“El kirchnerismo, etapa superior del menemismo” - Semanario Brecha

“El kirchnerismo, etapa superior del menemismo”

La tesis de su último libro es que 30 años después la democracia es gobernada desde los sótanos por servicios de inteligencia, funcionarios corruptos y todo monitoreado por el imperio desde el norte. Polémico, como siempre, el periodista Miguel Bonasso habló con Brecha y extendió su tesis a todos los gobiernos progresistas de la región.

—¿Es este libro una venganza contra el matrimonio Kirchner?

—Creo que trasciende lo K o anti K. Si bien el libro contiene críticas al gobierno, cuestiona que los servicios secretos, en particular lo que se conoció como Side y algunos de la Policía Federal, hayan permanecido intactos a lo largo de 30 años de democracia. Aunque las reglas del juego no sean las mismas que las de la dictadura, todos somos espiados. Hay 14 servicios federales de inteligencia en el país y a eso hay que sumarle los 24 departamentos de inteligencia de las policías provinciales. Hablo del fiscal Alberto Nisman y sus vínculos con el ex jefe de inteligencia Jaime Stiusso mucho antes de que lo mataran en febrero pasado. Hablo de su ex esposa, la jueza Sandra Arroyo Salgado, y sus vínculos con la Side. Es un libro anticipatorio en muchos casos. A los Kirchner les toca una parte importante porque ellos se presentan como los únicos que rescataron los derechos humanos.

—¿Y por qué, metiéndose con los últimos 30 años de democracia el título es Lo que no dije en “Recuerdo de la muerte”?

—El título es deliberadamente ambiguo. Son trucos que aprendí del novelista que más admiro, Alejandro Dumas. Trucos de folletín para enganchar al lector. Lo que no dije en Recuerdo de la muerte es lo que no podía imaginar que iba a pasar hoy. ¿Cómo podía imaginar que en 2015 iba a seguir existiendo un cuerpo secreto de la Policía Federal con más de mil agentes que no pueden decir que pertenecen a ese cuerpo? Como si se tratara de una logia secreta aunque sin propósitos patrióticos. Porque tienen la misión de infiltrarse en espacios de organizaciones sociales. La pregunta para la presidenta Cristina Fernández es: señora, ¿por qué no eliminó esos servicios? Pero es una pregunta que traslado a todos los gobiernos democráticos que pasaron en estos 32 años por Argentina.

—¿Por qué los servicios de inteligencia han sobrevivido, con todas sus mañas oscuras, sin que nadie se anime a descabezarlos o reformarlos?

—Tiene que ver con el Estado capitalista, y su última ratio que es la violencia. Así de concreto. Cada vez admiro más a Carlos Marx. Pienso que el viejo barbudo la vio con claridad. La última ratio del capitalismo es la violencia, porque si el conflicto social se sale de madre el Estado puede aplicar la violencia. En este caso, el gobierno argentino tiene muchos Milani (César Milani, ex jefe del Ejército acusado de violaciones a los derechos humanos bajo la dictadura, que renunciara el martes 23) que pueden aplicarla. Nunca se dejó de espiar a los argentinos. Fue tan dura la dictadura y tan terrible, que todos creímos que la democracia al estilo estadounidense, que es la que impera en la Argentina, era el paraíso y habíamos salido del infierno. Ser desocupado en esta sociedad es sufrir una violencia terrible. Vivir desocupado en Buenos Aires es padecer una violencia terrible. ¿Cuántos argentinos mueren a causa de la indigencia? Posiblemente muchos más que en la guerra sucia.

—¿Y cómo es posible que tantos gobiernos, como los de Cristina Fernández, Tabaré Vázquez, Dilma Rousseff o Rafael Correa, sean identificados como progresistas para tantos millones de votantes que les renuevan el mandato?

—Es que son efectos vinculados a las banderas tradicionales por las cuales el movimiento socialista mundial ha luchado contra la explotación. Es un problema de discurso. Argentina está siendo explotada de manera miserable porque tenés el campo dominado por el glifosato de Monsanto que canceriza a miles de personas, se están destruyendo las bases del agua potable en la cordillera de los Andes con los glaciares, la ley de glaciares, que me costó la ruptura total con el matrimonio K. Si el menemismo vendió las joyas de la abuela, este gobierno directamente vendió a la abuela.

—¿Por qué se da su ruptura con el kirchnerismo?

