El lenguaje mediático sobre la violencia en Palestina

Sobre el dudoso derecho del victimario a defenderse de su víctima

Imaginen que los reportes sobre los disturbios en Soweto contra el apartheid no hubieran mencionado nunca al apartheid, sino que se concentraran únicamente en la violencia de los jóvenes o en la pérdida de vidas y bienes causada por los militantes negros. Esto es lo que nos encontramos hoy en los informes de los medios de comunicación occidentales sobre Palestina. Cuando la verdad es sustituida por el silencio, dijo una vez un disidente, el silencio es una mentira. Y cuando esta mentira se refiere a la limpieza étnica de una población nativa y a la instalación de un estado de apartheid, quienes perpetúan la mentira a sabiendas son partícipes del crimen.»

Yanis Varoufakis

Otra vez Palestina ha vuelto a las portadas y titulares. Y es que, cuando se trata de ese lugar, para los medios masivos la noticia empieza siempre con la primera víctima israelí o el primer cohete palestino, sin importar los antecedentes ni el contexto. Nadie se pregunta el motivo. Quizás porque en el imaginario occidental se trata de una violencia atávica e intrínseca a «los árabes» que debe ser siempre condenada, como acaba de hacer el gobierno uruguayo (que no condena, sin embargo, los mucho más mortíferos bombardeos israelíes).

La vida cotidiana de los 2 millones de personas encerradas en esa gran cárcel israelí que es la Franja de Gaza, bloqueada por aire, tierra y mar desde hace 14 años, es ignorada por los medios mientras no se lancen cohetes desde allí. No es noticia que el agua esté contaminada; la energía eléctrica, limitada a unas horas diarias; los hospitales, desabastecidos; la economía, destruida; el desempleo, generalizado, y las perspectivas de futuro, reducidas a escombros, igual que lo están las viviendas tras cada periódico bombardeo israelí.

Del mismo modo, los principales medios ignoran la escalada de ataques y provocaciones de colonos y tropas israelíes que la población palestina de Jerusalén Este ha venido sufriendo desde el comienzo de este Ramadán. Ignoraron las marchas de judíos extremistas por las calles de la Ciudad Vieja, su ya tradicional consigna «Muerte a los árabes» y sus promesas de quemar casas y aldeas. Ignoraron las vallas de la Policía israelí en la explanada de la Puerta de Damasco, la principal entrada a la Ciudad Vieja (y centro neurálgico de la vida social y económica palestina), puestas allí para impedir las reuniones festivas que tienen lugar al caer el sol, cuando se rompe el ayuno.

Ignoraron también la inminente expulsión de familias palestinas del barrio Sheikh Jarrah a manos de organizaciones de colonos judíos que pretenden quedarse con sus viviendas. No fue noticia que tras décadas defendiendo sus hogares en una lucha desigual, Sheikh Jarrah se haya convertido en un símbolo de resistencia a la limpieza étnica y la judaización violenta que Israel lleva a cabo en Jerusalén. Ni fue noticia tampoco la brutal represión de la Policía y los ataques de colonos armados contra la gente del barrio y contra quienes llegaron para solidarizarse desde muchas localidades palestinas de Israel.

No fue noticia la violencia arrogante con que las Fuerzas israelíes, armadas a guerra, irrumpieron en la Explanada de las Mezquitas durante las oraciones del viernes 7 y el sábado 8; ni siquiera cuando el lunes esas Fuerzas invadieron la mezquita de Al-Aqsa disparando, gaseando e hiriendo a más de 400 fieles y convirtiendo el templo en un campo de batalla. Quizás no hubo portadas ni titulares porque las víctimas eran musulmanas, los victimarios, judíos y el templo destrozado, una mezquita, no una sinagoga ni una iglesia. De todos modos, las imágenes del ataque dieron la vuelta al mundo en tiempo real y causaron indignación en las redes sociales. Y también llegaron a Gaza.

Fue entonces que Hamas dio un ultimátum a Israel y exigió que antes de las 6 de la tarde retirara sus tropas de Al-Aqsa y de Sheikh Jarrah. El ultimátum fue ignorado y los primeros cohetes fueron lanzados. Esta vez no buscaban llamar la atención sobre el bloqueo intolerable que sufren sus habitantes, sino decirle a Israel que no puede atacar Jerusalén durante semanas y esperar que no haya respuesta. Jerusalén es el centro de la identidad nacional palestina, su capital histórica y espiritual.

