El Ronald - Semanario Brecha

El Ronald

Carta de adiós a Ronald Arismendi, genio del redoblante de murga.

Foto: Carnaval en Fotos, José Arisi

Te preguntarás por qué este formato; por qué no una necrológica habitual, con datos biográficos, frases elogiosas y un título que parafrasea aquellos versos de Jaime Roos, “hasta que el rulo del tambor marque otro final, adiós, Carnaval”. Sería redondito. Pero no; a veces algo nos pide que nos salgamos del libreto.

El martes, después del cimbronazo de la noticia de tu muerte, y tras hablar con varios amigos (algunos de los cuales te conocieron mucho más de cerca que yo), me puse a ver si alguien decía algo en las redes. De a poco, los posteos se fueron llenando de anécdotas de gente que te había conocido fugazmente, aprendido percusión contigo o, directamente, tenido el privilegio de cantar carnavales enteros junto a vos y tu redoblante. Yo te conocí, claro –el Carnaval es un pañuelo–, y te tenía por un buen tipo. Pero la cantidad de textos que destacaban esa parte de tu persona (el desinterés, la solidaridad, las ganas de transmitir lo que aprendiste sólo por pagar la deuda que sentías que tenías con los que te enseñaron) era abrumadora. Cada comentario mencionaba un aspecto distinto o simplemente lo ilustraba, sin analizarlo, contando historias vividas a tu lado.

Además de todo eso –que, sin duda, es lo más importante–, siempre fuiste una leyenda; eso no es algo que vaya a pasar de ahora en más. Por tus frases salvajemente ingeniosas pronunciadas con total seriedad, por tus vinos hace tiempo abandonados y, muy especialmente, por tu manera de tocar el redoblante. Porque mirá que hay que destacarse en eso, habiendo tantos y tan buenos; sin embargo, vos lo hiciste. Cada uno tendrá sus preferidos, pero no tengo dudas de que en una encuesta imaginaria en que respondieran los corazones estarías allá arriba, lejos. Tus “rulos” y tus “breques” desgarraban las noches de ensayos y tablados como truenos de una tormenta de verano. Las subidas y bajadas de volumen que metías eran una montaña rusa en la que a veces uno se colgaba a viajar y se olvidaba de lo demás. Todo eso, junto con tu buen gusto para recurrir a lo clásico cuando se necesitaba, y una mirada lejana y alta como tu música eran tu firma, tu marca registrada. “Tu huella digital”, como te gustaba decir, citando a no sé quién. No tocabas con los palos, sino con el alma, que se mostraba más plena y clara en medio de esos vendavales que te perseguían. Fuiste el Obdulio de la batería de murga, capaz de silenciar maracanases. Un artista con la más grande de las mayúsculas, de un arte que volaba alto, muy alto, sin sacar nunca los pies del barro en que nació. Y eso, digo yo, es lo más grande que le puede pasar a un músico.

Por todo esto, contigo se fueron dos personas: la que todos querían y la que todos admiraban.

Estoy triste. En nuestra larga y esporádica relación supimos lustrar varias mesas de boliche y mantuvimos conversaciones históricas (todas las charlas contigo tenían alta probabilidad de serlo) en el mostrador de alguna cantina piojosa. Cuando yo empezaba con estas cuestiones murgueras, compartimos un ciclo en un teatro, un espectáculo musical con mucha gente; no algo propiamente carnavalero, pero con un aire. Vos, un par de años más “viejo” que yo (¿eras del sesenta?), ya tenías como setecientos carnavales encima; cuando te aparecías por un ensayo de la murga, era la gloria. Después nos seguimos viendo por azar; una larga y entrecortada historia de encuentros y algún breve desencuentro. No hubo una continuidad de las que construyen amistades sólidas, pero hoy, cuando leía y sentía cuánto te quería la gente, e iba tomando conciencia de lo definitivo de tu ausencia, me di cuenta de cuánto te quería yo también. Y, claro: como nunca te lo dije, te lo vengo a decir ahora, desde este lado del mostrador y cuando ya no estás para enterarte. Pero están nuestros amigos en común y compañeros de ruta, una barra larga de buenas personas que hoy se abrazan a tu recuerdo; a ellos se lo puedo contar. Suele pasar así.

En fin, quedaron muchas mesas por lustrar, pero algunas aún brillan de risa. Y la mala costumbre de medir a los que tocan calculando a qué distancia están de vos, a esta altura, no creo que me la saque nadie.

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