En cautiverio - Brecha digital

En cautiverio

Netflix, hoy una de las mejores productoras de series estadounidenses, que entre otras ha lanzado las exitosas The Killing, House of Cards y Arrested Development, arremetió con esta notable propuesta el año pasado: la segunda temporada de “Orange is the New Black” fue exhibida este año.

Basada en un best-seller de la ex reclusa Piper Kenan, en el que relata su experiencia en la penitenciaría de “mínima” seguridad de Litchfield, Nueva York, esta serie se centra en su álter ego, la rubia universitaria Piper Kenan, arrestada por un breve escarceo con el narcotráfico y condenada a 15 meses de prisión, en la que le toca convivir con un universo de mujeres excluidas –literalmente– de la sociedad.

Procesadas ya sea por delitos menores o gravísimos, dementes rematadas, drogadictas y ex drogadictas, blancas, negras, latinas, hillbillies, rusas, asiáticas, jóvenes y ancianas, esta variadísima fauna la acompaña en su estadía, en muchos casos para hostigarla y complicarle la existencia.
Como en buena parte de las mejores series que nos llegan desde Estados Unidos (Game of Thrones, Breaking Bad), el reparto es fenomenal. Una docena de actrices (muchas de ellas desconocidas para el gran público) se desempeñan proveyendo una sustancia humana que es el principal ingrediente para la serie. Especialmente notables en sus papeles están Laura Prepon como Alex Vause, ex novia de Piper y quien en definitiva la condujo al mundo del narcotráfico, Uzo Aduba como la inestable Crazy Eyes, manipulable y propensa a arrebatos de violencia, Kate Mulgrew como Red, apodada así por el color de su pelo pero también por sus orígenes rusos, Yael Stone como Lorna Morello, una chica adorable cuyo pasado es de los más inquietantes del cuadro y, quizá la mayor revelación, Taryn Manning (Pennsatucky), quien según la jerga carcelaria es una methhead, una chica con el cerebro quemado por la metanfetamina y que, implacable, no tolera burlas o destratos de ningún tipo.

Si bien se trata de una prisión con muchas comodidades, desde una óptica tercermundista (una cárcel vip de acá no podría acercarse a las condiciones de vida presentadas), el abordaje se centra sin embargo en las circunstancias que oprimen a los personajes, ya sea la discriminación, las desigualdades, los abusos de poder, las estructuras jerárquicas, las injusticias. Frente a esta realidad, las convictas negocian, traman, despliegan estrategias en su discurrir diario. La estructura narrativa de los episodios por lo general es del tipo de Lost, se presenta a un personaje y mediante varios flashbacks intercalados en la narración se dan a conocer su vida pasada y las razones de su confinamiento. Así el espectador toma conocimiento del entorno y de todas las personas implicadas en el cuadro coral, interiorizándose en el perfil de los personajes, participando de un proceso de “des-estereotipar” por el cual cada una de ellas va adquiriendo una notable densidad emocional y psicológica. Incluso los mismos guardias a cargo de la seguridad de la prisión van adquiriendo un perfil cada vez más interesante.

Asimismo, se expone brillantemente cómo un pequeño cambio en la estructura de poder puede modificar radicalmente los comportamientos. Por ejemplo, Taystee (Danielle Brooks), quien en un comienzo se muestra como una chica simpática y agradable, en la segunda temporada adquiere un perfil de bully, dejando asomar costados profundamente reprobables; esta metamorfosis es percibida por la audiencia como algo lógico, como parte de una sucesión de acontecimientos que, en definitiva, la vuelven hasta comprensible. El guión, cambiante, oscilante entre la comedia negra y el drama más turbador, sostiene el suspenso sin nunca perder de vista el costado social.

Es cuando menos interesante la forma en que desde el libreto se trabaja la ansiedad del espectador: si bien cada capítulo tiene cierta unidad y generalmente sobre el final su planteo principal se cierra, al mismo tiempo se abren y se dejan picando otros elementos, quizá más graves e inquietantes. Este factor explica en parte la poderosa carga adictiva de la serie.
Como recomendación adicional vale la pena leer –mientras se va viendo la serie o luego de haberla terminado– una entrevista publicada en el blog del semanario Washington City Paper, titulada “An Ex-Con Reviews Orange is the New Black”, en la cual una ex convicta va viendo la serie y comparándola con su propia experiencia en prisión, señalando cuáles elementos presentados son creíbles y cuáles son un auténtico delirio, qué personajes podrían encontrarse en una prisión estatal y cuáles no podrían sobrevivir, qué grado de verosimilitud tiene para ella cada detalle de la aproximación. Es una entrevista un tanto larga pero no tiene desperdicio, como la serie en su totalidad.

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