Aunque según el día cambie de canción –algunas veces dirá «She Loves You», otras «Love Me Do»–, el recuerdo de Hugo Fattoruso sobre la primera vez que escuchó a los Beatles conserva una cotidianidad preciosa. La hija de la panadera (¿linda-infinita?) de las calles Justicia y Lima le trae un obsequio desde Londres: esa música con la que «todo el mundo» está enloquecido. Su reacción inicial es de disgusto: «¡Hacen ruido estos botijas!». Pero dura lo que un yeah. Esta epifanía entre bizcochos marca para siempre la historia de la Beatlemanía en Uruguay. Los Shakers esperan a la vuelta de la esquina. Tratando de imitar lo inimitable, dirá Hugo al periodista rosarino Gonzalo Luján Salguero 60 años después: «Es como querer armar una Ferrari en el garage de tu casa».
El 7 de febrero de 1964, misma jornada en que los cuatro de Liverpool arriban a la ciudad de Nueva York, el sello EMI Odeon decide jugar fuerte y publica, del otro lado del charco, siete lanzamientos simultáneos –sí, lee bien: siete– de los Beatles en Argentina. Aunque ya había apostado tímidamente a algunas canciones del grupo, renombrándolo Los Grillos –una traducción errada que, sin querer, se condijo con el homenaje de John en el nombre a los Crickets de su malogrado ídolo Buddy Holly–, se puede establecer esta fecha como la Hora Cero de la Beatlemanía en Argentina. Tras esa huella fue Rodrigo Buján, nacido en 1980, licenciado en Ciencias de la Comunicación y también en Artes Musicales, fan Beatle desde niño, docente del curso «Los Beatles como compositores» en la Universidad Nacional de las Artes y autor del soberbio Atado a nada. Una historia de clics modernos (Vademécum, 2024). No es la intención de este párrafo convertirse en una versión breve del curriculum vitae del autor: sucede que sin ese viaje no existiría Twist y grillos. El origen de la Beatlemanía en Argentina. El más reciente lanzamiento de la editorial porteña fue primero la tesina de Buján para recibirse en la UBA (Universidad de Buenos Aires). Por suerte, el trabajo no quedó perdido entre los pdf de circulación académica: Buján revisó, retocó y ensanchó aquella idea desarrollada 20 años atrás. El tipo tenía su propia colección de memorabilia del grupo (sospecha como El Hugo su primera escucha: «Probablemente “She Loves You”, que abre el casete 20 éxitos de oro. El primer disco que compré fueron los dos volúmenes de Past Masters, en una disquería de Viña del Mar, Chile. Vacaciones en febrero de 1991»). Pero había un inconveniente: en aquellas páginas, los Beatles ya eran leyenda y el consenso era absoluto. El grupo que partió en dos la historia del siglo XX, vehículo de un nuevo grupo social –la juventud–, que en menos de una década marcó un antes y un después en la música popular, etcétera. Entonces, Buján sacó la lupa: ¿qué pasó en Argentina cuando estos tipos asomaron sus narices al mundo todo? Y se dedicó en exclusiva a aquel 1964.

Twist y grillos. El origen de la Beatlemanía en Argentina, de Rodrigo Buján. Vademécum, Buenos Aires, 2026. 320 págs.
«Recuerdo perfectamente qué es lo primero que escuché de los Beatles con muchísima atención: fue “Twist and Shout”. La pasaban en una especie de ranking semanal que había en Radio Centenario de Montevideo. En eso dijeron que eran los Beatles, y bo, me quedé… se me grabó perfectamente», dice la voz firme de Lulo Higgs. «Tendría 14 años [nació en 1949]. Tenía conocimientos de rock por discos de Elvis que había en mi casa, y por una película que tuvo mucho éxito acá, Rock Around the Clock. Me acuerdo de poner el programa La Cinta de Oro, porque repetían toda la semana el ranking ese, y volver a escuchar “Twist y gritos”».
