El judío malo y el nazi bueno

Luego del Holocausto, prisioneros de campos de concentración nazis en Alemania y Austria fueron dejados dentro de sus instalaciones, rodeados con alambre de púas y vigilados por guardias armados (esta vez aliados) durante meses, y hasta por cinco años, porque Estados Unidos y otras naciones les rehusaban una visa.

Eran fundamentalmente judíos, pero también homosexuales, gi­tanos, comunistas y testigos de Jehová, entre otros, y se los nombraba eufemísticamente como “personas desplazadas” (Displaced Persons). Muchos judíos debieron seguir vistiendo el piyama a rayas que les habían impuesto los nazis.

En los primeros meses tras la llegada de las tropas aliadas miles murieron por enfermedades y desnutrición. La comida era tan escasa que en algunos campos los prisioneros “liberados” se rebelaron: los comandantes aliados se negaban a darles raciones extra porque no querían privilegiarlos sobre los prisioneros de guerra.

Ante los reclamos de grupos judíos sobre las condiciones de “abyecta miseria” en que se los tenía, el presidente de Estados Unidos Harry S Truman envió a un ex jerarca de inmigración, Earl Harrison, para que le informara de la situación. Los sobrevivientes “han sido liberados más en un sentido militar que propiamente dicho”, le escribió Harrison a Truman en el verano boreal de 1945. “Como están las cosas hoy –agregó–, aparecemos tratando a los judíos igual que lo hacían los nazis, excepto que no los exterminamos. Están en un gran número en los campos de concentración bajo vigilancia de nuestras tropas en lugar de las tropas de las SS.”

La información surge de una investigación del periodista del New York Times Eric Lichtblau, premio Pulitzer 2006, que se preguntó por qué habían ido tantos nazis a Estados Unidos en los primeros tiempos tras la Segunda Guerra Mundial, en relación con los pocos sobrevivientes del Holocausto que llegaban a ese país.

Lichtblau estaba investigando la ruta de salida de Europa de los nazis. Lo indiscreto de las preguntas, se sabe, son las respuestas. El resultado de esa investigación está en su libro The Nazis Next Door. How America Became a Save Haven for Hitler’s Men. La traducción del título sería “Los vecinos nazis. Cómo América se convirtió en un santuario para los hombres de Hitler”. Una amplia referencia a su contenido está publicada por el propio diario el 7 de febrero.

Lo primero que encontró ­Lichtblau fue el informe de Harrison. Luego obtuvo material decisivo del diario manuscrito del general George S Patton. En una anotación de 1945, furioso con el informe de Harrison por verlo –acertadamente– como un ataque a su propio mando, Patton escribió: “Harrison y los de su clase creen que una persona desplazada es una persona, cuando no lo es”. Patton se quejaba de que los judíos de un campo, “sin sentido alguno de las relaciones humanas”, defecaban en el suelo y vivían en la mugre “como langostas perezosas”, y le contó a su comandante Dwight D Eisenhower que había hecho una recorrida por una sinagoga improvisada hecha para conmemorar el Yom Kippur. “Entramos a la sinagoga, que estaba atiborrada con la mayor masa humana maloliente que yo jamás haya visto –escribió Patton–. Por supuesto, los había visto (así) desde el comienzo y me maravillé de que seres que alegan haber sido hechos con la forma de Dios pudieran verse de esa manera y actuar de esa manera.”

El periodista Lichtblau encontró también que Patton no sólo despreciaba a los judíos de los campos sino que sentía una extraña admiración por los prisioneros nazis bajo su control. Con Patton, los prisioneros nazis no sólo dormían en las mismas barracas sino que se les permitía mantener posiciones de autoridad ante ellos, pese a las órdenes de Eisenhower de “desnazificar” los campos. “Mire –le dijo Patton a uno de sus oficiales sobre los nazis–, si usted precisa a estos hombres, consérvelos y no se preocupe de más nada.”

El general Patton murió en diciembre de 1945 en Alemania, mas buena parte de la situación se mantuvo. Luego del cáustico informe de Harrison a Truman, las condiciones de vida en los campos fueron mejorando lentamente, con escuelas, sinagogas y mercados surgiendo, y menos restricciones. Pero el malestar fue creciendo en la medida que los sobrevivientes no tenían dónde ir.

En el campo de Bergen-Belsen se mantuvo en condiciones de prisioneros a 12 mil judíos hasta que fue cerrado en 1951. En 1948 allí nació Menachem Z Rosensaft, hijo de dos sobrevivientes. En una entrevista que cita Lichtblau, Rosensaft opina que las adversidades y privaciones sufridas por los “desplazados” luego de la guerra fueron pasadas por alto porque no coincidían con la historia de que “ganamos la guerra y liberamos los campos”. En un libro que recopila historias de descendientes del Holocausto (God, Faith & Identity from the Ashes. Reflections of Children and Grandchildren of Holocaust Survivors (“Dios, fe e identidad desde las cenizas. Reflexiones de hijos y nietos de sobrevivientes del Holocausto), Rosensaft señala: “Nadie los quería. Se convirtieron en un inconveniente para el mundo”.

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