Anticipo de El poder médico , de Álvaro Díaz Berenguer  1

El temple del instrumento

El poder médico no es inocente y de eso tratan los párrafos escogidos del libro de Díaz Berenguer, que –en realidad– fundamenta la necesidad de ese poder. Para entender las razones de esto último, se recomienda ir más allá del aperitivo que ofrecemos.

Grabado de portada del libro El poder médico, de Álvaro Díaz Berenguer

El prólogo de la Genealogía de la moral,de Nietzsche, comienza con las siguientes frases […]: «Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros […]: esto tiene un fundamento. No nos hemos buscado nunca, ¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos?».

Esto es aplicable a la medicina actual, por su incapacidad para conocerse; quizás esto se deba a que no quiere encontrarse para no enfrentarse así a sus pulsiones o deseos irrefrenables, que por lo general son inmorales en tanto atentan contra los deseos y derechos de los otros, en este caso de los infirmus, los enfermos, los débiles.

Si no nos conocemos, el poder puede andar suelto, sin ataduras. […]

El discurso de la medicina muestra una conciencia parcial de lo que es; juega a las escondidas consigo misma y con los demás, desconoce que en ese juego siempre está el otro. Las piezas que están en juego, sin embargo, son de enorme trascendencia: el poder y la libertad. La mentira, como la inmoralidad, se detiene sólo ante el otro, que en este terreno es el dueño de la verdad, pero si el otro no está, no se lo ve, no se lo respeta, no hay ni siquiera un rumbo cierto, la verdad, entonces, está viciada por intereses.

[…] Si un médico es médico es porque trata enfermos. Sin enfermos un médico no es médico y su verdad no es verdad, y su poder como médico deja de tener objeto. El título profesional, como puede ser el rango militar o religioso, es una máscara de poder que otorga la sociedad a algunos individuos elegidos para que se dediquen al bien del prójimo, que en este caso es la defensa del individuo, ya sea ante la amenaza de los microbios, de las maldades del diablo o de los enemigos de un país vecino. El poder potencial se ostenta simbólicamente con la túnica blanca, el uniforme con charreteras o la sotana, pero se pierde cuando disfrutamos al sol en una playa veraniega, como muestra […] Quino […] en una tira donde el padre de Mafalda se encuentra con un médico presuntuoso que culmina diciéndole con ironía que «en traje de baño somos todos iguales».

[…]

La voluntad que gobierna las acciones humanas tiene un conductor invisible que busca la perpetuación del individuo y de su especie por mandato ancestral inscrito en los genes. No se trata de un mandato divino, sino de un mandato natural; sin embargo, las cosas cambian cuando se enfoca el poder de una nación o de un conjunto humano. El fenómeno colectivo le añade componentes particulares, ya que incluso puede volverse autónomo, por fuera de los individuos, con reglas propias, que en el mundo actual hacen peligrar la vida sobre el planeta.

La organización social genera y requiere de suprapoderes; no se tolera el vacío de poder. […]

El médico se desempeña en distintos ámbitos donde hace sentir su poder como individuo, actuando tanto en el plano universitario como en la gerencia de una empresa, en el consultorio, en un servicio militar. Pero, además de los condimentos de poder, de acuerdo a las características personales, es vehículo o mano ejecutora de otros poderes, muchas veces sin saberlo. […]

Más allá del ámbito en donde desempeña funciones, su poder varía en función de su saber, pero también, y en gran medida, de la influencia de las industrias más poderosas del planeta, de la tecnología médica y de la industria farmacéutica. El poder de estas últimas encauzan al médico y a sus pacientes, en el sentido de provocar acciones precisas (por ejemplo, el consumo de tal o cual medicación); pero también actúan influyendo en las características de la imagen de los médicos y de las enfermedades que ellos tratan, independientemente de las regalías de que pueden ser objeto y del marketing que estimula su narcisismo.

[…]

Estos suprapoderes actúan sobre médicos y pacientes, generando una suerte de cosmogonía patogénica, a través de un discurso centrado en amenazas de enfermedad y esperanzas de inmortalidad –demandadas por la humanidad desde tiempos inmemoriales–, pero mediatizado a través de nuevos productos «científicos», nuevos amuletos santiguados por la ciencia. Cuanto más amenaza la enfermedad, más necesario es el poder para dominarla. Cuando se crea una amenaza específica, el mercado está seguro.

