En cuartetas

Un cuento carnavalero que todavía se repite

Foto: Fernando Pena

Era una niña que pensaba en cuartetas. No sabía lo que eran las cuartetas, pero pensaba en cuartetas. No se sabe bien cómo ni por qué le surgió esta cualidad, ya que nunca había escuchado a nadie expresarse de esa forma. Era una condición muy difícil: nadie la entendía, le decían que era inútil y en la escuela le iba mal, porque todos bien sabemos que en la escuela nadie piensa en cuartetas.

De todas maneras, ella hacía un enorme esfuerzo por traducir sus pensamientos a la forma “correcta” de expresarse, porque esa es otra cosa que pasa en la escuela: nadie puede salirse de lo “correcto”. Un día de febrero, mientras andaba en bicicleta por su barrio, escuchó algo que llamó poderosamente su atención. Un canto fuerte y visceral la invitó a frenar. Había en él algo familiar, y no sabía bien qué era.

Por un agujero en aquel enorme muro blanco divisó un resplandor que no pudo definir. Entrecerró los ojos y vio manchas difusas de tonos radiantes. El agujero era chiquito, y estaba tan concentrada en lo que veía que por un momento fue como si sus oídos se cerraran. De repente, todo se volvió nítido: enormes muñecos portaban telas anchas y coloridas; sus cuerpos llevaban la cara blanca como si se hubieran pasado tiza, y arriba tenían pintados más colores que delineaban su expresión. ¡Eran personajes inventados de algún cuento no contado! Estaba maravillada.

Cuando se le destaparon los oídos descubrió que los personajes pensaban como ella, y además lo hacían en voz alta sin que nadie los censurara. Era más bien lo contrario: las cuartetas se encontraban con manos que aplaudían, con personas que las coreaban, con cuerpos que bailaban al ritmo de canciones. No entendía bien lo que decían, pero lo importante no era el qué sino el cómo, y eso la llevó a pensar que, evidentemente, ese iba a ser su lugar en el mundo.

Casi sin querer trepó el muro y se acercó despacio al escenario. Miró y escuchó lo que restaba del espectáculo con tanta emoción que no pudo prestar atención a nada más. Cuando terminaron los cantos y los bailes observó a los espectadores para darse cuenta de que eran todas personas de su barrio, de su familia y de su escuela. ¡Estaba hasta la maestra!

Era difícil entender que las mismas personas aplaudieran aquello que censuraban en ella. En medio de un sentir que mezclaba emoción y enojo, euforia y rabia, se puso a decir, ella también, sus cuartetas en voz alta. Intentó trasmitirles que era eso lo que a ella le pasaba, que no controlaba cómo los pensamientos se formaban en su cabeza, y que necesitaba que la comprendieran. Pero eso no sucedió: nadie la escuchaba ni la miraba, era casi como si no estuviera ahí.

En medio de un llanto profundo volvió a saltar el muro, tomó su bicicleta y pedaleó lo más fuerte que pudo hacia su casa. Tan fuerte pedaleó que se cayó de la bici. Miró alrededor para cerciorarse de que no había nadie, porque sabía que si alguien la veía llorar, con toda esa sangre en la rodilla, no iba a comprender que lo que le dolía de verdad no se cura con alcohol y curitas.

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