He estado en mi patria – Brecha digital
El regreso de un palestino a su tierra

He estado en mi patria

Ahmad Yacoub es escritor, poeta y palestino. Nació como refugiado en Damasco y luego de una vida de 40 años en el exilio pisó por primera vez la tierra de sus padres y abuelos. Entonces escribió este texto inédito hasta ahora.

Las aldeas y pueblos palestinos que existían en la cordillera del monte Carmel, han sido remplazadas por hileras de edificios modernos / Foto: Afp, Rieger Bertrand

Retornar, a primera vista, significa: “el regreso al punto de partida”. Pero, en mi caso, yo retorno a la patria que nunca vi, en la cual nunca he estado.

Es una patria de la que desde hace 40 años escucho cuentos y novelas… lejana, abrazada por el lapislázuli del mar que la cuida bien, con ternura y ansiedad. Aunque hoy está habitada por otros…

He conocido a mi patria mentalmente, por lo contado, por lo escrito.

Han sido 40 años de ver los ojos de padres y abuelos llenos de lágrimas, mientras lamentan y maldicen la hora en que han sido echados de su patria.

¡Ahora entiendo por qué lloraba mi madre en el mercado, mientras yo agarraba su vestido y ella compraba los restos de naranjas del día!

¡Ahora entiendo por qué mi padre fumaba el cigarrillo con fuerza, y exhalaba unos suspiros verdes!

El mar exhibe su azul poco a poco, abriendo aun más el horizonte, como si fuera un fondo para poder comparar lo imaginario con lo real.

¡El azul aparece bien transparente detrás de las colinas! Es mi mejor amigo, pero ausente durante más de diez años de sequía en Bagdad, donde compraba cajas de sardina, no sólo porque eran baratas, sino para poder oler el mar…

El azul no es sólo arte, es mi espejo perdido. Mi inspirador, el que me abandonó.

Hoy el chofer me enseña el camino hacia Haifa, y no hago más que comparar aquello que he oído con lo que voy contemplando.

Pregunto al chofer (con sus cincuenta y pico de años) si nos estamos acercando a Tel Aviv. ¡Se impresionó él de cómo podía saberlo!

***

Conocí a los judíos siendo niño, cuando iba a visitar a mis familiares refugiados, quienes vivían en el barrio judío en la zona norte de Damasco. Hoy los palestinos expulsados de su tierra viven en casas de judíos que han marchado hacia Israel. Casas muy muy antiguas, de adobe, formando callejones muy estrechos, llenos de olor a almidón y pan especial para los días de fiestas religiosas judías.

En los callejones hay también tiendas que fabrican peines de hueso muy finos, como los que compraba mi madre para quitarnos los piojos. Piojos que invadían nuestros cabellos por falta de agua y por el hecho de compartir diez personas un mismo dormitorio de techos bajos, de cañas y barro.

Estoy seguro de que muchos de los judíos de Siria ya están aquí, y que ya son mayores y han pasado por el servicio militar obligatorio en Israel. Recuerdo a Um Musa, con sus 50 años y su dialecto sirio arrastrando las palabras.

¡Recuerdo también cómo llamaba a mis primos para que la ayudaran a encender el fuego cuando era sabbat! ¿Dónde estará su hija Sura? Ha de tener cuarenta y tantos años. Estoy seguro de que está aquí porque un doctor en el barrio judío llevaba a las chicas judías, cuando cumplían los 18 años, a Nueva York para casarlas con otros judíos, y volver a la tierra prometida.

¿Dónde estará?

Mi primo era el primero que salía corriendo en respuesta al llamado de Um Musa. No hacía más que intercambiar miradas con Sura (negras las suyas, verdes las de ella) y volvía con una carta infantil: “Nos veremos en el camino a la escuela. Tu querida, Sura”.

Saco mi caja de cigarrillos y ofrezco uno al chofer. “No, gracias ¡No fumo! ¡Está prohibido fumar!” Recuerdo lo que dice en los trenes en Madrid: “Si los trenes ya no fuman, ¿por qué fumas en el tren?”.

—Por favor, chofer. ¿Podemos parar un rato frente al mar?

—Está prohibido parar, pero más adelante hay varios restaurantes y cafeterías.

Veo de lejos un barco tan elevado que casi toca el cielo

¿Qué es aquello, chofer?

