I
A veces parece que nos hemos acostumbrado a la mirada puntual, de refilón, transversal. Caminando por las calles sin escrutar los rostros de las personas que nos cruzamos, engarzados en nuestros propios pensamientos, atentos a la notificación del celular, en ocasiones con auriculares y micrófono para responderle de inmediato a quien nos habla desde algún sitio remoto, avanzamos en una geografía interna, desligada del trazado de la ciudad, como habitantes de un mundo autónomo, diseñado a nuestro criterio. Al movernos en auto por un sitio que no conocemos, el ojo ya no se detiene en un poste, una fachada o un árbol que pueden mojonar el derrotero, pues, por los omnipresentes parlantes, la voz mecánica de una mujer dirige el periplo metro a metro. La generalizada falta de atención que vivimos se ha conjurado con una transformación en el dominio del tiempo. Ya no es posible la espera porque ese tiempo muerto debe completarse con algo. Con una secuencia de reels, por ejemplo. Y como la espera pasiva ya no es posible, erradicamos la contingencia del aburrimiento, ese sosiego mental atado a la quietud física que activa la mirada y le proporciona al cerebro nuevas conexiones, escindidas del fárrago inmediato de la cotidianeidad. Practicar la contemplación, la mirada detenida y ociosa sobre un fenómeno determinado sin ningún tipo de retribución, por el mero hecho de hacerlo, es una práctica en extinción en este presente hiperconectado y eterno que habitamos.
II
Un par de meses atrás comencé a observar los desplazamientos de una pareja de teros en el campo del vecino, muy cerca del patio de mi casa. Era la primera vez que veía, en los años que llevo viviendo en esta zona, que los teros se movieran tan cerca de las poblaciones, con las crestas enhiestas y ese andar marcial, entre agachadas, con el que cubren un territorio amplio a paso limpio, alzando vuelo de inmediato cuando alguien se aproxima. Los movimientos, descubrí el primer día, se circunscribían a una zona determinada, cercada por algunas carquejas y unos yuyos rastreros, el sitio donde se encontraba el nido. Al día siguiente comprendí la razón de su cercanía al patio: venían a usufructuar los bebederos para pájaros que coloqué bajo los sauces eléctricos, en los días que comenzó a apretar la calor. La primera mañana asistí a una auténtica guerra aérea entre los teros y otros pájaros que se acercaban al nido. Horneros, calandrias, tordos y hasta una pareja de cardenales eran perseguidos por los dos teros cada vez que planeaban o se paraban cerca del nido. Un grito bélico contenido, como un raspaje de cacareo, señal de alerta y llamamiento, iniciaba la ofensiva. Luego, los espolones rojizos en los codos de las alas se desplegaban en formación de ataque y si algún intruso osaba arrimarse en medio de ese ritual, era perseguido pie a tierra, y recibía una topada en el aire si no lograba alejarse a tiempo. Yo mismo, que me acerqué a reponer el agua de los bebederos durante un mediodía especialmente tórrido, sentí como uno de los teros me rozaba el ala del sombrero de paja. Lo espanté con unos gritos estridentes y unos manotazos de ciego, que seguramente provocaron más extrañamiento que miedo en mi agresor. A los pocos días, tras una noche caliente de primavera tardía, los dos teros aparecieron acompañados por tres pichones.
III
En las páginas que Juan José Saer le dedica al poeta Juan L. Ortiz en El río sin orillas, reconstruye el preciso momento en que nació una isla en el río Paraná. Ocurrió un día a finales de los años cincuenta, mientras el entonces escritor en ciernes visitaba al poeta veterano en su casa sobre la Bajada Grande, en Paraná, con la puerta de cara al río. Desde las barrancas contemplaron Saer y otros a la isla emergiendo por primera vez a la superficie, «como el cráneo redondo y oscuro de un recién nacido saliendo desde el vientre de su madre». El momento reconstruido en la escritura es un triunfo de la contemplación: «Al principio debió haber sido una agitación leve de la corriente, que el ojo inexperto debía tomar por un remolino, formada bajo el agua por la resistencia de los depósitos aluvionales, hasta que por fin, alcanzando la superficie, habiéndose acumulado lo bastante como para llegar a ras del agua, una protuberancia marrón y lustrosa emergió al exterior y empezó a crecer. Groseramente circular, la forma alargada se fue pronunciando, modelada por la dirección de la corriente, y cuando fue lo bastante alta, tuvo sin duda la ocasión de secarse un poco, de salir del magma barroso probablemente tan arcaico como el barro mítico del primer hombre, y diferenciarse de él, ser, no todavía isla, pero tampoco sustancia informe, hasta que, sembradas por los vientos de la primavera, las primeras hierbas y las primeras plantas empezaron a brotar».1
IV
Con pasos torpes, temerosos, sin alejarse demasiado de las alas protectoras de sus progenitores, los tres pichones buscaron la sombra de los sauces eléctricos y el agua en los bebederos. Seguí sus desplazamientos durante toda la mañana, camuflado bajo el alero, prácticamente sin moverme. Cada vez que el vuelo rasero de otro pájaro o el ruido del motor de un auto en el camino cercano se volvían amenaza, los dos teros reagrupaban a la tropa y formaban un único organismo, cubriendo los más grandes con sus cuerpos a los pequeños. Cuando una calandria se acercó, despreocupada, a tomar agua, uno de los teros rompió la formación y se le fue al humo.
