Raffaella Carrà (1943-2021)

Ella, la mejor de todas

No vale buscarle la quinta pata al gato, por más que el gato sea, más bien, un ciempiés. La razón por la que su muerte desató una oleada de amor es la más simple y quizás la única por la que los pueblos aman a sus ídolos: porque les dan alegría. En este mundo a menudo miserable (y si lo serían los años setenta y ochenta en este sur al que le cantó), las canciones de Raffaella fueron la banda de sonido de nuestros momentos más felices.

Wikimedia, s. d. DE autor

Luego sí, podemos hablar de todo el resto. Los íconos no vienen a carradas –el juego de palabras viene como anillo al dedo– y son muchas las condiciones que tienen que confluir en una artista, entertainer, o como quieran llamarla, para que solo con delinear su silueta baste para reconocerla. Raffaella Carrà cosechó, a lo largo de su carrera, todos esos calificativos: diosa, ícono, diva, símbolo, reina. Y como tal la despidieron los medios y la gente de todo el mundo en las redes, mientras que, en Roma, una capilla ardiente permaneció abierta por tres días. Y decimos la gente y no los fans o sus admiradores porque Carrà generó otra especie de incondicionalidad, no la que se establece entre una celebridad y sus fanáticos –que saben todo de su vida y su obra y gastan remeras con su rostro–, sino la de los que, incluso sin saber qué fue de ella en los últimos 40 años, todavía se encienden al escuchar, casualmente, una de sus canciones, porque con ellas recuperan una parte de su historia.

LA MAGDALENA

Pero si fuera solo eso, la explicación sería insuficiente: las canciones de Carrà no son la magdalena de Proust («¡Faltaba más!», gritará alguno), sino otra cosa: no el disparador de una memoria profundamente arraigada en nuestra psique y que nos transporta instantáneamente del presente al pasado, sino al revés: uno que nos trae del pasado hasta acá, intactos, a ser como fuimos, gracias a una alegría que se verifica cada vez. Sin embargo, y a diferencia de la proustiana magdalena, lo que vuelve irresistible todo el asunto es que el efecto se produce al unísono en todos los presentes. Es un secreto que está, claro, en la música, en las letras, pero también en su voz y su manera de cantar, en la intensidad y frontalidad de su mirada, en los movimientos y pasos de baile. Una presencia que tenemos guardada en nuestras retinas y que se materializa de inmediato al escucharla con eso de lo que están hechos los íconos: una energía avasallante, franca y directa que se planta y dice lo que vino a decir. Y lo que vino a decir, aunque a primera vista no lo parezca, es grande.

Aquí en «el sur» recordamos perfectamente cómo eran los setenta y los ochenta, años de represión y muerte. Nadie que no haya vivido esa época podrá convocar el tamaño de aquella tristeza, el miedo y la intemperie. La situación europea era diferente, pero tampoco estaban libres: España salía de una dictadura de 40 años, Italia enfrentaba la violencia política y el asalto al corazón del Estado por las Brigadas Rojas, que llegó a su punto más dramático con el asesinato de Aldo Moro en 1979.1 Por otra parte, en la determinación de la moral social, la fuerza de la Iglesia Católica era, en ambos países, total. Raffaella Carrà había comenzado su carrera como actriz, pero tras una experiencia no muy satisfactoria para ella en Los Ángeles, después del rodaje de El expreso de Von Ryan, con Frank Sinatra y Trevor Howard, regresó a Italia. Fue entonces cuando comenzó su larga y exitosa carrera como conductora televisiva, que alternó con sus canciones y coreografías. El éxito de Raffaella es inseparable de la televisión como medio y es difícil encontrar otro caso en los setenta –y menos del sexo femenino– en que el medio y la estrella se fundieran tan perfectamente. Muy rápidamente, Raffaella comenzó a reinar en un mundo –el de los presentadores televisivos– dominado por los hombres y lo hizo con la impronta de la mujer sexualmente liberada, imponiéndose al público italiano por su simpatía, pero, sobre todo, por su valentía para plantar cara. A pesar de ello, como ella misma lo reconoció, desde siempre su público fue verdaderamente familiar y popular: quienes la veían eran las señoras en sus casas, sus maridos aficionados al deporte y también sus hijos.2