—Nunca estuve enrolado ni en el Partido Justicialista (PJ) ni en el kirchnerismo, sino que estuve cerca a partir de alianzas. Incluso en los años del gobierno de Héctor Cámpora, en 1973, no fui del PJ sino de la JP, Juventud Peronista, que era la que expresaba la rebelión. El orden de los factores de esas dos letras puede alterar el resultado (risas). El PJ expresaba el conformismo y era un instrumento electoral, mientras la JP era un instrumento de lucha. Con el kirchnerismo había broncas anteriores, pero todo estalla cuando se demoran en reglamentar la ley de bosques.

 —¿Este no es un gobierno progresista, a su criterio?

—Es un gobierno que ha jugado con algunas banderas progresistas y que ha tomado en algún momento medidas importantes. Considero que era correcto nacionalizar las Afjp (equivalente a las Afap uruguayas) y voté en consecuencia como diputado. Pero no estoy de acuerdo con el modelo general porque es un modelo de saqueo. En el campo imperan las semillas transgénicas y el poder monopólico de Monsanto con consecuencias para la salud humana, porque la locura sojera perjudica otras producciones y porque empobrece al suelo. Y porque el mismo concepto prima para la megaminería, donde la extracción es brutal a un precio ridículo para el Estado y con consecuencias mortales para la población futura. El agua de San Juan y La Rioja es escasa porque se trata de zonas desérticas. Los glaciares son fábricas de agua, pero se las lleva la minería por gracia de algunos gobernadores que se creen señores feudales y utilizan como propios recursos que son nacionales.

¿Cómo puedo creerle al progresismo kirchnerista cuando acepta esa megaexplotación extractivista y el retorno de Argentina a la era colonial cuando vendíamos materias primas? Volvemos a Eduardo Galeano y Las venas abiertas de América Latina. Nos llevan las materias primas, se hacen cargo de nuestras finanzas y hay una hegemonía de banqueros e industriales estadounidenses que están cerrando las fábricas, y cuando los trabajadores reclaman el gobierno les manda la Gendarmería a reprimir. Este es el gobierno con más muertos y encausados desde el retorno de la democracia.

—¿Qué pasó entonces con ese progresismo en el que se reconocían las Madres, Bonasso, la Central de Trabajadores Argentinos y tantos dirigentes fundadores del Frepaso? ¿Qué fue del progresismo que hoy aparece partido por lo menos al medio?

—El tema es complejo. Hay cosas que no se hicieron públicas pero nadie me las puede desmentir. En 2004 fuimos con mi esposa, ya fallecida, Ana de Skalon, a cenar a Olivos y le propuse a Néstor y Cristina disolver la Side y juzgar a quienes eran delincuentes. Se miraron entre ellos y me di cuenta de que había sido derrotado. A comienzos de 2003 tuve mi primera ruptura con los Kirchner luego de una discusión de dos horas en la Casa de Santa Cruz, en plena capital. Néstor acababa de nombrar a Daniel Scioli como compañero de fórmula y yo le decía que era un error. Estábamos metiendo al menemismo en el gobierno con una excusa cholula. Kirchner me dijo entonces algunas cosas terribles: “Nosotros los obedecíamos a ustedes en los años setenta y no preguntábamos por qué”. Yo jamás le di orden de nada a él, que era un periférico del movimiento. Cuando le pregunté por qué hacía cosas como convocar a Scioli, me respondió: “porque soy peronista y además porque, como decía el general Perón, los ranchos también se construyen con ladrillos de bosta”. Claro, le dije, el problema es que cuando llueve y el rancho se humedece huele a mierda. Y este gobierno huele a mierda.

—Y en materia de derechos humanos, ¿no ve una política coherente?

—El kirchnerismo estatizó los derechos humanos pero no como un bien del Estado en términos hegelianos, como expresión del bien común, sino de una facción que conduce al Estado y que no tiene ganas de irse. En ese sentido la fórmula Scioli-Zaninni es la expresión acabada de esa política de perennidad. Y los derechos humanos quedan atados a los vaivenes de esa facción que detenta el poder. Es en realidad una forma de privatizarlos. Todo esto acompañado de actitudes más o menos groseras de parte de referentes del movimiento histórico de derechos humanos como Estela Carlotto o Hebe de Bonafini, que se entrega abiertamente en un abrazo con el general César Milani.
O aparecen personajes como Aníbal Fernández, que fue parte del pacto entre Kirchner y Eduardo Duhalde para que no investiguen a Duhalde por vínculos con negocios ligados a sustancias psicotrópicas. Y Hebe le entrega el pañuelo blanco olvidando que no es de ella sino que representa a los miles que combatimos al régimen militar o fuimos opositores políticos.