V
Juan José Morosoli, ese cuentista que hizo de la contemplación uno de los horcones del edificio de su arte, describe en «El asistente», uno de sus últimos relatos, la forma más extrema de la contemplación: la postrera. Almada, el protagonista, ha devenido en acompañante de moribundos, situación en la que queda solo con el que se apronta a dejar atrás este plano de las cosas, sonriéndole a veces, haciéndole señas con las manos, ayudándolo a entrar en la laguna negra definitiva mientras «el otro, sin dolores ni pensamientos, solo tenía ojos que se prendían de las cosas, tratando de llevarlas hacia adentro, por llevar algo que estuvo en su vida».22
VI
Durante los días que estuve siguiendo el movimiento de los teros por el patio, dos por tres pensaba en John Alec Baker, aquel encargado de la Asociación Automovilística de Chelmsford, capital del condado de Essex, al este de Inglaterra, que entre 1955 y 1965 se dedicó a observar la presencia de halcones peregrinos en la región. A veces a pie y otras en bicicleta, con unos binoculares colgados del cuello y una libreta en el bolsillo del pantalón, Baker siguió el paso de las aves contemplando no solo sus hábitos, sino también cómo se vinculaban con el entorno, dándole forma a un registro que luego publicaría como El peregrino, que, además de halcones, está atravesado por silbones, mosquiteros, agujas, arrendajos, avefrías, cárabos, camachuelos y un centenar de otras especies de aves. Se trata del libro de un gran contemplador, de alguien que mira el universo y se detiene en los detalles, como en este pasaje: «Por primera vez en el año hubo sol todo el día. Nunca en mi vida había visto un día tan claro y tan frío. Al norte del camino del vado había una garza hundida en la nieve hasta las rodillas. El viento no la mecía; las largas plumas grises no se le erizaban. Regia, helada y muerta, afrontaba el viento en su fino sarcófago de hielo. Daba la impresión de estar ya a dinastías enteras de mí. La he sobrevivido, como el mono balbuceante sobrevivió al dinosaurio».3
VII
Hay una foto impresionante del escritor estadounidense Thomas Wolfe, poco antes de su temprana muerte, a los 37 años, en la que se lo ve de espaldas a la cámara, de sombrero y con un traje oscuro, apoyado contra su auto y con la mano derecha en el bolsillo bajo del saco, contemplando el nevado monte Hood, en Oregón. Unos meses antes se había propuesto recorrer todo el Oeste de Estados Unidos, recalando en sus 11 parques nacionales, con la intención de que sus ojos se apoderaran de cada detalle, de cada minucia del ambiente, para volverlo luego literatura, incrustándolo todo en esas novelas y cuentos torrenciales que escribía. Pocos días después del momento que capta la fotografía, mientras se encontraba en Seattle, Wolfe contrajo una neumonía que se complicó en una tuberculosis miliar y a los pocos días murió. Este hombre gigante y candoroso que, según contaron luego algunos de sus amigos, se largaba a reír de improviso en medio de una caminata por el solo hecho de estar vivo, forjó en la contemplación el metal único de su escritura, como lo grafica este pasaje de «El tren y la ciudad», uno de sus primeros cuentos: «Afuera el campo estaba desnudo y desolado, aunque de pronto estallaba en algunos puntos con el fulgor de abril –un árbol en flor, un retazo de hierba, un corrillo de flores–; estaba increíble, inexpresable, salvaje, inmenso y delicado. Y afuera había grandes vagones de acero, locomotoras increíbles, raíles relucientes, toda la extensión de las vías, la vasta mugre indiferente y la oxidación de los tonos, el buen hacer de los mecánicos, la enorme indiferencia hacia los acabados suaves. Y dentro, el verde opulento y la fastuosidad de los coches Pullman, la suave luz de sus bombillas y la gente parada allí por un instante, formando una escena de viveza incomparable mientras avanzábamos, avanzábamos, miles de átomos, hacia el fin de nuestro viaje en algún punto de aquel poderoso continente, atravesando la faz inmensa y solitaria de aquella tierra eterna».4
VIII
Después de una llovizna pertinaz, uno de esos inexplicables quiebres que provocan ciertas nubes entre el rigor del mormazo, el patio todo pareció animarse, llenándose de vida. Los tres pichones se mostraban confundidos al desplazarse entre los pastos mojados, mientras los dos teros mayores no les quitaban la mirada de encima, siguiéndolos a cierta distancia, siempre alertas a la incursión de algún otro pájaro. Uno de los teritos, al parecer el más osado, que a diferencia de sus hermanos iba ampliando el área de exploración en sucesivas rondas, mientras los otros limitaban los pasos al terreno conocido, se detuvo de golpe en mitad del recorrido y auscultó desde su pequeñez la inmensidad del patio reverdecido. Algo parecía moverlo a la quietud: el instinto de la especie o un temor primordial. De pronto, su pequeño pico bajó hacia la tierra y apareció con una criatura alargada y color ceniza, desesperada y gritando en su mudez, que se agitó unos instantes antes de ser engullida.
- El río sin orillas, de Juan José Saer (Seix Barral, Buenos Aires, 2003). El fragmento sobre el episodio de la isla también puede ser leído como un texto independiente en Islote municipal, volumen editado por la Universidad Nacional de Entre Ríos en 2016, con escritos de varios autores sobre el territorio de marras. ↩︎
- Tierra y tiempo, de Juan José Morosoli (Biblioteca Artigas, Montevideo, 2017). ↩︎
- El peregrino, de J. A. Baker (Sigilo, Buenos Aires, 2016). La traducción es de Marcelo Cohen. ↩︎
- Cuentos, de Thomas Wolfe (Páginas de Espuma, Madrid, 2020). La traducción es de Amelia Pérez de Villar. ↩︎



