El superyó de una generación

Su creador, Quino, tiene en su haber decenas de libros, pero para siempre será reconocido como el padre de esta niña con mirada adulta y preocupada por el estado del mundo. Mafalda cumple 50 años, entre homenajes populares y miradas académicas a su legado.

Tira de Mafalda

Lo de “dejó de publicarse” es una manera de decir. Basta mirar la portada de hoy del diario El País de Montevideo para encontrar ahí a Mafalda y sus amigos como si no hubieran pasado más de 40 años desde que Quino dibujó el último cuadrito, el 25 de junio de 1973. Más allá de lo absurdo que puede resultar leer en la primera página de un diario de hoy una tira cuyo remate diga “no nombres Vietnam delante de Nixon”, es indudable que hay genialidad suficiente en Mafalda para justificar su permanencia y las constantes reediciones. Y no solamente porque el mundo sigue tan mal como hace medio siglo, sino porque la tira de Joaquín Lavado (Quino) puso en juego un sistema de referencias tan amplio que siempre hay una ocasión para recurrir a ella. Hasta por casualidad. Y es que si los colegas de El País fueran lo suficientemente malvados o tal vez si tan sólo estuvieran más atentos, durante la reciente campaña electoral bien podrían haber contestado subliminal y sutilmente la terrible publicidad de Nany. ¿Qué hubiera pasado si publicaban la tira del 13 de junio de 1965, sólo para ver si los que excusaron la “caricatura pituca” alegando que era una humorada aguantaban un trago de su propia medicina? Encima, gracias a los cambios en el significado de las expresiones populares ocurridos en estos 50 años, ni siquiera tenían que hacerse cargo de la neolectura del chiste…

No se ofenda el lector de Brecha, que ya casi podemos escuchar el grito en el cielo “¡Mafalda nunca hubiera dicho eso!”. Es que de eso se trata, de mostrar, a través de esa lectura aberrante (que no es la primera), varias cosas de un plumazo, cosas que tienen que ver con la apropiación social del personaje, con el contexto, con lo que permanece y lo que cambia, con el humor, con los símbolos, incluso con la “progresía”.

El nacimiento de Mafalda es lo suficientemente paradójico como para agregar interés al fenómeno: ¿cuántos de sus fervientes lectores saben que fue creada con el fin de vender electrodomésticos de manera encubierta? En efecto, Quino fue contratado por una agencia de publicidad para crear una historieta con un personaje central con un nombre que comenzara con “M”, ya que la marca de los electrodomésticos en cuestión era Mansfield, una línea nueva que lanzaría la empresa Siam Di Tella. Sylvina Walter, en Mafalda inédita,1 cuenta que Quino se acordó, entonces, de que en la novela Dar la cara, de David Viñas, había una niña llamada Mafalda, y el nombre “le pareció alegre”. “Con el tiempo se entera de la desgraciada historia de la principessa Mafalda di Savoia, hija del rey de Italia Vittorio Emmanuele III, que terminará sus días en el campo de concentración de Buchenwald”. Finalmente, la idea de la “publicidad encubierta” no prosperó, entre otras cosas porque el diario Clarín se dio cuenta de la triquiñuela, pero Miguel Brascó, que había sido el contacto de Quino con Agens Publicidad, decide publicar tres de las tiras de Mafalda en Gregorio, el suplemento de humor de la revista Leoplán, que dirigía. Pronto la tira pasa a publicarse en Primera Plana, y es el tenor de esta publicación, orientada a la actualidad nacional argentina e internacional, lo que empieza a modelar al personaje, que ya está completamente delineado cuando en 1965 y en lo que Brascó llamó “el verdadero lanzamiento de Quino”, se afinca en el diario El Mundo.