Hasta los siglos XVIII y XIX, el médico era un observador pasivo de la mayoría de las enfermedades que transcurrían a su lado sin que pudiera intervenir eficazmente, y el terror de las epidemias se canalizaba a través de la Iglesia. A partir del siglo XX, las enfermedades transcurren a través del saber médico, con responsabilidad directa en su desenlace. En el caso de la actual pandemia de la covid-19, la medicina se encaramó en el lugar más alto en la consideración del poder de salvación, influyendo decisivamente en los movimientos políticos.

[…]

En esta sociedad competitiva, el éxito se desarrolla en función de la existencia de otros en calidad de rivales sometidos. Siguen siendo válidas las terribles y peligrosas palabras de Nietzsche: «¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre la sensación de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es lo malo? Todo lo que proviene de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? El sentimiento que hace crecer el poder; ¿el sentimiento de haber superado una resistencia?».

Lo que proviene de la debilidad, de lo infirmus, es la enfermedad que condena al sometimiento. Pero habría que tener cuidado con las palabras de Nietzsche, porque ellas conducen también por un peligroso camino donde no existe la compasión: «Los débiles y los fracasados deben perecer; esta es nuestra primera proposición de nuestro amor por los hombres. Y hay que ayudarlos a perecer».Y más adelante con estas otras: «La compasión dificulta, en gran medida, la ley de la evolución, que es la ley de la selección. Conserva lo que está destinado a perecer: combate a favor de los desheredados y condenados, y mantiene vivos a los fracasados de todo linaje, da a la vida misma un aspecto hosco y enigmático».

El nazismo recoge en parte estos conceptos, que condenan el «espíritu humanitario» para exaltar el instinto de conservación, y también en parte, sobre la base de esos mismos preceptos, se ha desarrollado la sociedad capitalista posmoderna y la sociedad de consumo. Hitler plantea a lo largo de su libro Mi lucha que ese espíritu humanitario es propio de los débiles, una mezcla de locura, cobardía y pretendida sabiduría. Para él, en última instancia, el verdadero terreno sobre el que se edifica la humanidad es la lucha por la supervivencia. Los débiles deben sucumbir porque provocan la degeneración de la raza. Tanto para Nietzsche como para Hitler, el problema de la humanidad radica en el riesgo que significa tomar partido por los más débiles y contradecir así el instinto de conservación. Lo malo es lo que proviene de la debilidad, mientras que lo bueno y la felicidad surgen de la superación de una resistencia, es decir, del poder.

Lo que Nietzsche no considera es que también la compasión por los débiles y sufrientes fue el resultado de la evolución de la organización de la sociedad humana, y que gracias a ello los humanos sobrevivimos a las calamidades; allí se despliega la acción médica.

Es necesario exponer estos ingredientes ocultos de la sociedad y del poder, o por lo menos no explícitos, por lo que implican. Es necesario que la medicina reflexione sobre ellos, porque allí reside gran parte de la conflictiva de su arte en el momento actual. La compasión, la sensibilidad que se despierta ante el sufrimiento del congénere, es la base que no se debería perder. Sin ello el médico se transforma en un mecánico, en un engranaje de la cadena de producción en serie de Ford, que descarta lo que no puede reparar, por inservible e inútil. Es necesario saber que el libro Mi lucha, de Hitler, está inspirado en parte en el libro de Henri Ford llamado El judío internacional. El principal problema del mundo, de 1920.

Las cavilaciones de este libro procuran encarnar un trabajo intelectual, al decir de Foucault, porque muestran una realidad (llámese presunta verdad) en nombre de aquellos que no pueden mostrarla, los pacientes postergados y muchos médicos atrapados en un sistema que los degrada, con el objetivo final de considerarlos de una manera distinta, más comprometida, menos distante, más entrometida, menos displicente, más humana, menos cibernética. Podrán etiquetarse tal vez de filosofía. Nos gustaría que así fuera, porque el interés, en el fondo, se refiere a lo que dice Orange: «El pensar y leer filosofía puede desafiar el poder de la automaticidad de nuestra práctica clínica. Puede enseñarnos a cuestionar nuestras presuposiciones, nuestros “principios organizadores” o convicciones emocionales que mantienen un control sobre nosotros».Y añade: «La filosofía nos inquieta».

1.  Estuario/Ediciones Brecha, Montevideo, 2020. 262 págs.

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