Empatar y ver qué pasa - Semanario Brecha
La costumbre uruguaya de depender de otros

Empatar y ver qué pasa

Una vez más, la selección uruguaya se las ingenió para complicarse en un grupo en el que cualquier otro equipo digno hubiera podido clasificar caminando. Es como si algún mecanismo mental operara a la hora de adoptar el papel que debería correspondernos de acuerdo a nuestras propias capacidades: fallamos ante rivales débiles para luego buscar la hazaña ante los poderosos. En algo hemos venido errando en los últimos 70 años.

Manuel Ugarte (izq.) y Guillermo Varela (der.) disputan la pelota con Garry Mendes (cen) de Cabo Verde, en un partido del grupo H, el 22 de junio. EFE, Alberto Estevez.

En el plano deportivo –y en tantos otros– los uruguayos somos procrastinadores. Si se puede clasificar en el primer partido (como ocurrió en este Mundial), mejor empatar y esperar al segundo. Si ganando por tres goles aseguramos la clasificación, mejor ganar por uno y sufrir o directamente empatar. Si podemos depender de nosotros mismos, haremos lo mínimo, para terminar dependiendo de un tercero. Como si una suerte de pulsión narrativa nos obligara a apelar al drama cuando, si de cotejar capacidades se tratara, no habría forma de que Uruguay perdiera puntos con Cabo Verde.

Claro que esto no fue siempre así. Hasta 1957, la selección uruguaya era –sin ningún tipo de discusión posible– la más grande del mundo. Habíamos perdido solo dos partidos por mundiales (invictos en 1924, 1928, 1930 y 1950, cuartos en 1954) y ya teníamos nueve copas América ganadas, las mismas que Brasil acumula al día de hoy. Pero en 1957 Paraguay nos metió cinco y quedamos afuera del Mundial por primera vez.

En ese momento, que coincidió con el final de la Suiza de América, comenzó la transformación del fútbol uruguayo. Como si el miedo a perder nos hubiera transformado en un equipo sin convicción ni ambición, hasta con pánico escénico, que en determinado momento se acostumbró a no jugar los mundiales (entre 1994 y 2006 quedamos afuera en tres de cuatro y en el que fuimos no pasamos la primera fase) y a depositar la responsabilidad en un agente externo (la FIFA, Tenfield, Luis Cubilla o la máxima figura del momento). Uruguay no gana ni pierde por ser mejor o peor que el rival: gana de milagro o pierde porque el técnico no se habla con los jugadores, porque nuestra presencia molesta a la FIFA, porque está todo armado para la Argentina de Messi.

Si el fútbol uruguayo pudiera acostarse en un diván, cualquier psicólogo podría hacerse un festín.

RESPONSABILIDAD COMPARTIDA

Lo dicho: Uruguay es un gran tercerizador de su destino futbolístico. Como si necesitara clasificar dependiendo de otro, como si el temor a perder nos llevara incluso a preferir no jugar. Solo salimos a buscar el partido cuando no queda otra opción: si por nosotros fuera, no saldríamos del vestuario y empataríamos los tres partidos. Lo que –visto el rendimiento celeste en Norteamérica y el mecanismo de clasificación– no hubiera estado tan mal.

No en vano Uruguay propuso que el próximo Mundial sea disputado por 64 equipos. Si nos dejan, propondremos que clasifiquen los mejores cuartos, lo que nos daría la chance matemática de clasificar incluso perdiendo los tres partidos por poco, aunque eso suponga perder un invicto de más de 100 años.1

La historia celeste está plagada de ejemplos en los que dependimos de un resultado milagroso. Un trabajo de Rosdom Belian en su sitio Fútbol sin Pelota menciona varios ejemplos. Solo por citar algunos: en la Copa América del 83 clasificamos porque Chile no le pudo ganar a Venezuela (en la época en la que cualquiera le ganaba a Venezuela). En el Mundial de México del 86 clasificamos gracias a que la Unión Soviética le metió seis goles a Hungría. En la Copa América del 89 necesitábamos que Chile le ganara a Ecuador, pero por no más de dos goles. Y le ganó por uno.

La lista es interminable.

APRENDER A NO SUFRIR

Una cosa es «saber sufrir», tal como lo expresó en su momento Óscar Washington Tabárez, y otra muy distinta es sentirse obligado a hacerlo. En algún momento tenemos que aprender a asumir el papel que nos corresponde e ir y ganarle por tres o cuatro goles a todo equipo semiamateur que se nos pare enfrente.

Pero claro: esa misma tendencia al dramatismo, a complicar lo sencillo y a convertir un trámite en algo épico es lo que nos lleva a no terminar de sacar los pasajes de vuelta. Secretamente, creemos que esa misma incoherencia nos puede permitir codearnos otra vez con la gloria, volver a recordarle al mundo la valía de estas cuatro estrellitas que coronan nuestro escudo, sacarle una sonrisa a Obdulio, hacer que el planeta fútbol nos vuelva a tomar en serio.

Por eso, cuando este viernes por la noche arranque el partido ante la poderosa España y de la boca para afuera digamos que todo está perdido, que no vuelvan, que menos mal que el gobierno sacó las tanquetas a la calle porque lo que se necesita es mano dura y bien que con los milicos se ganó la Copa de Oro, que nunca nos fue bien con técnico extranjero, que Valverde es un pechofrío y que hay que jugar con los de acá, por dentro, sin decirlo, tendremos la esperanza de que, una vez más, la hazaña se produzca y podamos otra vez alcanzar nuestro máximo objetivo: empatar y ver qué pasa.

  1. Desde la disputa de la Copa América de 1917 y hasta nuestros días, Uruguay nunca perdió un partido de local por Copa del Mundo o Copa América. Los últimos los jugó en la Copa América de 1995. Probablemente el próximo lo disputemos en apenas cuatro años. ↩︎

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