El despertar de Higgs fue análogo al de los hermanos Fattoruso y el de tantos jóvenes alrededor del globo. Pero todavía quedaba una revelación: «También vi en la previa de una película, en el Cine 18 de Julio, el mismo Twist and Shout, en un corto que pasaban antes. Los vi en vivo y dije ¡pah, ellos tocan también! Porque cuando escuchaba “Twist y gritos”pensaba que eran solo cantantes. Pero no: los tipos tocaban sus instrumentos, cosa que me redondeó una imagen que nunca voy a olvidar». Fue al Palacio de la Música y compró Please Please Me. No pasaría demasiado tiempo hasta que armara su propia banda, calcando formación con los liverpulianos, como Los Shakers. Alberto Cambón y el propio Eduardo Higgs en guitarra y voz, Gustavo Silveira en bajo, Ruddy Sambado en batería: Los Shades. Higgs es el único sobreviviente y, por ende, el único que pudo colaborar –con su hijo Paul como aliado– en esta operación llevada adelante por los sellos Cólera para ti y Little Butterfly Records. El título resume a la perfección el rescate de uno de los tantos grupos que surgieron al calor del 64: Un-Shade. Si la mímesis con el Mersey Beat era buscada intensamente, podríamos hablar de un incipiente Río de la Plata Beat.
Los Shades grabaron cuatro simples publicados por Sondor –tres de ellos en 1965–, lo que parece poco pero, para los estándares de la época, era una cifra envidiable. Hoy, fueron digitalizados para ser compartidos por primera vez en conjunto, por ahora solo en plataformas digitales.
PELAMBRES ANDRÓGINAS, PRÓLOGOS DE HOMBRE
Twist y grillos cubre todos los flancos. Munido de un impresionante archivo gráfico recabado en los medios gráficos de la época –un apéndice al final del libro destaca algunas joyas que hoy se leen entre risas: «pelambres andróginas», «prólogos de hombre», «aulladores»–, recorre ese impacto audiovisual –era la música, pero también la imagen, en especial esas cabelleras: cualquiera que osara usar flequillo pasaba a ser apodado Beatle, desde Bonavena al Loco Gatti, que causó fascinación y rechazo en partes iguales: un fenómeno difícil de asir–. Entre errores crasos de la prensa –lo mínimo era confundírselos entre sí–, y una futurología que no auguraba tantos laureles.
La insólita historia de los American Beetles, aquel grupo estado-unidense que arribó a Argentina y Uruguay no exento de conflictos, atraviesa las páginas de Twist… Dice Buján, con pericia: «La “marca” Beatles arribó antes que el “producto” real». Se llegó a hablar más de Tom, Dave, Bill y Vic, los Beetles con e, que de los originales. Hasta se los comparaba, como si resistieran comparación posible. Pero aquel paso de los Fake Four sirvió para aguzar el ojo sobre los Fab y empezar a vislumbrar algo del germen que había allí. Ese que Higgs y sus compañeros de Los Shades vieron al instante y tradujeron en, además de versiones de grupos no tan reconocidos para la época, sus primeras canciones originales, dotadas de una inocencia entrañable. Duraron hasta que la novia del bajista le pidió que no tocara más, en algún momento de 1967.
Dejemos que el maestro Charly García –el otro artista estudiado al detalle por Buján– ponga los puntos sobre las íes como cierre: «Nos juntábamos con amigos en guitarreadas, y el repertorio era “Perfidia”, Palito Ortega, alguna zamba y “Twist y gritos”, que era la que se guardaba para el final porque nos llevaba al paroxismo, la gente se volvía loca en serio. ¿Cómo pudo suceder eso? Para nosotros era un rumor, un rebote que llegaba desde otro lado. Pero era increíble, porque tocabas las canciones y pasaba lo mismo. Vos ponías un disco de Johnny Hallyday o de Sinatra, y a la gente no le pasaba nada».


