El racismo enquistado

“¡Huye!”

Huye, película.

A Chris, el protagonista, le toca atravesar una situación bastante incómoda. Hace cuatro meses que está saliendo con una chica y es tiempo ya de conocer a su familia, blancos de buen pasar que viven en un apartado suburbio de casas grandes y amplios jardines. Ella ya le mencionó que es el primer novio negro que tiene, y los padres aún no lo saben, por lo que los motivos de temor, con razón, no son pocos. Ya en el camino un policía le pide los documentos, y cuando llegan surge otra circunstancia desafortunada: más allegados a la familia, perfectamente blancos, llegan para celebrar un gran encuentro, por lo que la incomodidad se potencia. Pero es verdad que en la cercanía también hay otras personas negras: el jardinero, la limpiadora, así como un hombre “de compañía” de una señora mucho mayor.

Es simplemente brillante la forma en que el director y guionista Jordan Peele maneja la tensión, sobre todo durante la primera mitad de la película.1 La situación presentada es tan creíble, tan terriblemente real, que demuestra lo mal que el racismo enquistado puede hacer sentir a una persona que se atreve a asomarse, intentando ser aceptada o simplemente pasar desapercibida, en un gentío de petulantes hombres ricos. Por detrás de las buenas formas, de las preguntas “inocentes” que le hacen, de las sonrisas, del trato acentuadamente amable, se percibe cierta incomodidad, pensamientos insidiosos, prejuicios indisimulables. Si los blancos ya se comportan de forma extraña, los negros (la servidumbre, en definitiva) también lo hacen. Las brechas sociales, los roles ancestrales, el impostado progresismo, hacen evidentes los cortocircuitos ocurridos en la mente de cada interlocutor de Chris. “El problema no es lo que dicen, es cómo lo dicen”, intenta explicarle en determinado momento a su novia, luego de una seguidilla de circunstancias profundamente desagradables.

Hasta ese momento la película podía ser perfectamente leída como una notable y afilada denuncia social, pero llegada la mitad del metraje el planteo se convierte en algo completamente diferente. No hablaremos de ese giro del guión, pero cierto es que el tono cambia radicalmente para adentrarse por completo en los terrenos del thriller más trepidante. Aquí la anécdota se presta para otros tipos de lecturas, más metafóricas, sobre cómo los lugares reservados históricamente para los negros apenas han cambiado, más allá de los logros sociales. La inteligencia y el conocimiento de los recursos cinematográficos que tan sutilmente fueron utilizados durante la primera mitad explotan aquí hacia el más atrapante cine de género, y con una eficacia similar. La tensión se acentúa y las escenas de acción, cortas pero intensas, juegan su papel de alivio catártico luego de momentos angustiosos. Ahora bien, también es en esta segunda mitad que comienzan a soltarse algunas hilachas, y que el relato comienza a hacer un poco de ruido. El realismo de la propuesta lleva a que ciertos elementos que escapan a la lógica sean más cuestionables –aquí sí convendría que el que aún no haya visto la película dejara de leer–, como el hecho de que, con el simple flash de un teléfono, el protagonista pueda romper el perpetuo estado hipnótico en el que se encuentran ciertos personajes. Es decir: un relámpago, un fuerte pantallazo, una luz intensa intermitente y otras circunstancias cotidianas podrían sacarlos del trance todos los días. No es lo único ni parece tan importante, pero esas pequeñas incoherencias atentan contra la perfección de una película que sobresale en un sinfín de aspectos, y que definitivamente hay que ver.

 

  1. Get Out. Estados Unidos, 2017.

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