Es interesante notar que cuando nace, el personaje más reconocido de la historieta argentina lo hace en un período de crisis del género. Las décadas del 40 y el 50 habían sido de florecimiento, pero los años sesenta se inauguraron con el cierre de revistas como Hora Cero y Frontera y el comienzo de la decadencia de Patoruzú, Misterix y Rico Tipo. Jorge B Rivera, en su Panorama de la historieta argentina,2 señala la paradoja que representa la crisis argentina de la historieta justamente en el momento en que el medio ganaba una visibilidad y reconocimiento mundiales, a través no solamente del auge del pop y la incorporación de sus recursos en las obras de Roy Lichtenstein, sino también desde lo académico, con la fundación en Francia del Club des Bandes Desinées –con Francis Lacassin en la presidencia y el director de cine Alain Resnais como vicepresidente– y de la Sociedad de Estudios e Investigaciones de Literaturas Dibujadas (Socerlid), así como los primeros congresos en Italia a mediados de la década; reconocimiento que llega a su punto más alto con la Primera Exposición de la Historieta, en el Museo del Louvre en 1967. En ese sentido Argentina estaba a la vanguardia de Latinoamérica, y poco después de que la historieta entrara en el Louvre será el Instituto Di Tella el que organice la Primera Bienal Mundial de la Historieta, bajo la dirección de Óscar Masotta y David Lipszyc. “Pero la jerarquización no pasa exclusivamente por el reconocimiento a nivel universitario, museístico o académico –señala Rivera–. La propia historieta alcanza niveles internos hasta entonces ignorados, con algunas piezas que ya señalan un grado de madurez y de refinamiento formal y narrativo que sólo habían conocido escasas producciones anteriores.” Mafalda es una de ellas.

LA CASA Y EL MUNDO. Cuando Miguel Brascó le propuso a Quino hacer la tira para los electrodomésticos Mansfield tenía en mente dos cosas: una, el comentario del dibujante de que le gustaría hacer una tira “con chicos”; otra, que el modelo de lo que posteriormente será Mafalda, debía ser una mezcla de Snoopy y Lorenzo y Pepita. Y algo de eso hay en Mafalda, donde la vida doméstica de una familia es no solamente el escenario sino el trampolín hacia el mundo, lanzando una –a la postre– inolvidable constelación de reflexiones que van desde las relaciones familiares a la política internacional, pasando por la situación de la mujer, los riesgos de la televisión, la relación entre los débiles y los poderosos, la libertad y el despotismo, la guerra y la paz, y un largo etcétera que no hace falta enumerar aquí. Quino se ha referido muchas veces a su escepticismo respecto de las posibilidades de cambiar algo a través del humor, y su postura vital se acerca bastante a la del novelista estadounidense Kurt Vonnegut, que combina una mirada crítica sobre el mundo y una ética implacable, a la vez que conserva ese sesgo personal escéptico y algo depresivo sobre el ser humano y sus reales posibilidades de cambiar algún día. Quino fue delineando sus personajes a partir de un puñado de rasgos de carácter: Mafalda la contestataria –como de hecho se llamó en Italia–, anticonformista y rebelde, crítica y pacifista, demócrata y feminista, fanática de los Beatles y del Pájaro Loco y ligeramente anticomunista. Manolito es pragmático y materialista, bruto y conservador, mientras que Felipe es fantasioso y esforzado. Susanita es hipócrita, esnob y egoísta, en tanto que Miguelito es bondadoso, ingenuo y metódico en sus eternas dudas. Libertad es segura y algo radical, mientras que Guille es el hermano menor por antonomasia: aprendiz de los tics de su hermana pero con vuelta de tuerca y siempre un poco principesco en sus aspiraciones. Los padres de Mafalda, por su parte, son un poco las víctimas del sarcasmo y rebeldía de sus hijos como representantes del “poder” sin el poder, y también como responsables generacionales de que “las cosas sean como son”, ya sea por su fracaso, su conformismo y blandura o indiferencia. Sin embargo, la mirada crítica de los hijos siempre es desde el amor y a veces desde cierta piedad. “La de Mafalda es una familia tipo (mamá, papá, hija, hijo) de clase media (…). A diferencia de las familias de las historietas tradicionales, sus miembros no aspiran a otro escalafón social. Se habituaron a ser lo que son y a hacer lo que les permite un sueldo de empleado de oficina: vivir en un departamento en San Telmo, comprar con esfuerzo un Citröen, veranear cerquita, acceder a cierta tecnología hogareña, tener algo de tiempo para dedicarle a las plantas y a luchar contra las invasiones de hormigas… Y están bien. (…) Representantes del mundo adulto, la niña considera a sus padres un par de integrados al sistema y no deja de ponerlos en aprietos. De uno u otro modo les hace notar desde los dobles discursos y la falta de título universitario de la madre hasta lo que hicieron con el mundo”.3

Pero la genialidad de Quino como creador radica en que reúne en sí mismo varias características que normalmente no vienen juntas en una sola persona: una notable capacidad de trasmitir ideas complejas a través del dibujo (con prescindencia de la palabra), un manejo igualmente notable de los mecanismos de la argumentación escrita, un gran poder de observación de la conducta humana, mucha información sobre la política, la sociedad y la cultura contemporáneas, un gran sentido del humor y del absurdo y una pizca de amargura respecto de la naturaleza humana.