—Es el barco en que desembarcó un grupo de 13 guerrilleros palestinos dirigidos por la joven Dalal Al Mugrabi, en marzo de 1978, provenientes de los campamentos de refugiados palestinos en Líbano.

Y digo: “¿Pues aquí ya es la ciudad de Herzliya?”.

“¡Sí, hermano!”… y se dirige hacia la playa.

¡Qué mágico que es! ¡Qué precioso que está!

Pasé mucho tiempo en unos campamentos de verano en las playas de Cuba, en Varadero, el oasis del Caribe. Allí pasábamos nadando, bailando, tomando cerveza, enamorando… ¡cantando hasta que saliera el sol y volvieran a volar las gaviotas!

Aquí… ¡Qué costa tan bella! ¡Tan limpia! ¡Arena tan blanca, con el arcoíris extendido en la playa, con los cuerpos de la muchedumbre!

¡Se me da por lanzarme como una flecha hacia el azul! ¡Quiero acariciar el mar! ¡Quiero bautizarme en él, lavando tanta diáspora!

¡Ulises está encarnado en mí! Quisiera que algunas chicas se acercaran a quitar las espinas de mi corazón…

Hola, mar.

Te hecho de menos.

¡Hecho de menos tu ternura y cariño!

Me siento en la arena, unas lágrimas caen en ella, agacho la cabeza, con un puñado de arena en la mano, digo: “¡Retornar a mi patria!”.

Con voz gruesa, bajita, llena de tristeza, me dice el chofer: “Toma este refresco de cola”. No puedo levantar mi cabeza, pero digo: “¡Gracias, hermano! ¡Pero no me gusta la coca-cola!”.

Me paro, me levanto, viro hacia atrás, para que él no me vea…

Contemplo el paisaje, camino con la cabeza baja…

Dejando gotas como huellas de mis ojos…

Con silencio absoluto llego hacia el coche…

El chofer me sigue…

***

Pregunto: “¿Hay otro camino más corto hacia Haifa?”.

—Salgamos de la autopista y vayamos por una calle antigua.

—¿Qué quiere decir con antigua?

—Es el mismo camino desde antes de 1948.

—¿Por dónde comienza?

—Por la cordillera del monte Carmelo.

—¡Mira aquella montaña de basura!

—¡Sí! ¡Debajo de la basura, está la aldea Khayra! Desde 1948 se fue transformando en esto.

Los nuevos historiadores israelíes redescubrieron, en los años ochenta, cientos de aldeas palestinas que fueron destruidas y borradas de la faz de la tierra por los israelíes. Algunas están cubiertas por basura, otras por reservas naturales.

Le pregunto: “¿Y el resto?”. ¿Dónde están las aldeas que deberían estar en los valles del monte Carmelo? Egzem, Gabah, Sorfaned, Ayen Gazal, Ayan Houd, El Fradis, Tantura y Tirat Haifa.

—¡Todavía queda Ayan Houd! Mírala en aquella montaña, está habitada sólo por intelectuales, por artistas plásticos…

—¿Y hay poetas?

—¡Sí, hermano! Hay poetas, novelistas, e incluso filósofos.

—Yo conozco como cinco intelectuales palestinos que nacieron en esa aldea, pero hoy están desterrados en Siria, Irak, Jordania y también en Cisjordania. Uno es novelista, tres son poetas y uno es artista plástico ¡y viven en condiciones miserables!

Dice el chofer: “Aquella es la aldea El Fradis. Todavía está habitada por los aborígenes palestinos”.

Ahora estamos entrando a Tirat Haifa, son 42 mil hectáreas.

Estas son las montañas que recorría mi padre.

Estos son los valles que recorría mi madre.

Estos son los llanos que cruzaban los chivos de mi abuelo.

Estas son las mañanitas que cantaba mi abuelo Yacoub.

Estas son las montañas, escenario de los cuentos paternos.

Mira estos llanos, sembrados con trigo. ¡Qué enormes que están!

—¿Dónde están las higueras? ¿Los árboles cítricos? ¿Los olivos? ¿Dónde están aquellos árboles de los que me contaban mis padres y abuelos?

—Hermano, ¡todo ha sido arrancado y sustituido por otras plantas más rentables!

