Elogio del azar

Que una persona sin responsabilidades públicas e imbuida en el mundo mágico del reiki y las flores de Bach crea que “las cosas no pasan porque sí” no es sorprendente y, digámoslo así, tanto da. Ahora, que el presidente de la República recientemente electo elija destacar esta idea en uno de sus primeros discursos es algo que puede resultar un tanto inquietante.

La primera cuestión que correspondería afinar es qué significa que las cosas pasan por algo, qué se quiere decir con esta frase tan repetida. Hay dos formas de interpretar esta formulación imprecisa, que supone una concepción determinista del curso de la historia: o bien se refiere a un proceso de causalidad, o bien es la expresión de un propósito superior. En la primera visión, esa determinación del presente por el pasado se explica como consecuencia lógica de una secuencia de eventos que actúan como causa y efecto, mientras que, en la segunda, lo hace por la existencia de un plan divino o por misteriosos mecanismos de armonía cósmica que expresan un designio.

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Ya algunos siglos antes de Cristo los estoicos afirmaban que el destino estaba trazado causalmente por una sucesión de acontecimientos encadenados, lo que le asignaba un sentido casi mecanicista y alejado de la superstición a su perspectiva determinista. De este modo, se anticiparon un par de milenios a los materialistas ilustrados, que postularon un determinismo apoyado en la ciencia y los principios de causalidad. Las cosas no suceden porque sí, sino porque obedecen a principios que se expresan mediante leyes científicas, las cuales se derivan mediante el empleo de la razón.

La más pura y dura definición de esta idea, formulada por el célebre astrónomo, matemático y físico francés Pierre‑Simon Laplace, es conocida como “el demonio de Laplace”: “Una inteligencia que, en un instante dado, conociera todas las fuerzas de la naturaleza y la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente grande como para analizar estos datos, incluiría en la misma fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada sería incierto para ella, y el futuro, así como el pasado, estarían frente a sus ojos”.

Se trataba de una visión impregnada de una confianza ciega en la capacidad humana de entender las leyes de la naturaleza y de hacerlo con total prescindencia de dios, esa hipótesis innecesaria, como se atrevió a lanzarle en el rostro el propio Laplace al mismísimo Napoleón Bonaparte.

Con los años, aquel determinismo duro se fue adaptando a los nuevos tiempos e incluyó la estadística, el cálculo de probabilidades y otras herramientas que aceptan la existencia del azar y de eventos espontáneos que no responden a causas anteriores. Las mutaciones y los errores de réplica genéticos que se producen aleatoriamente estaban en la esencia de la teoría evolutiva y mostraron que el azar, además de una prueba de nuestra ignorancia de las causas (lo que sería el azar epistemológico, un fenómeno subjetivo), puede tener un valor objetivo o un carácter ontológico.

Aceptar la existencia del azar y reconocer que nuestro conocimiento en muchas áreas se limita a una probabilidad fue un refrescante baño de humildad. Con el surgimiento de la mecánica cuántica, en 1925, el debate sobre el determinismo cobró un nuevo impulso y dio lugar a dos corrientes, que se mantienen hasta el día de hoy, con visiones enfrentadas. Los defensores de la interpretación de Copenhague, que le asignan un valor ontológico a la indeterminación y dan por superado el determinismo causal, y los de una interpretación realista, basada en que sus asombrosamente precisas predicciones siguen siendo deterministas, aunque sólo se expresen en términos probabilísticos.

Carta natal / Fuente: Astrodienst

Más allá de estos vericuetos un poco al margen, lo interesante es notar que este determinismo causal no es otra cosa que un principio de legalidad y una forma de reivindicación de la racionalidad en oposición a la existencia de sucesos de carácter mágico. Los eventos ocurren, conforme a leyes, aunque estas nos sean ocasionalmente desconocidas. Es lo que Einstein resumió con su memorable “Dios no juega a los dados”.

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Es evidente que no era esta la acepción a la que se refería el presidente. Desde otro extremo, para quienes, a diferencia de Laplace, parten de la hipótesis de dios, la idea de que las cosas no pasan porque sí no apunta principalmente a una consideración causal, aunque pueda incluirla. Como veíamos antes, se trata de una hipótesis mucho más aventurada, de carácter teleológico: las cosas suceden porque existe una finalidad detrás, conforme a la voluntad de una entidad superior.

Esta acepción del fatalismo, el sentido de un propósito implícito, está presente, con variantes y más o menos explícitamente, no sólo en las principales religiones, sino también en los misticismos de las corrientes new age tan de moda. Herederas de un mix entre orientalismo genérico y la noción más bien esotérica de sincronicidad –según la cual unas coincidencias inexplicadas entre dos sucesos responderían a mecanismos ocultosno causales pero vinculados por el significado–, del psicoanalista Carl Gustav Jung, varias corrientes de esta nueva espiritualidad comparten un rechazo casi principista del azar. Las coincidencias y las casualidades no existirían más que como expresión de alguna totalidad cósmica o una voluntad de carácter holístico, que se expresa en términos de una hipotética armonía universal o como producto de energías misteriosas que operan en el universo más allá de las limitadas leyes de la física y por fuera del entendimiento humano.

Pero si las cosas suceden por algo y ese algo responde a la voluntad de un ser todopoderoso y bondadoso o a un karma, que actúa como una ley de justicia universal, ¿qué razón habría para intentar modificar el curso de los acontecimientos? ¿Qué sentido tendría cualquier esfuerzo por torcer un destino que cuenta ya con las garantías necesarias de un creador omnipotente, un plan divino o una armonía cósmica de tipo metafísico?

Es bastante evidente que, contrariamente al determinismo causal, que logró superar sus insuficiencias y limitaciones iniciales combatiendo el dogmatismo e integrando los avances de la ciencia, estas concepciones de designio son esencialmente dogmáticas. En lugar de alentar la racionalidad y el deseo de saber, promueven el oscurantismo, porque refuerzan los prejuicios y la superstición, apelan a verdades reveladas, fomentan el pensamiento mágico y favorecen las teorías conspirativas.

La idea de la predestinación tiene una larga y penosa historia como principal combustible del más duro conservadurismo y como contrapeso de todo intento de progreso social y modificación del statu quo.

Atendiendo a las supuestas bondades de esa sabiduría cósmica o de carácter divino, la humanidad no se hubiera rebelado contra la esclavitud ni las monarquías, y las mujeres seguirían recluidas realizando exclusivamente “tareas propias de su sexo”. Pero detrás de este tipo de fatalismo hay también una gran perversidad. Pensar que el terremoto que dejó a más de 300 mil personas sepultadas en Haití en 2010 o cualquier otro cataclismo se producen con algún propósito oculto no habla muy bien de la salud mental ni del ideólogo ni del perpetrador (por no mencionar la de quienes defienden estas tortuosas ideas). El sismo ocurrió, por supuesto, como consecuencia de la liberación de tensiones acumuladas en las placas tectónicas, pero la tragedia humana sucedió sencillamente porque sí, por pura desgracia, por azar. Un azar que, convengamos, tiene la enorme virtud de librarnos de la peor de las hipótesis: sentirnos monigotes a merced de un dictador lunático con propósitos ininteligibles.

Creer que hay un plan detrás de hechos casuales, con el ingrediente supersticioso que ello deja en evidencia, no es algo que uno querría saber de un presidente que tendrá como tarea central enfrentarse a una infinidad de problemas bien reales, para mejorar las condiciones de vida de la gente.

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