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El último príncipe

No hizo demasiadas películas. Catorce largometrajes de ficción, tres episodios en filmes colectivos –Nosotras las mujeres, Bocaccio 70 y Las brujas– y un par de documentales. Pero a 40 años de su muerte, Luchino Visconti (1906-1976) sigue interpelando desde sus imágenes de cine con su obsesión por la historia, por la entrega absoluta a la creación.

Con la primera de sus películas, Obsesión (1943), apoyándose en la novela El cartero llama dos veces, de James Cain, funda, sin saberlo, el neorrealismo. Con la última, El inocente (1976), a partir de un relato de Gabriele D’Annunzio, volvió a sus más primitivas obsesiones y fuentes culturales. De las 20 óperas que llevó a escena, desde La vestale, de Spontini, en 1954, hasta Manon Lescaut, de Puccini, en 1973, repitiendo en el medio varias veces a su amado Verdi, de las más de cuarenta obras de teatro que dirigió, sólo podemos saber algo por los libros, aunque las relaciones entre esas puestas en escena y las películas que hizo Visconti eran más que estrechas. Todas partían de sus preocupaciones políticas y sus obsesiones personales, todas se nutrieron de sus preferencias estéticas, todas...

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