Saco los documentos de propiedad de mis padres y abuelos, dueños de muchas hectáreas, con fecha de 1922. El encabezado de la credencial tiene un escudo en tres idiomas –árabe, hebreo e inglés– que dice: “Estado de Palestina”.

“Hermano –prosigue el chofer–, yo tengo las mismas certificaciones de propiedad ¡pero no valen para los israelíes! ¡Con mis hermanos tenemos 4,5 mil hectáreas! Pero todo nos fue confiscado por el Estado israelí, y nos quedamos con sólo dos! ¡Dos hectáreas solamente…!”

***

Entramos a Tirat Haifa. Ya tiene otro nombre: “Tirat Carmel”. Hay edificios, grandes supermercados, gasolineras, un jardín central. ¡Es un distrito muy moderno! Calles bien organizadas, limpias, niños rubios y negros…

Es otra Tirat Haifa. Completamente distinta a la que guardo en mi imaginación. ¡Siento que estoy entrando a un lugar europeo! ¡No es el de mis abuelos!

Mi abuelo resistió y se quedó en su casa, no se fue con los demás. Él era derviche, un místico. Y murió en 1970 en su patria. Se llamaba Ahmad Yacoub ¡Como yo! ¿Dónde encontraré su tumba? ¡Quisiera dejarle un par de claveles!

“¿Dónde están las casas de piedras, hermano?”, pregunto al chofer. “Ya no existen. Solo quedan diez, una de ellas era propiedad del alcalde de la aldea, la había construido un mes antes de ser expulsado y desterrado.”

“Según las historias, la casa de mis abuelos estaría muy cerca de la del alcalde…”, le digo. “¡Vamos a preguntar a la anciana que conoce todo!”, me responde el chofer.

Cuando sale la anciana de su casa, veo a una mujer idéntica a nuestra vecina en el campamento de refugiados al sur de Damasco, el llamado Al Yarmuk Camp. ¡Estaba vestida igual, las mismas ropas tradicionales palestinas! Aun siendo vieja, se la notaba muy fuerte de cuerpo… ¡Y mucho más de memoria!

Me acerco a ella: “Soy el hijo de Nimer Yacoub”. Y con una sonrisa grande y auténtica, casi gritando, me dice: “¡Bienvenido, hijo!”. Me abraza muy fuerte, dándome un montón de besos. “¡Está el olor de los ausentes! ¡El olor de los queridos! ¡Dulce!”, me dice.

No sé de dónde me salió el llanto. Ella también llora. Tal vez sea un llanto verde.

“Cuéntame, hijo, ¿qué tal todos? ¿Conociste a mi madre? ¡Se llama Um Adel! ¿Y a mis hermanas?”, me pregunta.

Me acuerdo de todos, pero me fui de Siria en 1978, y sólo volví en 1982 unas semanas. Desde entonces no he vuelto a visitar a mi familia, ni al lugar de mi infancia. Fui detenido por las autoridades de Siria en 1976 y en 1978 por manifestar contra las masacres cometidas por el ejército sirio contra los campamentos de refugiados palestinos en Líbano, en 1976. Pero, igual, le digo a la anciana que todos están bien…

En ese momento, salen todos sus hijos, son nueve varones y seis mujeres. Me saludan con un acento original. ¡El de los campesinos aborígenes palestinos! Yo, en cambio, tengo un acento distinto, porque tuve que aprender muchos idiomas y dialectos distintos en todos los países donde me he ido radicando, y además no convivo con mi familia original desde hace ya más de 25 años. Pero me gustó oírlos. ¡Me hicieron recordar a mi papá y a los demás viejos de mi familia!

La vieja sigue contándome, y me tira un montón de nombres. Casi todos de amigas de su escuela. Y también campesinos. O de la diáspora.

Estoy sentado en el piso de su casa, de cuatro plantas, donde todos sus hijos conviven. Me trae un vaso de agua, y me dice: “¡Es el agua de nuestro país! ¡Del pozo que tenían mis abuelos! Pero con un filtro israelí que le pusieron”. Me vuelven a aparecer lágrimas…

Mis padres y los viejos siempre decían: “¡Qué afán por beber unas gotas de agua del suelo patrio!”. ¡Y los que nacieron en la diáspora dicen lo mismo, pero con más melancolía!

