«En eso estamos, Paulina» – Brecha digital
La historia del Partido Socialista de Uruguay

«En eso estamos, Paulina»

Jaime Yaffé (editor), El Partido Socialista de Uruguay desde sus orígenes hasta nuestros días, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2022, 286 págs.

Finalmente, el partido más viejo de la izquierda uruguaya tiene su historia. La merecieron, frondosa, sus vástagos. Por ejemplo, leyendo el tercer volumen de la Historia de la izquierda uruguaya, de Fernando López D’Alessandro; Camaradas y compañeros, de Gerardo Leibner; El Partido Comunista bajo la dictadura,de Álvaro Rico, y La política de la fe, de Adolfo Garcé, se adquiere una visión muy completa del trayecto de los comunistas uruguayos desde el nacimiento del partido hasta muy cerca del presente. Lo mismo ocurre respecto a la vertiente tupamara si se tienen a mano Una historia de los Tupamaros, de Alain Labrousse y Donde hubo fuego, también de Garcé. Es cierto que la academia todavía no ofrece historias de otros grupos de esa generación, como el Partido Demócrata Cristiano, la Agrupación por el Gobierno del Pueblo (la 99), las organizaciones frenteamplistas de origen blanco, los Grupos de Acción Unificadora o de los «ciudadanos independientes» que firmaron el llamamiento del 7 de octubre de 1970.

Con todo, haberse salteado al decano de la izquierda partidaria parece una omisión más gruesa −cuyos motivos sería interesante descifrar−, que el libro editado por Jaime Yaffé quiere reparar. Se trata de un trabajo colectivo. Las primeras 120 páginas del libro reconstruyen la historia del socialismo uruguayo, desde su génesis hasta 2020, a través de tres artículos que consideran: primero, el trayecto de la organización hasta 1960; luego, los treinta años que separan al nido de radicales que fue el partido en los sesenta hasta el año 1990, cuando se elige al primer intendente frenteamplista (1990), y, finalmente, estas últimas dos décadas, en las que el partido pasó de obtener el mejor resultado electoral de su historia a precipitarse en un declive que no hay razón para imaginar concluido.

El período inicial es también el más conocido, en buena medida por trabajos anteriores de López D’Alessandro, que es quien se ocupa de este tramo (en este caso, tal vez por razones de espacio, se echa de menos la minuciosidad de su Historia de la izquierda o de El hombre que fue Ríos). El artículo siguiente es de Yaffé y quizá el más interesante de la primera parte. Primero porque logra una eficiente reconstrucción de las sucesivas escisiones que sufrió el partido desde 1962 hasta 1973, pero también porque hace comprensible cómo una organización, que se había vuelto radicalmente descreída de la institucionalidad democrática, logró procesar sin nuevas rupturas una renovación ideológica que la hizo salir de la dictadura con una concepción que colocaba a la democracia en el centro, lista para deshacerse del corsé del leninismo. El tránsito de los últimos veinte años es expuesto ordenadamente por Garcé y Damián Recoba, en un trabajo que incluye una serie de cuadros y gráficos útiles, pero que quizá no termina de despejar las raíces de la actual deriva socialista.

La segunda parte del libro la constituyen doce aproximaciones a distintos aspectos del trayecto del partido. Fernando Pedrosa aborda las relaciones de los socialistas con la socialdemocracia internacional. Jimena Alonso muestra la retroalimentación entre dos socialismos latinoamericanos en busca de un rumbo propio: el chileno y el uruguayo. Lucía Siola y Sabrina Álvarez estudian la implantación sindical de los socialistas desde la refundación del partido hasta el golpe de Estado, y ponen arriba de la mesa el dilema de una política sindical que forjó dirigentes tan disímiles como Raúl Sendic y Lino Cortizo (fundador de una «central sindical» que apoyó la dictadura). Los vínculos del socialismo con la lucha armada son objeto de dos artículos suscritos por Eduardo Rey Tristán y Nicolás Duffau. El vínculo de Vivian Trías con el servicio secreto checoslovaco es analizado desde perspectivas disímiles por López D’Alessandro, por un lado, y Aldo Marchesi y Michal Zourek, por otro.

Hay un novedoso artículo de Álvaro Rico sobre un episodio que, aunque lo implicó personalmente, analiza con la necesaria distancia: la expulsión masiva de militantes resuelta por las autoridades partidarias en mayo de 1973. La versión circulante hasta hoy responsabilizaba a los expulsados de actividades fraccionalistas. Rico −para usar una expresión cautelosa− la pone en tela de juicio. El artículo de Gustavo Trullen sobre la Unidad Popular muestra que, antes de su estrepitoso fracaso, hubo un proceso de formación sobre el que vale la pena detenerse. A Inés Cuadro Cawen le cupo analizar la primera etapa de las relaciones entre feminismo y socialismo, y no solo sorprende el vigor emancipatorio del pensamiento frugoniano, que era capaz de defender el valor del feminismo contra la doctrina imperante en la Segunda Internacional, sino también cómo la misoginia del partido era incapaz de integrar una mujer en su dirección. La candidata, naturalmente, era Paulina Luisi, quien documentó el proceso de exclusión. Por eso, en su última carta al Comité Ejecutivo del partido, Luisi escribió: «Todo está muy anotado y documentado. Será un sabrosísimo capítulo cuando se escriba la historia del feminismo uruguayo». Así que la historiadora añade enseguida: «En eso estamos, Paulina».

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