* * *

Mientras cunde este súbito interés mediático por Gaza, se habla de conflicto y de enfrentamientos, como si los protagonistas fueran dos Estados vecinos que se disputan un territorio. No se dice que de un lado hay una potencia militar (y nuclear) que recibe millones de dólares en ayuda estadounidense y del otro, un pueblo oprimido que no tiene ejército ni tanques ni aviones de guerra y que resiste como puede el robo cotidiano de su tierra y su agua, el asesinato y encarcelamiento de sus jóvenes y una vida entera carente de derechos fundamentales.

Pero esa simetría forzada desaparece del discurso cuando se afirma que «Israel tiene derecho a defenderse». Nadie se pregunta: ¿acaso el pueblo palestino no tiene también derecho a defenderse? ¿Es realmente el victimario quien tiene derecho a defenderse de su víctima? Tengo una mala noticia: el «derecho» que se arroga Israel no existe en el derecho internacional humanitario, que, según el consenso internacional, es el que rige en Palestina. Por el contrario: como potencia ocupante, Israel tiene el deber de velar por la seguridad de la población y el territorio que ocupa. Sin embargo, como ha dicho la dirigente palestina Hannan Ashrawi, el palestino es el único pueblo en el mundo al que se le exige garantizar la seguridad de su opresor.

La gramática del conflicto y el enfrentamiento entre dos partes iguales asimila al ocupante y al ocupado, al colonizador y al colonizado. Se oculta, así, que el origen de la cuestión palestino-israelí se basa en un proyecto colonial de asentamiento –el sionismo− surgido en Europa a fines del siglo XIX, que se propuso explícitamente conquistar la tierra de Palestina, expulsar a su población árabe nativa y sustituirla por judíos provenientes de todo el mundo. Tras un proceso masivo de inmigración judía europea, facilitado en su momento por el mandato británico en las primeras décadas del siglo XX y acelerado por la huida tras los crímenes del nazismo, el Estado de Israel fue creado en 1948 sobre las ruinas de 500 localidades palestinas destruidas en una violenta campaña de limpieza étnica (Nakba, «catástrofe» en árabe) que asesinó a unas 30 mil personas y expulsó a otras 800 mil, convertidas, a partir de entonces, en refugiadas, a las que hasta hoy no se les permite regresar (tampoco a sus descendientes) porque son vistas como una amenaza demográfica para el Estado étnico judío.

El falso mito sionista, que prometía «una tierra sin gente para un pueblo sin tierra», ignorando y despreciando –como todos los proyectos coloniales racistas– a la población nativa, se traduce, en la práctica, en la tarea de conquistar el máximo de tierra con el mínimo de árabes. De esa población excedente hay que deshacerse, ya sea por métodos brutales, como sucede ahora en Gaza, o perversamente sofisticados, como ocurre con el complejo sistema de ocupación y colonización en Cisjordania y Jerusalén, o con las más de 50 leyes que discriminan a la población árabe que vive dentro de Israel. El objetivo es que todos se vayan. Porque más allá de la retórica para consumo occidental sobre los dos Estados, en el proyecto sionista no ha habido nunca lugar para la población palestina.

Hace poco ese sistema de dominación fue, por fin, calificado de apartheid por la principal organización internacional de derechos humanos, Human Rights Watch, y por la más importante de Israel, B’Tselem. Ambas descartaron la falsa separación entre el Israel «democrático» y los territorios que ocupa y coloniza, y afirmaron que «en toda la región comprendida entre el mar Mediterráneo y el río Jordán, el régimen israelí implementa leyes, prácticas y una violencia estatal destinadas a cimentar la supremacía de un grupo, el judío, sobre otro, el palestino».

A lo largo de la historia ningún pueblo oprimido se ha privado de resistir. La violencia continúa porque la Nakba −de la que se cumplen 73 años este mes− continúa todos los días sobre la tierra de Palestina. «Los viejos morirán y los jóvenes olvidarán», afirmó en su momento David Ben Gurión, padre fundador del Estado de Israel, en referencia al pueblo palestino. Pero ese pueblo tiene memoria y se niega a desaparecer; aun en el exilio o en los campos de refugiados, las familias conservan las llaves de las casas que les robaron y las pasan a las nuevas generaciones, y estas aprenden desde la cuna que Palestina es su patria y que «existir es resistir».

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