Me dice la señora: “Estoy sola entre 45 mil judíos, provenientes de Estados Unidos, Rusia, Irak, Marruecos… ¡Han confiscado nuestra tierra!”, y comienza a señalarme con la mano lo que fue su tierra, en dónde han construido los edificios.

Mariam: “¡Tengo 70 años! Recuerdo todo como si fuera hoy mismo… Cuando comenzó el bombardeo israelí-británico a nuestras casas en 1948, salí con todos mis hijos, pero un proyectil cayó muy cerca de la casa y me hizo confundir la almohada con mi primer hijo. Es él, Issa”, dice señalándolo. “Salimos corriendo sin rumbo, para salvar el pellejo. Y yo agarrando la almohada (comienza a reír). Y como el sur de Líbano no estaba lejos, allí llegamos, y yo decía: ‘¡Qué bien está mi hijo, pero qué silencioso!’. Y cuando quise verlo para besarlo y darle la leche. ¡Me quedé en estado de shock!”

“Luego de un largo rato”, cuenta, “me desperté en la casa de una familia libanesa, pero sólo estaba yo ¡sin hijos ni hijas! ¡Pensaron que estaba muerta y los mandaron con otras familias palestinas hacia no sé dónde! Me volvieron loca. ¡Verdaderamente loca! ¡Dando vueltas en círculos! ¡Con la almohada! Gritando los nombres de mis otros hijos. Y las mujeres libanesas lloraban y no sabían qué hacer para tranquilizarme. No podían sujetarme ni hacerme sentar ¡Estaba furiosa, agresiva! ¡Quería salir a buscar a mis hijos!”

“No sabía hacia dónde ir. ¡Gritaba a los cuatro vientos, llamando a mis hijos e hijas! A mis hermanos y hermanas. A mi marido. Pero nadie respondía… Casi me arranco los cabellos. ¡Hasta eché tierra sobre mi cabeza! Al otro día, al despertar, les rogué que me ayudaran a buscar a mi familia. Me decían que me quedara unos días hasta que me mejorara, y que después podría partir con ellos a donde yo quisiera. Pero yo insistí en salir a buscar a mis hijos… uno de ellos lo había dejado en casa, en Palestina, y del resto no sabía qué sería de su paradero. Aquella familia me llevó a pie hasta la frontera con Palestina, habíamos caminado casi tres horas, y allí nos encontramos con un grupo de judíos armados que no nos dejaron cruzar, y rechazaron el retorno a casa con ráfagas.

Todos los palestinos se habían ido hacia la capital, Beirut . Así que comencé a caminar y caminar, cargando con toda la  tragedia… Por fin, encontré unos campesinos libaneses que me llevaron en un coche hacia una concentración de refugiados palestinos, en el sur de Líbano. Algunos de ellos eran conocidos, y me contaron que habían visto a mis hijos con mis hermanos yendo hacia Siria. Fuimos en tren, era la primera vez en mi vida que yo subía a uno… ¡Hacía un frío tremendo! ¡Y tenía un hambre tremenda! ¡Recuerdo no haber comido desde que salí de Palestina! Por fin, nos dijeron que habíamos arribado a la ciudad de Alepo, al norte de Siria, ¡y allí me enteré de que mi familia había partido hacia Damasco! No soportaban la vida en tiendas de campaña en Líbano, ni en Alepo; querían ver si las condiciones en Damasco eran mejores.

Dormí una noche en un campamento al norte de Alepo, cerca de las fronteras con Siria y Turquía. Tal vez logré dormir por el cansancio del trajín. Al otro día, cuando el sol ya casi había despuntado, me levanté y partí a pie con la firme decisión de llegar a Damasco y así cruzar caminos, preguntando por mi familia… ¡Algunos campesinos se sorprendían y pensaban que estaba loca! Pero otros me ayudaron y me llevaron montada a un burro durante unos días. Una familia incluso me llevó a su casa, me dio ropa y me permitió bañarme, me dieron comida y unas cuantas liras. Por fin llegué a Damasco… lo crucé de un pueblo a otro, a pie la mayoría del tiempo, y montada en burro otras veces. Lo recorrí con toda la simpatía y solidaridad de los sirios, quienes me contaban que sus hombres habían ido a Palestina para luchar contra los judíos.