OVER THE RAINBOW

Nadie hubiera dicho que las letras adecuadas para transformarse en éxitos en ese segmento familiar serían arengas a las mujeres para tomar la iniciativa en el sexo («En el amor todo es empezar»), historias sobre la homosexualidad masculina como un hecho corriente de la vida («Lucas»), la masturbación como alternativa al alcance de la mano («5353 456»), el reclamo del disfrute sexual en su variedad más kinky («Santo, santo») y la afirmación absolutamente revolucionaria…  de que hay que hacer el amor con quien a uno se le dé la gana («Hay que venir al sur»). Lo notable es que Raffaella lo canta de manera tal que no se puede decir ni que esté escondido ni que esté a plena luz, en canciones de música tan alegre, festiva, pegadiza y en apariencia tan inofensivas, que le quitaban cualquier atisbo de esa sensualidad que los represores detectaban como escandalosa. Sin embargo, la obra de Carrà no siempre escapó a la censura, que entre otras cosas tuvo como consecuencia que, en estas tierras, la versión en español de «Hay que venir al sur» no dijera «para hacer bien el amor», sino «para enamorarse bien».

Además, con esos ojos de los que parecían saltar chispas, una sonrisa que iluminaba el mundo, el pelo rubio que, a pesar de las más violentas sacudidas, quedaba siempre más o menos en su sitio, unas mallas ajustadas con brillos y lentejuelas que remitían directamente al glam y pasos de baile absolutamente idiosincráticos, Raffaella Carrá se transformó en un ícono del movimiento gay, quizás no tanto por ser una pionera en la visibilización LGBT en los medios de comunicación masiva –que lo fue–, sino por esos mecanismos más sutiles con los que la comunidad percibe ciertos elementos que la reflejan. Y es que, por más que lo desee, ninguna figura se transforma en un ícono gay por decisión propia, sino que son elegidas tácitamente por la comunidad y de una manera casi mediúmnica (como lo fueron Judy Garland, Cher, Madonna, Britney Spears, Robyn o Lady Gaga, entre otras). Sin siquiera entrar en sus canciones, es fácil ver cuánto de gay hay en Raffaella: el brillo, la actitud espléndida, el espectáculo cercano al drag, pero alegre, sin esa parte un poco oscura que suele acompañarlo.

Hubo otras cercanías a lo social y lo político en su vida. Su afirmación, tan citada en los últimos días, de que en las luchas sindicales se situaba siempre junto a los obreros; su poco empacho en declarar que votaba siempre comunista; sus gestos humanos en el trabajo, tan alejados de todo lo que se identifica normalmente como el comportamiento de las divas. La austeridad de su cortejo y arreglos fúnebres también hablan de esa impronta: por el Campidoglio, sede del ayuntamiento romano, hasta ayer desfilaron aquellos que quisieron despedirse tocando el austero ataúd de madera cruda, sin adornos ni tallados, situado en un modesto altar con flores amarillas y fotos.

Otras despedidas serán posibles en estos días. El inminente estreno en las salas nacionales del filme español Explota, explota, de Nacho Álvarez (director uruguayo hermano de Fede Álvarez) –un filme que si bien no es un biopic de Raffaella, es un homenaje a ella a través de sus canciones–, es una buena oportunidad no solo de volver a las salas de cine, sino de reeditar lo que sucedió durante el estreno de la película en el Festival de San Sebastián, el año pasado, cuando el público no pudo contener las ganas de ponerse a cantar y bailar y así lo hizo. Es sabido, lo mejor es no oponer resistencia. Seguramente Raffaella les diría que se sientan libres.

1. Dicho sea de paso, fue este hecho el que determinó que Carrà se fuera de Italia, ya que, según declaraciones hechas a L’Espresso, no pudo soportar la vergüenza de que la Rai no le permitiera levantar su programa Ma che sera durante la crisis que derivó en el asesinato de Moro (puede verse, por ejemplo, en Buenos días, noche la intención irónica de Marco Bellocchio al mostrar a los secuestradores atentos a su programa).

2. «Non m’ispiro a nessuno. Parlo ai bambini, ai padri appassionati di calcio, alle mogli, insomma alle famiglie italiane che guardano la TV

Artículos relacionados