Yo, que fui el que menos padeció, sufrí el exilio y me considero un privilegiado, pero hubo miles que murieron en combate y en la tortura. Y tenemos a Estela de Carlotto que defiende a Milani con el argumento de que era muy joven para haber participado de la guerra sucia. Milani tenía entonces 23 años, la misma edad de Alfredo Astiz cuando se infiltró entre las Madres para delatar a Azucena Villaflor y las monjas francesas. ¿Por qué suponer que Milani no pudo estar en la represión, si era un oficial de inteligencia igual que Astiz? En un sentido el menemismo hizo su trabajo y el kirchnerismo tiene elementos heredados de esas concepciones políticas.

—Insisto con la pregunta: ¿por qué ubicar entonces a este gobierno como de centroizquierda en la región?

—El imperialismo fue más astuto que nosotros, como siempre. Soy de los que creen que el imperio sigue vivo y goza de buena salud. Mientras acá el gobierno festeja la estatización de Ypf, el titular de la empresa, Miguel Galuccio, firma acuerdos con David Rockefeller para explotar el yacimiento de Vaca Muerta. No hay una recuperación estatal de la petrolera, porque si la hubiera la Sindicatura General de la Nación tendría injerencia y control en los acuerdos que se firman, y en cambio hay un acuerdo secreto con Chevron. Por ese acuerdo el 51 por ciento de las acciones de la empresa sigue siendo privado y el Parlamento no puede hacer nada para reclamar.

—¿Qué hay en la sociedad que votó tres veces al kirchnerismo y probablemente lo vote por cuarta vez?

—Soy pesimista. Hay una gran anomia en la sociedad. El kirchnerismo cambió lo que debió haber sido el desarrollo del país por mantener atada a una masa empobrecida a través de los planes sociales, que son una migaja del poder. Y tuvo la suerte, que no tuvieron otros gobiernos civiles y militares, de contar con una circunstancia internacional favorable para los comodities. El primer peronismo tuvo una cosa positiva, y fue que el excedente que entró lo aplicó a industrializar el país. Generó su propia clase social y un modelo económico. No es lo que ocurre ahora.

—¿Milani es funcional a este gobierno o a cualquiera que llegue al poder?

—Es una buena pregunta y creo que es funcional a cualquiera que acceda a la Casa Rosada. Los sectores de derecha quieren presentarlo como un militar bolivariano, similar a Chávez, progresista. El problema es que Milani tiene que ver con el Comando Sur estadounidense. Es un hombre de inteligencia y en este tema el dominio regional lo tiene la Cia. Eso no es parte de un proyecto de izquierda, nacional y popular. Pero al imperio le conviene mucho que haya un lenguaje nacional y popular de parte de nuestros gobiernos latinoamericanos.

—¿Por qué?

—Porque el imperio tuvo varias etapas en su mirada y acción sobre el continente. Estuvieron las dictaduras militares duras y sangrientas. Después llegaron los gobiernos democráticos de transición y débiles para ser controlados. Y ahora, ante el legítimo deseo de unidad de los pueblos latinoamericanos, no importa la retórica mientras no se traduzca en hechos concretos. Argentina, Brasil, Venezuela, Uruguay, Paraguay, ¿han hecho el Banco del Sur? Fue sólo un proyecto sin llevarse a cabo porque los fondos de todos esos gobiernos están en la banca internacional, en el corazón de los países centrales.

—O sea que su planteo es que el imperio sigue dominando en nuestros países…

—No tengo dudas. ¿Con quién tiene la mejor relación Cristina Fernández para hacer negocios? Con Rockefeller. ¿Dónde se hospeda cuando visita el Council of the Americas? En los hoteles de Rockefeller. Tenemos un lenguaje antimperialista para el pueblo pero un general genocida al frente del Ejército para reprimir a los movimientos sociales. Y eso pasa en todos nuestros países. En su momento Hugo Chávez hizo transformaciones importantes, como los planes de alfabetización social y en salud. Pero hoy ya hay signos de envejecimiento en el régimen venezolano de Nicolás Maduro. En Brasil el tema de la corrupción es una gran defraudación al proceso popular. La retórica avanzó miles de quilómetros y los hechos concretos apenas unos pasos.