A la entrada de Damasco, en un pueblo pobre, me dijeron haber escuchado que la mayoría de los palestinos refugiados se estaba radicando en una mezquita cerca del cementerio presidencial. Allí estaban todos mis hijos, mi mamá, mis hermanas y hermanos viviendo entre cortinas. ¡Qué gran alegría fue reencontrarme con ellos!

Cuatro sábanas servían de paredes para separar los dormitorios de las familias refugiadas. Aquel gran espacio de la mezquita suponía un albergue grande… Allí dormían todos: el campesino con el señor feudal, el educado con el analfabeto, el mecánico con el abogado, el jefe de tribu con los dirigentes religiosos, los obreros… ¡Todos en el mismo lugar! ¡Todos usando los mismos baños y comiendo por igual! Por la noche se oía todo a través de las paredes de sábanas, y por las mañanas se esperaba la comida de las Naciones Unidas (Unrwa).

No soportaba la idea de que mi hijo-almohada estuviera en casa solo… ¿Qué sería de él? Todos me decían que lo considerara como muerto, habían perdido unos miles de hombres…

Yo lloraba todos los días, todo el tiempo, y por fin mi hermano mayor, Ebrahim, decidió partir conmigo porque él no soportaba la vida de mendigos. Todas las noches salía a la madrugada con el resto de los muchachos hacia el matadero público de Damasco, y allí trabajó agarrando los chivos que serían sacrificados. ¡Volvían con olor a sangre y animal! ¡Y con un poco de dinero sirio! Mientras las mujeres jóvenes y pequeñas trabajaban sacando las cáscaras de maníes, utilizando hasta los dientes!

Ahorré todo el dinero que cobré del trabajo con los maníes, y junto al dinero de mis hermanas y hermanos, y con la ayuda de otros familiares, compramos un burro. Así volví a cruzar caminos, pueblos y montañas… pero esta vez con mis hijos y mi hermano

Cuando entramos a Palestina, mi hermano fingió estar loco, y yo acompañaba su actuación. Pasamos por judíos armados. ¡Vimos montones de palestinos muertos en las montañas! Nosotros mismos casi morimos mil veces. ¡Hasta que por fin llegué a mi casa! A mi hijo lo habían llevado a la ciudad de Nzeraha con una vecina (mi tía) de la familia Yacoub (mi familia).

Finaliza su historia, y ya comienza a contarme sobre mi familia. Pero su “hijo-almohada” aparece y nos dice que el almuerzo ya está listo. Es un plato originario de Tirat Haifa: pescado frito. La bebida es arak (una bebida alcohólica a base de anís).

Mientras como y bebo, llega a mis oídos una música iraquí. Me siento muy confuso. No sé si ya estoy borracho o si estoy soñando. Si estoy en Palestina o si todavía sigo en Irak. Me da vergüenza preguntar… Sigo en un laberinto. Con un dolor por dentro. Pero uno de los hijos de la señora comienza a cantar esa canción que oí. Dice que son judíos de Irak.

Mientras, la anciana me enumera los nombres de mis familiares, todos los que vivían en la aldea hasta 1948, y me cuenta que mi abuelo se había ido a vivir con su prima a la ciudad de Nazaret.

Le pregunto dónde está su casa y me responde que estaba cerca de la del alcalde, pero que ya no existe.

Tomo el teléfono. Llamo a Siria. Hablo con mi padre:

—¡Padre mío! ¡Estoy en Tirat Haifa!

—¡Mentira, hijo!

—¡Lo juro, padre!

Comienza a llorar, pero luego me dice: “Ve a la tumba de tus abuelos, lávala, deja flores y claveles…”

—Sí, padre… sí, sí… No digo más que “sí” porque me vuelve a tentar el llanto.

Me describe su casa, como si yo hubiera nacido allí. “¡Hijo! ¿Dónde estás ahora?”, me pregunta. “En casa de Mariam, la hija de Um Adel”, le contesto.

—¡Oye, hijo! Desde donde estás parado, deja la casa de Mariam detrás de ti y camina derecho unos trecientos metros.

Yo voy, mirando, pero sólo veo edificios. “Oye, hijo, camina hasta llegar a la tumba del Shikh Khalil, y al llegar al lugar, verás la almazara. ¡Allí está nuestra casa! ¡Está allí, con una estatua de dos leones de piedra en la entrada! Cuando subes la escalera y entras al portal de la casa, a la derecha, está el cuarto donde yo dormía!”

