En una de las icónicas fotografías de los miembros de la generación del 45, aquella en la que se agasaja a Juan Ramón Jiménez, Ida Vitale ocupa un lugar central. Curiosamente, como si se tratara de un presagio, hoy es la única sobreviviente de ese grupo. Algunos nombres fueron acrecentando su presencia a medida que el siglo se agotaba, cosa que no parecía ocurrir con quien hoy, ya entrada la tercera década del siglo XXI, se ha convertido en la poeta uruguaya más reconocida a nivel mundial. Han operado los premios, una seguidilla coronada en 2018 con el prestigioso Cervantes, que responden a una obra sólida y extensa que recorre más de medio siglo de intensa labor.
En este favorable contexto, la editorial Estuario ha decidido reeditar algunos de sus trabajos más secretos o menos conocidos. Tal es el caso de Donde vuela el camaleón, libro publicado originariamente por Vintén Editora en el año 1996 y que, como señaló oportunamente Mathías Iguiniz, es (era) un texto de «escasísima circulación». Al cotejar ambas ediciones observamos que, a los 24 textos de la edición original se suman tres nuevos «poemas» que se ubican en el cierre de la obra: «El director enamorado», «Jardines en poniente» y «Zoofilia».
Uno de los aspectos clave a señalar en Donde vuela el camaleón refiere a su difícil clasificación genérica (de ahí el entrecomillado de poemas en el párrafo anterior). La editorial se ha decantado por la etiqueta de prosa poética, mientras que en la contratapa Luis Bravo habla de «microrrelatos» y Aurelio Major distingue «relatos, fábulas y alegorías». Mucho antes, Alfredo Fressia se había detenido en este asunto afirmando que en este libro Vitale «se rehúsa a la separación nítida de poesía y prosa».1 Lo cierto es que, si bien no podemos −y acaso no tenga sentido hacerlo− decidirnos por una cosa u otra, el conjunto de textos aquí reunidos se integra a todas estas posibilidades formales, pero apelando siempre a una escritura precisa, plagada de alusiones ingeniosas en las que se respira un humor peculiar y en ocasiones desconcertante, como en «Al amor de la lluvia», en el que una mujer sorprendida por un chaparrón ocasional termina enemistada con la lluvia no sin fastidiosas consecuencias: «Era común, en días de sol espléndido, ver una nube grácil y veloz a discreta altura, como una sombrilla independiente, cada vez más ligera a medida que se descargaba de agua tras los pasos vanamente heroicos de la joven, siempre complementada por un gran paraguas».
Vitale despliega un amplio abanico de intertextualidades que no solo requieren de un lector atento, sino, también, de uno que se aventure a lo detectivesco. La clave puede ser un nombre, a veces bíblico («Las hemorroides de oro») o mitológico («El fin de los minotauros»), pero lanzado en un contexto de conexiones difusas o reelaborado para la ocasión, como en «Dánae de nuevo visitada». En un reciente ensayo a propósito de la intertextualidad en la obra de nuestra poeta, María del Carmen González afirma que «poder asistir al universo del lenguaje de otros poetas, en sus respectivas lenguas, traducirlos e incorporarlos a su poesía es una de las vertientes de la poesía de Ida Vitale».2 En esa tríada propuesta de traducción, poesía e intertextualidad podríamos sumar el juego recurrente de la renovación mítica: así como los mitos permanecen indemnes a las traducciones, en Ida difícilmente lo hagan tras pasar por el tamiz incierto y creativo de su reescritura.
Miguel Avero
- Fressia, Alfredo. «Los colores del aire», en Jornal de poesia. Disponible en http://www.jornaldepoesia.jor.br/bh2vitale.htm.
- González de León, María del Carmen (2023). «Acto de conciliación: intertextualidad en Sueños de la constancia (Apollinaire, Cavafis, Celan)», en Ida Vitale: Abrir palabra por palabra el páramo. Montevideo, Rebeca Linke Editoras.







