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El carnaval porteño en tiempos de covid-19

En las malas mucho más

En febrero de 2020, en la ciudad de Buenos Aires, desfilaron por los corsos del circuito oficial unas 111 murgas. Alrededor de 15 mil murgueros esperan todo el año para salir a tomar las calles. Sin embargo, a principios de enero de 2021, fueron las mismas murgas las que hicieron pública la suspensión de los festejos tradicionales. A pesar de lo doloroso de la decisión, encararon el desafío con la idea de sumar, sembrando el posible inicio de nuevas costumbres carnavaleras.

RRSS Carnaval en los barrios

Una murga porteña no es lo mismo que una murga uruguaya y un corso no es lo mismo que un tablado.1 Algunas de esas diferencias son claves en una época de pandemia. La primera es la que refiere a la cantidad de integrantes: una murga porteña que salga con menos de 50 personas es una murga chica. El carnaval porteño no es de canto y escenario, sino un festejo de calle, y está signado por los traslados y los desfiles. Tal vez, para definirlo mejor, podemos decir que se parece al cruce entre una llamada de candombe y un festival de murga. La mayor parte de las agrupaciones congregan alrededor de 100 integrantes y las más grandes pueden alcanzar los 500. Durante los fines de semana de febrero, estos grupos se movilizan en camionetas en las que suelen ir entre 30 y 40 personas de un barrio a otro para presentarse en cuatro o cinco corsos distintos, y los corsos tienen lugar en la calle: no se cobra entrada, no se controla el acceso y no hay gradas ni espacios definidos en los que sentarse. En los corsos que pertenecen al circuito oficial hay vallas que separan el desfile del público, pero en los que no (la amplia mayoría) no existe ni siquiera esa separación. La asistencia del público varía mucho de barrio en barrio, pero hay corsos en los que llegan a participar más de 1.000 personas por noche. En el de Boedo, ese número puede alcanzar las 5 mil.

Es así que, en términos de protocolos de prevención del covid-19, el carnaval porteño es una auténtica pesadilla. No es difícil imaginar una noche que empieza con un murguero tosiendo y termina con miles de contagios. El gobierno de la ciudad propuso presentaciones con un número limitado de gente, pero los corsos suelen estar organizados por particulares: casi siempre dependen de la capacidad de gestión de las propias murgas. La responsabilidad de lo que ocurriera en ellos iba a ser, por lo tanto, de los carnavaleros. Con ese peso en los hombros, el 28 de diciembre, en una asamblea virtual en la que participaron representantes de más de 100 murgas, se consideró que era imposible garantizar la seguridad de los murgueros y de los vecinos, y que, por lo tanto, los festejos tradicionales de carnaval tenían que suspenderse. Una decisión muy consciente pero también muy dura.

MURGUEROS Y ORGANIZADOS

Las agrupaciones del carnaval porteño tienen una larga historia de organización colectiva. Ya en la década del 80, con el país recién salido de la dictadura y un marco legal represivo heredado de los militares, las pocas que quedaban decidieron que si seguía cada una por su cuenta, no iban a subsistir por mucho tiempo. Desde entonces han aprendido a trascender la competencia para hacer posible un carnaval cada vez más grande. Fue gracias a esa lucha colectiva que el número de murgas pasó de ser de cerca de diez personas a la salida de la dictadura a alcanzar las más de 100 en la actualidad, y eso sólo en la ciudad de Buenos Aires. De esta manera, también han logrado que se les permita ensayar en paz, ser reconocidas como patrimonio cultural de la ciudad y reinstaurar los feriados de carnaval, eliminados del calendario por el gobierno militar de facto.

Durante el invierno de 2020, esta capacidad de organización se manifestó al máximo. Ya en mayo, mientras todos esperábamos las conferencias de prensa de Alberto Fernández, los murgueros se dividían en comisiones para trabajar en una propuesta de carnaval alternativo, en protocolos que les hicieran posible volver a las plazas y en la forma de financiar todos los cuidados que había que tener en cuenta. En agosto presentaron los frutos de su trabajo al ejecutivo de la ciudad, que los ignoró.

No es nuevo el desprecio que desgrana el gobierno sobre el festival de arte popular más grande que posee. Tal vez sea por la imposibilidad de sacarle un rédito económico, por lo incómodo de recibir las críticas carnavaleras o por un mero prejuicio de clase. Lo cierto es que la ciudad tiene una larga historia de incapacidad e indiferencia frente a estas manifestaciones tan fundamentales para garantizar el acceso de todas las personas al arte y a la cultura.

EL CARNAVAL SOMOS NOSOTROS

De todas maneras, las murgas se acogieron a un protocolo destinado a actividades deportivas y lograron volver a ensayar. Y, como no fueron escuchadas cuando presentaron un proyecto de realización para un carnaval alternativo, honraron su independencia e informaron de manera oficial que iban a suspender los corsos. Porque ningún murguero iba a permitir que se dijera, simplemente, que se había suspendido el carnaval.

Lo que se suspendió fueron los espectáculos callejeros, pero el proyecto de carnaval alternativo presentado contó con varias actividades. Así, se decidió que se iban a llevar adelante intervenciones que no implicaran la presencia de público. Lo primero fue vestir la ciudad y decorar los lugares en los que tradicionalmente se hacen corsos, invitando a los vecinos y los comerciantes del barrio a colgar banderines de sus ventanas, vidrieras y balcones. La ciudad se despertó en febrero vestida de fiesta y todo aquel que así lo quiso colgó cuatro banderines en la puerta. Muchos eligieron colgarlos de la mochila, como pañuelos que defendían la causa del carnaval. También se llevó a cabo una muestra fotográfica itinerante con tema carnavalero, que paseó de plaza en plaza por todas las comunas de la ciudad.

Catorce murgas decoraron las paredes de sus barrios con murales de gran tamaño, que dejaron testimonio de lo que representan los carnavales en la historia popular. Esta es una actividad que se extenderá durante el año, ya que más de una agrupación carnavalera planea todavía pintar el suyo. También se transmitió vía streaming la parte de escenario de los shows de varias murgas. Esto dio como resultado que, quizás por primera vez, haya un registro audiovisual masivo, de buena calidad, de lo que hacen las murgas. Es apenas una muestra gratis, pero la mayor parte de los murgueros consultados lo consideró un éxito y espera que se repita en años venideros. Para los uruguayos, supone la oportunidad de tener un primer acercamiento al carnaval porteño.2 Por último y porque –como dice la sabiduría china– toda crisis es oportunidad, se intentará aprovechar la suspensión para concretar un proyecto que hace rato viene dando vueltas en la cabeza y el corazón de los murgueros: los carnavales de invierno. La idea es agregar, en julio, una nueva fecha de carnaval a la agenda de festejos de la ciudad de Buenos Aires.

Es cierto que este es el primer año desde la dictadura en el que no hubo corsos, pero, en lugar de juntarse para bailar y cantar, las murgas se dedicaron a dar una mano a la gente llevando adelante, con muchísimo esfuerzo, desde ollas populares hasta la confección y el reparto de tapabocas. Porque la murga porteña es del barrio y para el barrio, en las buenas y en las malas. Fue un febrero muy difícil, pero la alegría y las ganas de festejar estuvieron ahí, buscando la manera de contagiar felicidad.

1. Me referí con mayor profundidad a las diferencias entre las murgas porteñas y las uruguayas en esta nota: https://brecha.com.uy/la-murga-del-otro-lado/

2. Las actuaciones pueden verse aquí o o en el canal de Youtube oficial de las murgas porteñas: Carnaval en los barrios.

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