Nada de lo que cuenta existe ahora, no me sale ninguna palabra, sólo lloro, mientras él sigue: “La casa de la familia de tu mamá está en el otro sentido, muy cerca de la cafetería de Abu Hamad. Es de dos plantas y de piedras negras”. Hacer una casa con piedras negras era muy caro en aquel entonces, y hoy también.

Me sale decirle: “Padre, la vieja Mariam quiere hablar contigo”. Entonces, comienza otro llanto con Mariam. ¡Viejos recuerdos! ¡Melancolía y nostalgia! Son de la misma edad… Le dice la anciana: “Yo recuerdo bien la casa de tu familia, los campos de aceitunas, de uvas, de naranja”. Luego oigo a Mariam hablando con mi madre: “¡Sí, me acuerdo de ti! ¡Me acuerdo del día de tu nacimiento! Yo tenia 10 años. ¡Me mandaron a buscar más agua caliente para bañarte!”. Y vuelve a llorar… y a preguntar por sus hermanos. Uno de ellos murió hace meses. Mariam no lo sabía. Era su hermano mayor. ¡El que se hacía el loco en el viaje de retorno, en 1949! No quiso quedarse en la aldea porque no estaba ninguno de sus amigos, familiares y conocidos. Todos se habían marchado. Algunos estaban muertos, algunos encarcelados… Volvió al exilio, pero pasó todos los años borracho, pronunciando discursos sobre Palestina en las calles.

Mariam me da el teléfono, me dice que mi mamá quiere hablar conmigo. “Hijo, ve a mi escuela primaria, está situada encima de la montaña. Hay un árbol gigante de roble, allí gravé mi nombre. ¡Ve a verlo y sácale una fotografía! Luego envíamela, tal vez muera antes de retornar al suelo patrio!”.

Sigue: “Hijo, ve a visitar las tumbas de mi padre y mis dos hermanos. Están todos en el mismo lugar, cercados con una jaula metálica de color verde. Se nota desde lejos… Hay tres cementerios en la aldea, las tumbas están en el cementerio mayor, que está en el centro del pueblo, cerca de la mezquita”.

Pido, entonces, a los hijos de Mariam que me lleven a los lugares indicados por mis padres. Pero ninguno de ellos sabe dónde se ubican…

***

Mariam seca sus lágrimas y nos dice que viene con nosotros. Subimos y bajamos una loma en el coche de su hijo y paramos frente a una carnicería. Nos bajamos sin decir nada. La anciana le dice al carnicero en árabe: “Hola, Jaime. ¿Qué tal? Este paisano mío viene de Irak y tú vives en la casa de su madre”.

El carnicero no contesta, sino que llama a su madre con un acento iraquí puro. “Madre, aquí hay alguien que viene de Irak.” Enseguida sale una señora muy anciana, y muy flaca, que parece tener más de 90 años y casi no puede caminar. “¿Dónde está?”, pregunta. Jaime me señala. “Bienvenido, querido”, me dice la anciana mientras me abraza y me besa. “Tienes el olor al querido Irak”, me dice y me comienza a hacer preguntas sobre zonas y calles de Bagdad. Antes de poder contestarle, Jaime interrumpe: “Oye, hermano, estos nos engañaron (señala con la mano las casas y edificios de los otros israelíes), nos engañaron diciendo que aquí está el paraíso, que aquí está la miel y la leche. Pero todo fue una mentira. Si vuelves a Irak, por favor, dile a Saddam Hussein que nos devuelva nuestra casa y yo estaré dispuesto a devolverte la casa de tu familia”.

No sé qué decirle.

Tengo las horas contadas. Porque para ingresar a la tierra de mis abuelos tuve que conseguir una autorización de las autoridades israelíes. Según el permiso, debo volver antes de las 7 de la tarde, y no puedo quedarme a dormir en suelo del Estado israelí.

Aquí sólo hay hileras de edificios modernos. Tal vez por ello al agente de seguridad que me interrogó a mi llegada en el puente Allenby le molestó que le contestara que volvía a mi patria. “Tienes 20 países árabes a los cuales ir”, me espetó. Como si fuera a quitarle el suyo…

Ramallah, mayo de 2000.

* Mariam, Issa y Ebrahim, tienen otros nombres. Éstos fueron modificados para conservar su anonimato.

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