El poema como andén e intersticio - Semanario Brecha
Libros. Nuevo libro de Tatiana Oroño

El poema como andén e intersticio

Andenes, de Tatiana Oroño. Estuario Editora, Montevideo, 2026. 92 págs.

En Morada móvil, un libro publicado en el año 2004, Tatiana Oroño afirmaba: «Se escribe para llegar (para poder llegar) a ser quien se es». Es decir, la escritura como constituyente de sí, como constructora del ser (y del estar en el mundo), o como dice un texto de Andenes: «Cada poema contribuyó a definirme». Y precisamente, en este último libro, la escritura, además de tener una función configuradora del yo, se emplaza como exploración, indagación, operación inquisitiva de la memoria y la mirada (motivos poéticos que atraviesan su obra), del ojo que ve al tiempo que rememora («memoria puesta a prueba es la mirada»), todo situado (o situable) en el espacio (que también es tiempo) del andén. Ese no lugar que es lugar, que es emplazamiento de la remembranza y de la escritura.

Leemos en diferentes zonas del libro: «El lugar es el andén. Un espacio de pasaje como un muelle o la zona terminal con su vestíbulo de salidas-llegadas»; «el lugar del andén niega ampliación del espacio y por lo tanto afincamiento», y es el andén «lugar de paso, de no pertenencia, espacio a transponer». A partir de una experiencia de infancia («sin intervención de la poesía no habría habido recuperación de aquella arcaica experiencia») acaecida, precisamente, en un andén («en el andén vivía la promesa»), la poeta expande su indagación en el pasado, en el presente, en los paisajes y comarcas próximos (Parada Rodó, Estación Central, San José) así como en otros territorios del mundo (Múnich, por ejemplo, o, en ocasiones, dibuja el mapa de la violencia, de la masacre –Gaza– y de la guerra Rusia-Ucrania).

El andén es el vórtice y es el mitema en este libro intenso y nutrido, polifónico y dialógico, tallado en distintos espesores y con diversos buriles de la palabra (la propia, la que materna; la palabra en otras lenguas, en otras resonancias que retornan –Taciana/Tatiana–; la palabra que «ofrece derecho a desquite»), con textos en prosa y en verso, con interpolaciones de fragmentos de un diario íntimo que recupera la escritura del presente y que propone, por momentos, las líneas que trazan la poética de Oroño, manifiestas en la voluntad y la intención de construir «una literatura de apropiación» y «una literatura intersticial que ocupe el lugar entre lo que me pasó y yo». Ahí radica el proyecto estético de la autora de Libro de horas, ahí está su raíz y su sentido: emplazar el lugar (¿el andén?) de la escritura poética en ese espacio que fluctúa entre el acontecimiento y la conciencia, entre el suceso y el deseo, entre la mirada del yo (reflejada en los otros) y los avatares del mundo. Ese intersticio, lugar de la literatura, es también el andén, «albergue provisorio» y «amparo transitorio».

El poema que cobija y resguarda en tanto se (re)escribe o se (re)lee: «Ese precario techo del poema es análogo al del andén mítico», escribe la poeta al comentar un texto de una colega, o mejor, su experiencia de lectura de ese poema. La literatura intersticial devenida en poema es un dispositivo verbal que cobija, arropa, resguarda sensibilidad y lenguaje, memoria y tiempo. La escritura como destino y como solaz, o, como dice un poema del libro La piedra nada sabe: «La vida sería un largo trago amargo si no fuera porque se escribe. Yo escribo y reescribo. Voy haciendo escala en borradores de borradores. […] Escribo hago escala, pero pienso hago mi casa».

Podría interpretarse que la obra poética de Tatiana Oroño tiene una dimensión metatextual, metaliteraria quizás, muy marcada. Podría pensarse que hay allí un énfasis, un gesto escritural que tiende a la reflexión del poema dentro del poema, de la literatura en el corazón mismo de la literatura. Podría ser este un enfoque. No obstante, creo que en su obra se diluyen fronteras, se borran ciertos límites convencionales que parecen preexistir: no hay en la literatura de Oroño un adentro y un afuera, un límite entre lo que es el poema y lo que se dice del poema, ni lo hay entre el referente y el lenguaje. Ese repliegue del poema sobre el poema, de la escritura poética que (re)flexiona sobre sí misma, es, quizás, un modus operandi intrínseco a toda su producción literaria. Y toda esa compleja operación de (meta)escritura (enunciada, casi con un guiño, en unos versos del libro Estuario: «En lugar de pelar la naranja/ escribir el poema») tiene su propio instrumental, el lenguaje. Como afirma en un breve poema del libro que nos ocupa: «Yo tengo con la lengua/ un pacto solipsista:/ el camino es de ella./ Asida de su mano/ lo transito».

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