“Este disco me salvó de volverme loco” – Brecha digital

“Este disco me salvó de volverme loco”

A fines del año pasado Eté y Los Problems editó su tercer disco: El Éxodo, probablemente uno de los mejores del 2014. Previo a su presentación en La Trastienda, Brecha conversó con Ernesto Tabárez, voz, guitarra y corazón de la banda, sobre el proceso creativo del álbum, Steinbeck, la Biblia, y Eduardo Darnauchans.

Eté. Foto Difusión

El éxodo es básicamente un disco de rock: guitarras bien al frente, acompañadas por una voz rasposa, gruesa, pero versátil en sus registros, algo que puede observarse en canciones como “Aparte”, “Ruta 8” y “La bandera”. Hay espacio para la sensibilidad pop con destino de hit (“Jordan”; “Objetos Perdidos”) y las baladas (“La portera”), lo que lejos de disminuir el carácter más roquero del disco, lo reafirma. Un destaque merece la impresionante canción que da nombre al trabajo, una síntesis de toda la concepción musical y compositiva del álbum. Un tema que comienza calmo, con la voz de Tabárez susurrando como si estuviera haciendo dormir a un bebé, y que se dispara en la segunda mitad en un crescendo hipnótico liderado por las guitarras y los gritos de Tabárez, que hace pensar en una tormenta y en los instantes inmediatamente posteriores, cuando el sol intenta filtrarse entre la espesura gris de las nubes.

El éxodo se presenta mañana sábado en La Trastienda, en un show que promete estar a la altura del disco. “Todo el diseño mental que hice para escribir el disco va a ser ejecutado ahí. No sólo las canciones, sino visualmente. Va a ser o va a buscar ser una alucinación colectiva. Que sea un sueño, que sea onírico. Si todo sale bien, va a ser la mejor cosa que hayamos hecho en nuestra vida. Si sale bien, me puedo morir en paz. Sería el gesto final de El éxodo. Sería como poner una visión en el escenario”, dice a Brecha Tabárez, guitarra, voz y corazón de esta banda que es su banda, y que al mismo tiempo es él (Eté), más Los Problems: Santiago Peralta en la otra viola; Andrés Coutinho en la batería y Nicolás Pequera en el bajo.

PERDIDO
Dijiste que El éxodo era un “disco de salvación”. ¿De qué te salvó?
—Me salvó a mí de mí. De volverme loco. Yo me separé antes del disco, y se me derrumbó, se me incendió todo lo que consideraba mi vida, y ante eso fue que dije: “me voy a poner a hacer el disco”. Primero concretamente, porque dediqué mi mente a eso y no a volverme loco. Y después porque me explicó a mí. Me dio aliento. La idea esa de caminar que tiene el disco, permanente, como de avanzar, tiene que ver con eso: “no te quedes, vamos”. El disco es aliento y empuje. El empuje que usé para salir adelante está en el disco.
¿Cómo fue el proceso? ¿El concepto estuvo desde el principio?
—Para grabar el disco acumulé fragmentos, ideas y conceptos durante dos años. Después hubo un período como de seis meses donde ya empezaron a aparecer formas de canción, con un inicio, cambios de acordes. Eran pocas, canciones cerradas había dos o tres. Cuando me puse a escribir el disco tenía 400 archivos en una carpeta. Convertí todo eso en veintipico de canciones. Fuimos al estudio con 17, grabamos 15 y quedaron 11.

Durante esos dos años yo pensaba que estaba perdido, que no estaba encontrando el disco, y en realidad es un disco sobre estar perdido. Entonces terminó cerrando. En las primeras cosas que registré hace dos años estaba la matriz. Y yo no la veía. Me dio esa sensación cuando terminé: que nunca había estado perdiendo el tiempo. Todo el tiempo estaba haciendo El éxodo. Hay cosas muy menores: una frase, ideas, sensaciones auditivas. A veces escucho las canciones como si oyera de lejos un disco en el campo, y no sé bien cómo es, y mi trabajo es pasarlas, bajarlas. Las sensaciones que yo escuchaba están en varias partes del disco. Por eso me parece que es exitoso en ese sentido. Fue un éxito el trabajo. Llegó a donde tenía que llegar.

¿Sos muy disciplinado para escribir y componer?
—Disciplinados son los atletas. Yo soy un tipo que se tira en un sillón y le da…
Bueno, pero si le das todos los días diez horas…
—Sí, capaz que no le doy todos los días diez horas, porque no es como laburo. Pero mi disciplina está en que si yo veo que algo está mal, nunca la tiro a ver si pasa. Si está mal, está mal, no va a pasar. La única forma de que me guste una canción es que yo sé que era lo mejor que podía hacer. Si yo sé que eso lo podría haber hecho mejor, no me va a gustar, porque sé que podría haberlo hecho mejor. La verdad para encarar un texto para mí es todo. No decir la verdad, sino ser auténtico; la autenticidad es clave. Para eso tenés que dejar de lado… (Piensa). Si algo desprecio son los tipos que escriben como haciéndose ver, como cuidándose, cuidando su imagen, o repitiendo una fórmula, haciendo cosas donde no se juegan nada. Y para jugarte algo tenés que enfrentarte a vos.

