Espejos

Quizás desde los mismísimos tiempos en que el ruso Máximo Gorki (1868-1936) escribiera esta obra, “pequeño burgués” no era un término halagüeño, sino más bien un rótulo atribuible a quienes dedicaban la mayor parte de sus esfuerzos a satisfacer necesidades propias, al tiempo que prestaban escasa o nula atención a las de los que los rodeaban, o a otros ideales.

Tal la característica que aflora en varias de las siluetas que conviven o asoman en la casa de Bessemenov (Walter Rey), según las describe este gran autor cuyo nombre hacía ya mucho que no aparecía en cartelera, por más que fuera en la misma sala de El Galpón donde, en épocas anteriores al exilio de la institución, se estrenara una recordada versión de La madre, título que Pudovkin inmortalizara para la pantalla en plena era silenciosa. El cine se había asimismo encargado de destacar los valores de Los bajos fondos en 1936, todo un homenaje del maestro Jean Renoir al escritor que entonces acababa de fallecer. En la década del 60, La estepa, otro texto de Gorki, fue trasladado al cine bajo la dirección del itálico Alberto Lattuada. Muchos años después, la presente versión de Los pequeños burgueses, concebida por Héctor Guido a partir de una adaptación del argentino Mauricio Kartún, confirma las virtudes de un clásico.

Vale la pena entonces afinar la concentración para apreciar cómo Gorki, que supo sobrellevar momentos realmente difíciles a lo largo de su vida, es capaz de manejar más de una decena de bien delineados personajes que, de una manera u otra, cobran parcial protagonismo, al tiempo que integran un fresco palpitante de una especie de unidad familiar –“pequeño burguesa”, claro– de una ciudad de la Rusia zarista. Entre esos personajes Gorki hace así lugar para quien parece aceptar la realidad tal cual es, aquel que se adapta, para quien busca informarse como corresponde y hasta para los que no logran dominar el resentimiento hacia todo lo que les rodea. Un testigo comenta detalles de lo que sucede a lo largo de un desarrollo que no desprecia los énfasis del melodrama para subrayar abusos de autoridad y excesos de sometimiento en un período en el que se avecinan grandes cambios, cambios que evocan los lejanos acordes de “La Marsellesa”, con su permanente alusión a una burguesía no pequeña y que consiguió hacer triunfar ciertos ideales que, en la ocasión, adquieren el tinte de una verdadera ironía acerca de ciertos objetivos que la realidad altera o aniquila.

Una historia coral, en suma, la de estos burgueses pequeños, cuyo final depende empero de una platea lista a extraer sus propias conclusiones acerca de lo que vio, escuchó y, sobre todo, observó en la controladísima puesta en escena que Guido lleva adelante con inspirado uso del espacio y, por cierto, de la sugerente escenografía de un Osvaldo Reyno tan atento a lo que debe verse como a lo que puede entreverse. El preciso vestuario de Nelson Mancebo, las imprescindibles luces de Eduardo Guerrero y los acordes musicales, oportunamente alterados, de Carlos da Silveira, contribuyen a otorgar merecido marco a un elenco donde tanto el mencionado Rey como Silvia García, Pierino Zorzini, Soledad Gilmet, Cristian Amacoria, Massimo Tenuta, Soledad Frugone, Marina Rodríguez, Claudio Lachowicz, Alicia Alfonso y Analía Gavilán tienen oportunidad de lucimiento, no sólo de forma individual sino también en un sabroso puñado de escenas en las cuales las conversaciones se mezclan con una simultaneidad que jamás conspira contra la percepción de una platea entrenada ya para transitar del naturalismo al melodrama y de éste a los cambiantes frescos de la ironía.

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