Epidemia de neoliberalismo

Hace siglos pudimos aprender la importancia de los entornos sociales y naturales donde los virus se arraigan y multiplican, porque convivimos con ellos y no siempre nos amenazan. La peste negra debió enseñarnos que virus preexistentes se multiplican y dispersan cuando se crean las condiciones apropiadas. En nuestro caso, esas condiciones las creó el neoliberalismo.

En Plagas y pueblos William McNeill destaca algunas cuestiones de actualidad cuando analiza la peste negra, que barrió Europa desde 1347 hasta 1353. Los cristianos, a diferencia de los paganos, cuidaban a los enfermos, “se ayudaban entre sí en épocas de pestilencia” y, de ese modo, contenían los efectos de la peste. La “saturación de seres humanos”, la sobrepoblación, fue clave en la expansión de la peste. La pobreza y una dieta poco variada incidieron. Pero, además, la llegada de nuevos habitantes que no observaban las llamadas “supersticiones”, costumbres locales de los pueblos, convirtió las pestes en desastres.1

Fernand Braudel agrega que la peste, o “hidra de mil cabezas”, constituye una constante, “una estructura de la vida de los hombres”. Sin embargo, qué poco hemos aprendido.2

La peste negra destruyó la sociedad feudal, por la aguda escasez de mano de obra a raíz de la muerte, en pocos años, de la mitad de la población europea y, también, por la pérdida de credibilidad de las instituciones. Este es el temor que ahora lleva a los Estados a encerrar a millones de personas.

La epidemia de coronavirus en curso tiene algunas particularidades. Me voy a centrar en las sociales, porque ignoro cuestiones científicas elementales. Esta epidemia no tendría el impacto que tiene si no fuera por tres largas décadas de neoliberalismo, que ha causado daños ambientales, sanitarios y sociales probablemente irreparables.

Naciones Unidas, a través del Pnuma, reconoce que la epidemia “es reflejo de la degradación ambiental”. El reporte señala que “las dolencias transmitidas de animales a seres humanos están creciendo y empeoran a medida que los hábitats salvajes son destruidos por la actividad humana”, porque “los patógenos se difunden más rápido hacia rebaños y seres humanos”.

Para prevenir y acotar las zoonosis, es necesario atajar “las múltiples amenazas a los ecosistemas y la vida salvaje, entre ellas, la reducción y la fragmentación de hábitats, el comercio ilegal, la contaminación y la proliferación de especies invasoras y, cada vez más, el cambio climático”.3

Las temperaturas a comienzos de marzo en algunas regiones de España están hasta 10 grados por encima de lo normal en el invierno boreal.4 Además, la evidencia científica vincula “la explosión de las enfermedades virales y la deforestación”.5

La segunda cuestión que multiplica la epidemia son los fuertes recortes del sistema sanitario. En Italia, en los últimos diez años se perdieron 70 mil camas hospitalarias, se cerraron 359 departamentos y se abandonaron numerosos hospitales pequeños.6 Entre 2009 y 2018 el gasto en salud creció un 10 por ciento, frente al 37 por ciento de la Ocde. En Italia hay 3,2 camas por cada 1.000 habitantes. En Francia, seis y en Alemania, ocho.

Entre enero y febrero el sector sanitario español perdió 18.320 trabajadores, en plena expansión del coronavirus.7 Los sindicatos del sector denuncian el “abuso de la contratación de interinos y la precariedad en el empleo”, mientras las condiciones de trabajo son cada vez más duras. Esta política neoliberal con el sistema sanitario es una de las causas por las que Italia ha puesto en cuarentena todo el país, y España puede seguir el mismo camino.

El tercer asunto es la epidemia de individualismo y desigualdad, cultivada por los grandes medios, que se dedican a meter miedo, informando de forma sesgada. Durante más de un siglo, sufrimos una potente ofensiva del capital y de los Estados contra los espacios populares de socialización, mientras se bendicen las catedrales del consumo, como los shoppings.

El consumismo despolitiza, desidentifica e implica una “mutación antropológica” (como alertó Pier Paolo Pasolini). Hoy hay más personas que desean tener mascotas que hijos.8 Este es el mundo que hemos creado y del que somos responsables. Las medidas que se toman pueden agravar las epidemias a largo plazo. El Estado suspende la sociedad al aislar, confinar a la población en sus casas y prohibir incluso el contacto físico.

La desigualdad es igual que en la Edad Media (hacia 1500): los ricos corrían a sus casas de campo cuando se anunciaba la peste, mientras que los pobres “se quedaban solos, prisioneros de la ciudad contaminada, donde el Estado los alimentaba, los aislaba, los bloqueaba, los vigilaba”.9

El modelo del panóptico carcelario digitalizado, que suspende las relaciones humanas, parece ser el objetivo estratégico del capital para no perder el control en la actual transición sistémica.

1.   Plagas y pueblos, Siglo XXI, Madrid, 2016, págs 122, 155 y 163.

2.   Las estructuras de lo cotidiano, Alianza Editorial, Madrid, 1984, pág 54.

3.   ‹https://bit.ly/2TS42fL

4.   ‹https://bit.ly/3aFvynq

5.   ‹https://bit.ly/2IDBbGO

6.   ‹https://bit.ly/39BjkMC

7.   ‹https://bit.ly/2wJIR7W

8.   ‹https://bit.ly/2W8J5Qm

9.   Obra citada, pág. 59.

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