El pasado que irrumpe

Un clásico noruego y un título inglés contemporáneo coinciden en subrayar la importancia que encierran ciertos hechos del pasado con relación a las decisiones que los personajes deben tomar en el momento presente.

Espectros

Espectros (Espacio Palermo), del noruego Henrik Ibsen, dirigida por Fernando Alonso, revela los esfuerzos efectuados por una madre viuda para brindarle protección y tranquilidad al hijo que regresa al hogar por un tiempo. La estadía del joven muestra la incidencia del reencuentro con la muchacha que sus padres criaron desde pequeña, las visitas de quien diría ser su progenitor y la llegada del pastor, amigo de la familia y testigo de algunos acontecimientos del pasado que arrojan luces y sombras –de pronto, los espectros a los que alude el título– en torno a lo que ahora sucede. Profundo conocedor de los vericuetos de la mente, el dramaturgo no sólo sabe plantear lo que los personajes señalan sino también lo que ocultan pero se refleja en los silencios, las omisiones y quizás las mentiras que esgrimen para seguir adelante con lo que se proponen. La tragedia acecha en la frágil intimidad de un núcleo familiar regido por la represión y la imposición de las apariencias dictadas por la moral. En pocas horas, sin embargo, todo puede cambiar, una alternativa que la puesta de Alonso plantea con mayor profundidad en los tramos finales donde, frente a la amenaza de lo ineludible, madre e hijo expresan realmente lo que cada uno siente. Es en esos momentos que la representación cobra especial fuerza gracias al aceitado contrapunto que ofrecen las composiciones de la intensa Gabriela Iribarren y la sensible presencia del juvenil Agustín Pérez Milano. La contundencia de dicha conclusión disimula en parte algunas vacilaciones de un comienzo en el que no parece pesar demasiado la influencia del pensamiento religioso que trae consigo la venida del pastor, vacilaciones apenas aliviadas por las intervenciones de la misma Iribarren, Danilo Pérez, en el papel del comedido Engstrand y Victoria González Natero como Regina, hijastra y criada de la dueña de casa. Un innecesario prólogo en el que los actores se visten y caracterizan ante la platea y una banda sonora que inserta un tema en español que no armoniza con el resto de la selección no lucen tampoco apropiados con respecto a la culminación que Alonso consigue con la claridad del caso.

Skylight (“Cielo abierto”) (Alianza, sala 2), del dramaturgo, guionista y realizador cinematográfico británico David Hare, con dirección de Jorge Denevi, estudia el reencuentro de un hombre y una mujer en circunstancias quizás más favorables para la pareja, habida cuenta de la reciente viudez del primero y la establecida independencia de la muchacha. Aspectos a los cuales ambos se refieren entre tantos otros temas que implican no sólo la manera en que se movían tiempo atrás sino también cómo cada uno se ve frente a alguien que quiere pero que plantea maneras de encarar la existencia distintas a la propia. Buena parte del interés que el texto despierta en la platea reside en la natural y meditada exposición que uno y otra son capaces de efectuar acerca de sus alternativas, es decir, de las opciones que se abren ante sus ojos y aquéllas que cada uno estaría deseoso de elegir, opciones con las cuales el propio espectador podría o no estar de acuerdo, en las vueltas de una historia tan simple y tan complicada como la vida misma. Una vida que Denevi lleva adelante prestándole atención a los pequeños detalles de lo cotidiano, desde los objetos que accidentalmente se caen de una mesa hasta el tiempo que se necesita para que esté pronto lo que alguien puso en el fuego. Son tales detalles entonces tan importantes como las idas y venidas de la nueva velada que comparten estos personajes: ella, una joven enseñante con deseos de hacer algo por los alumnos con dificultades; él, un hombre mayor que la ama pero no parece dispuesto a aceptar las relativas incomodidades que ella sufre cuando, según él cree, no le sería nada difícil aceptar la seguridad que éste le ofrece y conseguir una posición mucho más desahogada. Vale la pena ver cómo Jorge Bolani y Soledad Gilmet hacen creíbles y entendibles las posibilidades que a sus personajes se abren en el cielo limitado que dejaría ver de pronto la claraboya del título original propuesto por el autor del argumento de la recordada Un extraño en Witherby (1985). Denevi consigue que su puesta en escena envuelva al espectador como un tercero en discordia –o en armonía– con quienes se desplazan sobre el escenario.

 

Artículos relacionados