El legendario cuarteto que fundaron en 1978 junto con Charly García y Oscar Moro estuvo activo apenas cuatro años, hasta que en 1982 Aznar decidió dejar el proyecto para estudiar en Estados Unidos e incorporarse al Pat Metheny Group. A pesar de encontrarse en el apogeo de su éxito, los músicos se negaron a buscar un reemplazo por considerar que la identidad del grupo dependía de sus miembros originales. En su lugar, decidieron grabar el álbum de despedida en vivo No llores por mí, Argentina, que se sumó a sus cuatro trabajos de estudio: Serú Girán (1978), La grasa de las capitales (1979), Bicicleta (1980) y Peperina (1981).
El show de Lebón y Aznar, respaldados por una banda de excelentes músicos jóvenes, a los que puntualmente se suma Juanito Moro, hijo del fallecido baterista, comienza con la proyección de un paisaje de playa, evocando los orígenes en Búzios, donde se inició la historia del grupo que pasó de ser rechazado por la crítica y el público a llevar el apodo de los beatles argentinos.
Esa playa con una ola rompiendo también me recuerda a la canción que dice: «Mientras miro las nuevas olas/ yo ya soy parte del mar». En aquella imagen, el mar era lo que integraba al artista al flujo de la historia, a la vez que daba cuenta de las modas pasajeras. Es posible que la letra sea de las más proféticas de Charly García, porque en estos 50 años parece que aquella dinámica marítima se agotó y una última gran ola devolvió a los que ya eran parte del mar. Todas las bandas de décadas pasadas, aquellas que nunca soñamos ver en vivo, fueron arribando con diversos grados de deterioro, muchas con bajas en sus filas, a la interminable playa del presente. Una vez allí, nuestros ídolos se incorporaron, se sacudieron un poco la arena, se acomodaron el pelo que les quedaba y, como entrañables zombis, caminaron a tientas, olfateando el aire hasta encontrar un escenario donde cumplir nuestro deseo y emocionarnos de nuevo con las canciones que formaron parte de nuestras vidas.
Hasta hace unos años, la única condición para el revival era que la estrella presentara signos vitales (como ocurrió con un muy disminuido Chuck Berry en el Teatro de Verano, en 2013), pero ya no es estrictamente necesario. Soda Stereo volvió con el holograma de Gustavo Cerati y, ya rizando el rizo y con su show ABBA Voyage, ABBA demostró que ni siquiera se requiere estar muerto para hacer trabajar a los sustitutos tecnológicos.¿Cómo ocurrió esto? Hubo otro deseo que también se nos cumplió: el acceso ilimitado y gratuito a toda la música. El modelo sustentado en la venta de discos pasó al de plataformas, y el producto escaso, con valor de mercado, es la performance en vivo. La música grabada dejó de pagar las cuentas.
Unos días atrás, me encontré con una entrevista a Riki Musso, en la que le preguntaban si volvería el Cuarteto de Nos con la formación original y su respuesta fue: «¿Para qué? ¿Para cantar las mismas canciones? Es como ir a ver a Palito Ortega. ¿Por qué no escuchan la música que hago ahora?». Lo que pasa es que no queremos música nueva, Riki. Y menos grabada, no hay tiempo para escuchar un disco. Queremos al cuarteto de nuestros 18 años, volver a ese lugar feliz, y por esa experiencia estamos dispuestos a pagar un montón de plata. Y ya que lo nombrás, también queremos a Palito Ortega. Y mejor aún, a todo el Club del Clan, que viene al caso, porque, justamente, la canción de Serú seguía diciendo: «¿Te acuerdas del Club del Clan/ y la sonrisa de Jolly Land?».
Medio siglo después, viene Palito Ortega y llena un teatro, tal vez con parte del mismo público que luego irá a ver a Serú Girán (y también al Cuarteto original, si fueras un poco más razonable, Riki).
En X hay una cuenta llamada África de Toto en Aspen. En la descripción aclara que se trata de un bot que avisa cada vez que suena el clásico tema de 1982 en esa FM de Buenos Aires. Un par de veces por día, publica mensajes como los siguientes: «1 de la trasnoche, 58 minutos, suena África de Toto. Estás en Aspen 102.3», «Sábado gris. La angustia existencial es eso que sentís entre el momento en que termina África de Toto en Aspen y el instante en que vuelve a sonar. 24 horas y sumando».
Que no suene «África» en Aspen durante 24 horas es una anomalía. Y, bajo esa misma lógica, sería extraño que una banda como Serú Girán desapareciera definitivamente. Durante décadas, la disolución de una banda significaba que la historia seguía. El grupo quedaba atrás, convertido en una memoria, una discografía. Ya era parte del mar, como decía la canción. La lógica contemporánea parece ser: si algo fue importante, tiene que volver a como dé lugar. No se me escapa el hecho de que, a partir de 1960 y en el espacio de cuatro décadas, el rock y el pop alcanzaron un volumen tal que no se hace fácil salir de su campo gravitacional. Muchos cambios sociales, culturales y tecnológicos coincidieron en un período relativamente breve, pero el impulso que provocaron parece agotado. Seguimos entonces orbitando las mismas estrellas, o el espacio que dejaron al apagarse.
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Dicho todo esto, creo que Serú Girán es la banda más interesante e innovadora que dio el rock argentino. Su vuelta, aún parcial, resulta en un show muy digno y emotivo. Debería, pues, alegrarme, pero tengo la sensación incómoda de que regresa algo por lo que ya hice un duelo, como si me encontrara con un familiar fallecido mucho tiempo atrás.
La canción de la que hablábamos al principio sigue diciendo: «Qué bueno estar en la playa cuando se han ido/ los que tapan toda la arena con celofán./ Recordar las estrellas que hemos perdido/ y pensar a suerte y verdad nuestro porvenir».
Recordar las estrellas que hemos perdido. ¿Se puede recordar sin primero aceptar la pérdida? Me pregunto si, en esta urgencia contemporánea por revivirlo todo, habremos abolido el derecho al duelo.
¿Cuántos futuros hemos dejado de imaginar, cuántas músicas nunca llegaremos a escuchar, por empeñarnos en obligar a los que ya eran parte del mar a caminar otra vez entre nosotros, convirtiendo el presente en un parque temático de nuestra juventud?