Como dice Óscar Steimberg en Leyendo historietas:4 “En los términos de su pertenencia a un género, Peanuts (Snoopy) es, claramente, una historieta de humor; Mafalda una formación mixta, a medio camino entre la historieta y el cartoon. Este género gráfico incluye, básicamente, los dibujos de cuadro y gags únicos, que aparecen de modo habitual en diarios y revistas de noticias y que encuentran su tema, por lo general, en los asuntos políticos y sociales de actualidad. El cartoon ironiza casi siempre sobre el tema tratado, convirtiendo a sus personajes –cuando los tiene– en meros vehículos de una proposición conceptual original acerca de la situación. Evidentemente, con sus ideas –ideas en el sentido de nudos de creación, y también en el sentido corriente–, el autor de Mafalda podría haber construido, en lugar de una historieta, un cartoon de éxito. De hecho, Quino no logró su fama como dibujante de historietas y Mafalda constituye casi una excepción en su carrera. Pero que concreta el ejercicio de una habilidad narrativa que no hubiera tenido aplicación en el dibujo de cuadro único.” Es a raíz de ese carácter híbrido que Steimberg describe y que solamente es posible en un creador que reúne en sí las habilidades del narrador y los temas y el golpe de efecto gráfico y verbal del dibujante de cartoons, que Mafalda brilla.

HOMENAJES. Los homenajes a Mafalda son casi moneda corriente, desde hace años. Tiene una plaza en Colegiales, otra en Mendoza y un monumento en San Telmo, varios murales y muchas escuelas y jardines de infantes llevan su nombre. Su creador, además, fue el primer dibujante en recibir el premio Príncipe de Asturias y se han realizado diversas muestras celebratorias en museos, galerías e institutos culturales. Sin embargo, en ocasión del 50 aniversario, los tributos se multiplicaron y todos volvieron a preguntarle a Quino si extrañaba dibujar a Mafalda.

Coincidiendo con el aniversario pero no debido a él, la historiadora uruguaya Isabella Cosse publicó el libro Mafalda: historia social y política,5 el primer estudio de largo aliento dedicado a la tira de Quino (bueno, en rigor existe un libro curiosísimo llamado Para leer a Mafalda, de Pablo José Hernández, que es mejor pasar piadosamente por alto). Cosse estudia el surgimiento de Mafalda y muestra cómo la tira de Quino se enmarca y es atravesada por los procesos culturales, sociales y económicos propios de la mitad de los años sesenta: “En especial, planteo que Mafalda encarnó las tensiones generacionales y de género que sacudían a la sociedad argentina y trabajó sobre las contradicciones –las imposibilidades y frustraciones– que enfrentaba la clase media ante la modernización social”, dice la autora, planteando, además, que Mafalda “no sólo dialogó con el mundo en el que surgió, sino que operó sobre esa realidad. En ese sentido, sostengo que puso en circulación una representación y una forma de humor que dialogaron con la identidad de la clase media y que colaboraron a afirmarla, pensarla y discutirla mediante una representación inédita y de extrema complejidad: una visión heterogénea de la clase media que enlazaba lo cotidiano y lo político”.
El libro de Cosse acompaña los avatares de la tira, sus cambios y la aparición de nuevos personajes sobre el telón de fondo de los acontecimientos políticos en Argentina, y de los distintos medios que la publicaron en sus páginas. Esto incluye el análisis de cómo fue interpretada y usada políticamente y como dialogó la historieta con la radicalización juvenil y la represión, y las controversias que desató hasta que Quino dejó de dibujarla en 1973. “En ese contexto (el libro) atiende las diversas interpretaciones que concibieron alternativamente a la ‘niña intelectualizada’ como una peligrosa expresión de la rebeldía juvenil o una tímida pequeñoburguesa. Finalmente, aborda las nuevas discusiones y, sobre todo, los nuevos usos que diferentes actores hicieron de Mafalda en el contexto del ascenso del autoritarismo que terminaría en el golpe de Estado y que llevó a Quino al exilio.”