—¿Estamos ante el fin del kirchnerismo en este 2015?

—No, para nada. Al contrario, se están afianzando. Es una fuerza política real que va a persistir en el tiempo porque es una de las formas que el peronismo ha adoptado para transformarse a lo largo de su historia. Me preguntaba el otro día si yo era peronista. Si el general Milani y Ernesto “Nabo” Barreiro, jefe de torturadores del centro clandestino de La Perla, se dicen peronistas, yo no puedo ser peronista. No puedo estar en ese mismo bando. El peronismo ha dejado de ser el motor de transformación social en Argentina y se ha convertido en un método de cooptación de los sectores más marginales. ¿Cuál es el crimen del peronismo kirchnerista? Que los recursos enormes que hay no se usaron para reindustrializar el país y generar, no limosnas para rendir gratitud a una persona, sino derechos sociales adquiridos, tal como marca la Constitución.

—¿Vamos hacia un modelo similar al del Pri mexicano?

—Gran pregunta. Parece que sí.

—¿Y la oposición?

—Es de una derecha que apenas disimula los pelos que le salen como gorilas y añoran la dictadura militar.

—¿Cómo definiría al kirchnerismo?

—Como la etapa superior del menemismo, sin dudas. Sigue vigente la frase de San Martín cuando dijo que en nuestra patria hay tres cuartas partes de ignorantes e idiotas y una cuarta parte de perversos.

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A un paso de las presidenciales

Pronto, listo…

Trece son las fórmulas inscriptas para competir en las próximas primarias presidenciales de cara a la elección del 27 de octubre. La curiosa decisión de Cristina Fernández de poner su dedo sobre el bonaerense Daniel Scioli, tan poco confiable para el kirchnerismo, dejó afuera a un K de paladar negro como el ministro del Interior Florencio Randazzo. Paradoja del destino, Randazzo fue el inventor de las elecciones primarias Paso, y su jefa lo obligó a no enfrentarlas. Pero si la mandataria se decidió por Scioli, también optó por ponerle una marca personal e incluyó en la fórmula a Carlos Zaninni, amigo de Néstor Kirchner desde 1983 y compañero de aventuras en la lejana Santa Cruz. A Randazzo le ofrecieron ser el único candidato a gobernador por el oficialismo, para compensar la arbitrariedad, pero en un gesto de rebeldía declinó y prefiere llegar a diciembre como ministro. Para la provincia de Buenos Aires competirán entre sí dos K, Aníbal Fernández y el presidente de la cámara de Diputados, Julián Domínguez. Enfrente, la derecha lleva tres candidatos para sumar a una interna: el empresario Mauricio Macri, la inefable Elisa Carrió y el radical Ernesto Sanz. Macri se considera número puesto, pero habrá que ver el arrastre del aparato de la Unión Cívica Radical, único partido, junto al peronismo, con presencia en todos los distritos electorales del país. Rezagado, según las encuestas, llega Sergio Massa para competir en el espacio peronista anti K con el cordobés Juan Manuel de la Sota y el eterno Adolfo Rodríguez Saa.

Por diferencias internas, y eternas, la centroizquierda y la izquierda vuelven a dividirse. El trotskista Frente de Izquierda y los Trabajadores lleva a Jorge Altamira enfrentado al joven Nicolás del Caño y por fuera a la representante del Mas Manuela Castañeira, en busca de perforar el 1,5 por ciento de votos para llegar a la postulación de octubre. Pino Solanas decidió bajar su candidatura presidencial y marginarse de la contienda, por lo que la centroizquierda va dividida en tres propuestas: Margarita Stolbizer, náufraga de la experiencia Unen, será la candidata de Progresistas, Víctor De Ge-nnaro va con su Frente Popular y más atrás llega Alejandro Bodart con el Movimiento Socialista de los Trabajadores, una propuesta de izquierda con la mirada puesta en lo medioambiental.

La pelea estará dada entre Scioli, favorito en las encuestas, y Macri. La renuncia del general César Milani a la titularidad del Ejército en la tarde del martes alivia el camino de Scioli, que lo había defendido hace dos meses. El candidato K parece llegar en las mejores condiciones para mudarse de La Plata a la capital federal, algo que hasta hoy no logró ningún gobernador bonaerense en la historia del país.

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