El viejo imperio navegando en nuevas realidades - Semanario Brecha
La «doctrina Donroe» y la revaloración del imperialismo

El viejo imperio navegando en nuevas realidades

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, exhibe la Trump Gold Card en la sala Roosevelt de la Casa Blanca, el 19 de diciembre. AFP, Brendan Smialowski.

Mientras Donald Trump amenazaba e intervenía sobre diversas democracias latinoamericanas, el documento National Security Strategy, que publicó en noviembre de 2025 el Departamento de Estado, ayudó a entender mejor lo que había detrás de tanta explosión retórica y lo que está ocurriendo ahora: la principal novedad fue el abandono de toda pretensión universalista de la política exterior. Ya no se trataba de defender la democracia, la libertad y la paz o promover el desarrollo, como había predicado Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. El nuevo leitmotiv se reduce a «America first» o América primero. La consigna, sin embargo, no renuncia al mundo. El documento desprende un desnudo pragmatismo con centro en el interés de Estados Unidos y, en relación con nuestro continente, resucita la tradicional caracterización hemisférica de la doctrina Monroe con un «corolario Trump». Entre sus objetivos plantea estabilizar los gobiernos para desincentivar la migración masiva, ir contra «narcoterroristas» y «asegurar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave».

La reivindicación explícita de la doctrina Monroe –aunque seguramente al redactarlo estuvieran pensando en el llamado corolario Roosevelt de 1904, en el que Theodore Roosevelt establecía el derecho de intervención en los asuntos internos de los países latinoamericanos– es una revaloración del imperialismo más flagrante que habilitó variadas intervenciones militares a comienzos del siglo XX. No es que la dimensión imperial de la política exterior hubiera desaparecido en los siglos XX y XXI, pero al menos estuvo mediada por ideas, acuerdos, alianzas y organismos internacionales.

La analogía histórica con el corolario Roosevelt de la doctrina Monroe, aunque no caben dudas de que está en el imaginario de los policy makers de la Casa Blanca, tiene ciertos límites. Aquel mundo y este son radicalmente diferentes. Estados Unidos construyó su imperio en lucha contra los viejos imperios europeos e incluso, por su fuerte crítica a los valores del viejo mundo, logró por momentos convencer a otros de que no era un imperio. Durante el siglo XX construyó una hegemonía global. El siglo americano estuvo basado en un modelo de desarrollo capitalista asociado a la idea de consumo, y cambió la vida cotidiana de millones en nuestra región y el mundo. También impulsó ideas acerca de la democracia liberal y del anticomunismo que marcaron la vida política de múltiples regímenes. Hoy es un imperio que se radicaliza en una situación diferente.

Este retorno al pasado parece estar más asociado a la debilidad que a la potencia. No es el resultado de una nueva etapa en la construcción de su dominio global, sino el intento de recobrar cierto poder en un escenario nuevo. A diferencia de lo ocurrido a principios del siglo XX, hay en este momento un actor nuevo que resulta una pieza clave de estas luchas imperiales: China. La idea de que vivimos una transición imperial con implicancias globales entre Estados Unidos y China es una hipótesis central del mundo contemporáneo que de alguna manera debería estar más presente para entender estos procesos. Y dicha transición no solo se da entre países, sino entre áreas del mundo. Luego de algunos siglos, el poder global parece retornar a Oriente.

Es en este contexto que el belicismo estadounidense emerge como el nervio más básico para imponer orden en una región que consideran suya. Se trata, de todos modos, de un belicismo con un límite explícito. Hoy vivimos una situación insólita: Trump dice que está gobernando Venezuela sin un ejército de ocupación. Si bien amenaza con nuevos ataques si los funcionarios del «antiguo» régimen no cumplen sus reclamos, ya ha explicitado que no habrá ocupación, algo que se explica en que un sector importante de sus votantes se resiste a intervenciones con soldados estadounidenses luego de los desastres militares cometidos en Oriente Medio.

Además de sus propios límites, este retorno al viejo imperialismo en América Latina tiene otras interpelaciones claras. Aunque Estados Unidos insista en promover la explotación de recursos y en expulsar a sus competidores, la realidad económica es mucho más compleja y resiste cualquier voluntarismo imperial. En varias zonas de América del Sur hay inversiones chinas muy importantes e incluso hay gobiernos cercanos a Estados Unidos que hasta el momento no habían visto contradicción alguna en hacer negocios con China y ser proamericanos. Además, la estructura productiva se orientó al desarrollo de materias primas asociadas a las demandas chinas, como lo ejemplificó la expansión del mercado de soja. Por último, América Latina se ha llenado de bienes de consumo de origen chino a precios más competitivos. ¿Qué hará Estados Unidos con todo esto? ¿Tiene capacidad para ofrecer alternativas a este entramado comercial y económico? ¿Las élites económicas se adecuarán a ese nuevo orden trumpeano a costa de sus propios intereses? ¿Es tan claro que China aceptará esa división del mundo en lo que refiere a aspectos comerciales?

El otro obstáculo es la sociedad latinoamericana. Se puede hablar muchísimo de su relación con la idea democrática y habrá optimistas y pesimistas, pero nadie en su sano juicio podría decir que hoy estamos como en 1904, cuando el corolario Roosevelt sostenía el imperialismo racializado y autoritario que esta administración intenta reivindicar. Puede que Trump y su entorno sigan pensando así, pero las resistencias a esas concepciones son muy fuertes en Estados Unidos y América Latina, más allá del avance de las extremas derechas en materia electoral.

El propio discurso imperial estadounidense se sostuvo en la defensa de la libertad y la democracia. Esgrimiendo la lucha anticomunista, llegó a justificar y promover dictaduras para mantener, supuestamente, esos valores. Pero también construyó espacios de adhesión y legitimidad de numerosos sectores de la población latinoamericana que veían en Estados Unidos un modelo a imitar. En estos días algunos grupos de la derecha latinoamericana, portadores de esa creencia, festejaron el secuestro de Nicolás Maduro como un triunfo de la libertad y la democracia. Aunque Trump hubiera podido capitalizarlo, ya que el caso venezolano representó un duro golpe para la vocación democrática de las izquierdas latinoamericanas que tuvieron dificultades para distanciarse a tiempo del creciente autoritarismo del régimen, optó por aclarar que esa era la última prioridad de esta intervención. A la «doctrina Donroe» le importa poco si el gobierno es una dictadura o una democracia, solo le interesa Estados Unidos. Difícil pensar que ese lineamiento de política exterior concite adhesiones en la región. Tal vez en el corto plazo seduzca a algún país con algunos recursos, pero en el mediano plazo las ideas de soberanía nacional y democracia seguramente articularán resistencias políticas a estos impulsos imperiales.

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