Eros es un repartidor solitario perdido en medio de la noche

Pausa de ficción.

Paraguay

A veces quiero tener un mazo y echar las paredes de mi casa, golpear sus partes más vulnerables hasta que se caiga toda. Hay partes donde la humedad ya se me ha adelantado, ha debilitado las paredes por dentro lentamente durante años. El deterioro es evidente: hay manchas, revestimientos caídos, hongos, moho; si nunca hice nada para contenerlo, fue porque no quise. ¿Qué caso habría tenido? Esta es la única clase de belleza que conozco. Me gustaría tener un mazo y darle fuerte en donde ya ha empezado a desmoronarse. Cada vez que levanto la cabeza y veo las vigas de madera me pregunto qué tanto resistirían si se colgara una persona, por ejemplo, si me colgara yo, qué tanto les afectaría a esas vigas viejas de casi cien años. Cuando uno piensa en colgarse no piensa en cómo afectaría a la estructura de su casa. A sus mascotas. A su familia. No piensa en cómo afectará de por vida a la persona que encuentre el cuerpo. En ese momento uno sólo piensa en la resistencia de la viga. Sería vergonzoso que alguien entrara y te encontrara de pie en medio del dormitorio con una soga o cinturón alrededor del cuello y en el otro extremo un caño roto o un trozo de madera colgando del techo. ¿Quién va a pagar por la reparación?

Por decir fútbol

Enciendo la tele y veo películas de Disney en casi todos los canales. Me deprimen las películas de Disney, sobre todo los sábados por la tarde. Podría colgarme sin dudar un sábado por la tarde solamente porque me encontré con otra película de Disney al encender el televisor. Hola, me llamo Alaska. Como un perro o una stripper.

—¡Hola, Alaska!

Lo más mínimo puede llegar a angustiarme hasta el punto de no querer levantarme de la cama. A veces, alguien me cuenta sobre algún video triste que vio en Internet y no puedo sacármelo de la cabeza, puede ser un video sobre un gato o un perro cuyo amo murió y cómo el animal siempre lo busca en el mismo lugar, ese tipo de cosas. Cuando veo uno de esos videos no puedo dormir. Todo empieza con el gato que extraña a su amo, después imagino muertas a las personas que quiero, y luego, a mí, sin haber hecho nada con mi vida. Ni siquiera un hijo. Un hijo que conserve algún rasgo de mi rostro en el suyo o algún gesto mío. Aunque ni siquiera me gustan los niños. Me gustarían, tal vez, si fueran míos, si yo pudiera enseñarles a no interrumpir cuando un adulto habla y esas cosas. Si estuviera calladito todo el día en un rincón y la gente me preguntara qué le pasa y yo pudiera responder que no le pasa nada, que solamente está bien educado. Si la gente dijera que se ve triste, entonces me entraría cierta angustia de pensar que mi hijo a veces siente lo mismo que yo, que sólo piensa en tener un mazo para derribar las paredes de nuestra casa o una soga para colgarse de alguna viga. ¿Cómo me sentiría si yo entrara a la casa con bolsas de supermercado en las manos diciendo ya llegué con una sonrisa boba y lo viera ahí suspendido y tieso? Se me desdibujaría la sonrisa del rostro, las bolsas caerían lentamente, las naranjas rodarían por encima de su sombra. Por eso, no, yo no puedo tener hijos. La única forma de detener esta clase de pensamientos que me atormentan es comprando comida chatarra, de esa que la gente tiene miedo de comer porque engorda demasiado. Cuando no puedo dormir, si no hay restaurantes abiertos, me paso viendo imágenes de pollos fritos en la pantalla del teléfono. Cosas fritas y crocantes; mientras piense en ellas no me dan ganas de matarme. Pero si un día compro pollo frito y la piel no está crujiente como esperaba, me vuelvo a deprimir. Podría permanecer horas en una plaza de comidas inmóvil ante un pollo frito que me decepcionó, observándolo sin tocarlo como si observara todos mis fracasos. Todo lo que alguna vez quise y nunca tuve. Un viaje a Italia, un dormitorio con puertas de vidrio que den al jardín, un sofá cama, qué sé yo, no se me ocurren tantas cosas, creo que no hay nada que realmente anhele, nada que pueda hacerme sentir menos triste, tal vez, lo único que a veces deseo es un pollo frito bien crujiente. He pasado noches en vela pensando en que todo lo que me mantiene en este mundo es la idea de un pollo crujiente perfecto en algún lugar. No es que no piense en qué sería de mi perro y mi gato sin mí, pero es posible que si un día amaneciera sin vida y ellos no tuvieran nada que comer, me comerían a mí. No serían como el animal del video que extraña a su amo, ellos sólo quieren comer, como yo. Puede ser que me equivoque, hay momentos en los que no se piensa en los otros; a veces, una persona sólo piensa en su propio peso y qué objeto tendrá la capacidad de sostenerla sin quebrarse. Mamá siempre dijo que tengo que ser fuerte. Fuerte como las vigas que sostienen el techo. Fuerte como las paredes dañadas que todavía sostienen toda la casa. Ojalá mis decisiones nunca le desdibujen la sonrisa, ojalá sus naranjas nunca rueden sobre mi sombra quieta. Cada vez es más difícil resistir. ¿Escuchan ese sonido? Ese ronquido que viene de la calle. Avanza, regresa, se detiene, da vuelta. Es, sin duda, una moto buscando una casa. Es un repartidor de comida rápida. Es mi madre llegando del supermercado. Es el pollo frito idealizado. Es el instinto de vida que me pasa de largo.

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