Pero Cosse no se limita a la recepción, usos (y abusos) de Mafalda en Argentina. El libro extiende su análisis a los factores que llevaron a la apropiación del personaje por otras culturas, en un fenómeno que traspasó fronteras y que llegó a millones de personas en más de 20 lenguas. La historiadora también se ocupa de otras paradojas que –como la de su curioso nacimiento– acompañaron a Mafalda durante los años de la dictadura, desde “la apropiación macabra del afiche ‘del palito de abollar ideologías’ usado por un grupo de tareas de las fuerzas armadas en el asesinato de los padres palotinos en 1976 (…) a la paradójica sobrevivencia de la historieta en el contexto dictatorial”, y hasta el momento de retorno de la democracia y los nuevos debates que originó la tira. El exhaustivo trabajo de Cosse llega hasta hoy, inquiriendo sobre las razones de la supervivencia de Mafalda y su consagración global, sin olvidar sus encarnaciones fílmicas y la creación de espacios rituales destinados a venerarla.

Como señala la autora desde la introducción, su estudio asume tres apuestas conceptuales y metodológicas: “pensar la retroalimentación entre lo simbólico y lo material, valorizar la intersección de lo doméstico y lo político, y considerar al humor como una rica vía para el estudio histórico”. Sin embargo, el libro de Cosse tiene, además, otra dimensión quizás menos usual en los abordajes académicos y que muestra hasta qué punto la historiadora “lidió” con el personaje.

Son difíciles de explicar los alcances de ese “lidiar”, que tiene que ver con un compromiso que excede las exigencias metodológicas de un trabajo de esta índole y del que la autora da cuenta, como al pasar, al final de la introducción. Cosse dice: “No tardé en advertir, cuando comencé esta investigación, que tenía entre manos un objeto significativo no sólo a escala social, sino en términos personales y afectivos para un público que, aunque cuente con un epicentro clasemediero, tiene diferencias generacionales, culturales y sociales. Supe también, rápidamente, que esa gravitación está implicada en cada análisis y en cada reflexión sobre Mafalda. Como me advirtió una colega cuando, después de presentar uno de los primeros avances de este trabajo, llovieron los señalamientos y las preguntas: ‘Si te metés con nuestra Mafalda, vas a tener que escucharnos’. Recordé dicha advertencia en más de una ocasión mientras escribía estas páginas que aquí entrego con la esperanza de contribuir, con esta historia, a la comprensión de Mafalda y, con ella, al entendimiento de los dilemas sociales y políticos de este medio siglo que hoy celebra la historieta”.

Es esa dimensión emocional, personal y afectiva que Cosse no sólo advirtió tempranamente sino que escuchó atentamente, la que le da al libro una profundidad en la mirada que de otra manera estaría ausente. Así, Mafalda: historia social y política, a la vez que es impecablemente académico tiene la calidez de una biografía. Y es que la autora supo advertir que Mafalda era, de alguna manera, parte de la biografía de todos sus lectores, que la historia de varias generaciones de argentinos (y latinoamericanos y europeos) estaba íntimamente ligada a un personaje de papel que evocaba momentos precisos de una historia individual y colectiva. Porque quizás Mafalda no fuera una persona real, pero se entrelazó con momentos precisos de la historia personal y emocional de las personas y no solamente con la historia. Y que fue por eso, justamente por eso que Cosse escuchó tan atentamente, que un simple personaje de historieta de pronto se volvió tan importante, al punto de que cuando la colega le dijo a Cosse “si te metés con nuestra Mafalda, vas a tener que escucharnos” le estaba diciendo “porque lo que también estás contando es nuestra vida”.

1. Mafalda inédita, de Quino. Textos. Sylvina Walger. Editorial Lumen, Barcelona, 2000.
2. Panorama de la historieta argentina, de Jorge B Rivera. Libros del Quirquincho, Coquena Grupo Editor, Buenos Aires, 1992.
3. La historieta argentina. Una historia, de Judith Gociol y Diego Rosemberg. Ediciones de la Flor. Buenos Aires, segunda edición, 2003.
4. Leyendo historietas. Textos sobre relatos visuales y humor gráfico, de Óscar Steimberg. Eterna Cadencia. Buenos Aires, 2013.
5. Mafalda: historia social y política, de Isabella Cosse. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2014.

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