en España salió una nota al respecto y un conocido me dijo: “¡Qué horrible lo que estás haciendo! ¡Estás dejando mal a Uruguay!”. Yo siento culpa por muchas cosas que he hecho, pero la idea de dejar mal a Uruguay por ofrecer comida y regalar libros me pareció surrealista.

—Hace tiempo que donás libros a gente en situación de calle. ¿Les recomendás títulos?

—Habitualmente los eligen ellos: alguna novela policial para entretenerse, como catarsis. Un día, en la fila para las viandas, una persona me preguntó: “¿Es cierto que vos das libros? Ah, pero son esos”. Y señaló afuera, en la entrada de la librería. “¿Y si yo te pido uno en especial? ¿Tenés algún estudio sobre pobreza?”, me preguntó. Esa persona quería entender dónde estaba; eso es importante. A otra persona, con una vida durísima, un fotógrafo le preguntó para una nota por qué leía. Esa persona le respondió: “Es mi momento de dignidad”. Para mí, eso fue luminoso.

—Y hace unos días me contabas sobre algo similar que pasó en Casavalle.

—Recibí unos mensajes muy bien escritos en los que se me preguntaba si podía donar material de apoyo para lectoescritura. Asumí que era una persona que trabajaba en alguna cooperativa. Me dio la dirección y llegué a un asentamiento, uno en el que el Estado ha estado totalmente ausente. En un contexto de privación total, en el que cualquier persona bajaría los brazos y se dejaría caer en un pozo, esas mujeres –que son heroínas en serio y estaban dando una pelea increíble por sus hijos y los hijos de otras– pedían libros. Ahí me di cuenta de que el libro tiene una función democratizadora mucho más importante que cualquier otro soporte. Por ejemplo, las ceibalitas –que yo ardorosamente defiendo– llegan a determinados barrios y no a otros. Para usarlas necesitás wifi, y en un asentamiento en el que la mayoría de la gente está colgada de la luz, en el que no hay bornes de teléfono, la mitad de las ceibalitas no funciona. La inclusión digital pasa a ser una promesa interesante, pero no una realidad. Y con el libro cualquier persona puede decir: “¡Vamos a leer!”. Ese acto totalmente mágico genera un cambio social, genera esperanza. Porque de ese lugar salís con esperanza, y no por romantizar la pobreza; lo que importa es la capacidad de lucha de la gente organizada. La cultura ofrece otro punto de partida a las personas para que construyan nuevos tipos de relacionamiento y sueñen otros mundos, más allá de lo difícil que eso pueda ser.

—Vos ya tenías tu militancia y ahora le sumaste otra, que podría parecer desconectada de la primera. ¿Por qué sentiste que tenías que hacer una olla?

—Al estallar la pandemia, lo primero que sentí fue pánico, y con tres amigos nos preguntamos: ¿cómo vamos a solventar nuestra propia comida? Entonces se nos ocurrió cocinar entre nosotros y bajar costos. En ese momento vimos a una persona en una situación infinitamente más complicada que la nuestra y quisimos incluirla, porque, aunque nosotros también estuviéramos del lado de los perdedores, su situación y la nuestra no eran comparables. Y si podíamos hacer comida para cinco, podíamos hacer para 20. Nos pareció una buena idea hacer una olla en la librería, que es un lugar apartidario, laico, donde el común denominador es el saber y el conocimiento compartidos. Simplemente dijimos: “Mañana vamos a hacer una comida. ¿Querés venir a comer? Es una invitación”. Así, personas que están en las antípodas en términos ideológicos pelan papas y se sientan juntas.

—Una especie de comunión.

—¡Exacto! Ya el primer día ocurrió algo mágico. Una de las personas suspendió la comida, se acercó al carrito que tenía en la calle y agarró una bolsa de lentejas: “Este es mi aporte”. Le dije que no era necesario, pero respondió: “Insisto”. Ese paquete lo guardamos, porque es un símbolo. Esa persona no estaba buscando caridad, sino un lugar en el que ser respetada como persona. Con el tiempo, se fue plegando gente que había trabajado en otras ollas, cocineros que estaban en el seguro de paro, y así fuimos aprendiendo.

—¿Cuál es tu conclusión sobre esa experiencia?

Siento que hay y va a haber una falta atroz del Estado y que es la sociedad civil la que puede generar algún paliativo. Las ollas no deberían existir, y si existen, debería hacerlas el Estado. Aunque los efectos de la pandemia supuestamente están decreciendo, la fila en la olla sigue aumentando, porque las familias que antes estaban frágiles ahora están quebradas. La sensación es que esto es valioso pero insuficiente. Incluso intentamos generar algún tipo de ingreso económico para estas personas, asumiendo que esa changa va a ser insuficiente también. Anoche, una de esas personas vino a agradecerme como si fuera el mesías, y yo, en vez de sentir alegría, sentí una depresión total, porque el nivel de expectativa empieza a pesar. Arrancamos hablando de cultura y de soñar con un mundo mejor; ahora tenemos que evitar el desplome definitivo. Nosotros estaremos cometiendo mil errores, pero me queda clarísimo que en el aquí y el ahora esto hay que hacerlo.

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