CAMINEMOS
Es un disco por momentos triste, por momentos nostálgico, incluso desesperanzado, pero que sin embargo, al final, deja lugar a la esperanza.
—Pensé mucho en una imagen que era como una multitud avanzando, todo el tiempo. Entonces lo guioné como un trayecto. El tipo sale con todo al camino; se enoja, se siente triste, avanza igual, y llega un momento donde se extravía. En el trayecto, salvo la última, hay toda una parte de extravío. De la canción siete a la canción diez hay todo un período que no puede avanzar, de no saber si estás avanzando, a dónde va, no saber nada. Y en ese momento, después de “Enemigo”, tiene el pico de “La bandera”, donde decide avanzar igual y después ver; después queda perdido del todo, que es “Perdidos en Rusia”, y después la última canción hace esa transformación, que es pasar de estar perdido a decir: “bueno, vamos”.
Aparece la luz…
—Ni siquiera es una luz. Lo que pregunta es: “¿Será eso una luz?”. Tampoco ven una luz.
Pero no importa, van igual…
—Sí, parece ser una luz. ¿Vamos? Vamos. Yo me lo imaginé como algo muy directo; un grupo caminando de noche y viendo algo que parecía una luz de lejos y diciendo “vamos hasta ahí”. En estos dos años leí muchas veces, dos o tres veces entero, y después partes, Las uvas de la ira (de John Steinbeck), y tiene mucho que ver con la escena antes del final, que ven el granero de lejos y van hasta ahí. Y el disco este termina antes del granero, digamos. Cuando ven algo y van hasta ahí. Casualmente, mientras pensaba en multitudes desplazándose, y en éxodos, llegué a ese libro por otro lado.

No me gusta leer las biografías de los autores en los libros, no leo las solapas ni las contratapas; sólo leo el prólogo si es del autor. Entonces, yo había leído otros libros de Steinbeck, pero no sabía que Las uvas de la ira era tan exitoso. Llegué a ese libro sin saber que era el hit y quedé loco. Le comenté a un amigo y me dijo: “pero claro, boludo” (risas). Y ahí me enteré de que entre eso y Al este del edén se ganó un Nobel, ponele. Yo no lo sabía.

Pero el disco no es sólo sobre ese libro. Está el éxodo rural chino, que es como un tema, los Mingongs. Y también el de Artigas, y el éxodo bíblico.

Precisamente, una de las cosas que llama la atención es ver una cita tomada de la Biblia. ¿Sos creyente, religioso?
—No, pero creo poéticamente en la Biblia. Hay ahí un poder político y poético. Hay miles de imágenes poéticas que vienen de ahí y que no tienen que ver con lo religioso, sino con lo humano. Me parece muy poderoso lo que dice; tiene que ver con el desarraigo y con agradecer eso. Algo que trabajé mucho en el disco, al principio, fue evitar que fuera un disco de separación. Entonces era como agradecer la situación por la que me tocaba pasar. “Cantad a Jehová porque en extremo se ha engrandecido y ha echado en el mar al caballo y al jinete.” Ya fue, ¿entendés?, agradecé que ahora estás en esto, que te moviste y que ahora hay algo. Creo que salvo en las estupideces new age, que carecen de valor poético, en todos los textos religiosos hay una fuerza; hay poesía en el Antiguo Testamento, en los Evangelios. Hay poesía, belleza, es intenso. Yo carezco de fe. Pero tengo el arte para eso. El arte es mi lugar donde comulgo con algo superior a mí, que es real. La música es superior a mí; es una tradición que se pierde atrás en la historia y se pierde hacia adelante; siempre va a estar. No necesito de dioses inmortales, basta con tener a Johnny Cash.

1. Bizarro, 2014. Los dos discos anteriores de Eté y Los Problems son Malditos banquetes (2008) y Vil (2012), también en Bizarro Récords.

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La mejor vez

 

Alguna vez dijiste que Darnauchans te formó en la música y en la vida.
—Tenía 14 años cuando conocí a Eduardo. Y mi vida se reducía más o menos a lo que es la vida de una persona a esa edad: iba al liceo, jugaba al básquetbol. Y de golpe estaba ahí, viviendo cosas copadas y también otras como horribles. Me pasaba una tarde en el Bacacay con el Darno y me quedaba toda la noche ahí, y al otro día me iba al liceo, con pibes de 14 años. Era muy raro. Aprendés mucho ahí. Yo me volví adulto ahí… no adulto, porque no lo era, pero estar ahí, ver, tomar decisiones, andar solo de noche; salir de lo del Darno a las 2 de la mañana e irme, ¿entendés?, estar en la parada. Vivía como una doble vida: tenía una vida de adolescente común, y al mismo tiempo estaba en eso, que me atraía desde un lugar que no tenía que ver con el cholulismo; tenía que ver con que yo veía ahí una fuente de información y de cosas que yo quería ver. Yo quería estar cerca de eso, quería estar ahí. Había admiración. El Darno era increíble, y verlo ahí… desde los 14 a los 21 años yo lo vi tocar 100 veces. Y cada vez era ver todo, estar en los ensayos, ver cómo es… También lo hice con Garo (Arakelian), lo hago con Tussi (Demateis, vocalista de La Hermana Menor). Si un tipo hace canciones que me conmueven, le digo: “a ver, contame quién sos, qué hacés, cómo se hace”. Y lo voy a seguir haciendo. Desde hace un tiempo tengo una buena relación con Jaime Roos y quiero saber todo: me le siento al lado y le pregunto sin parar, lo vuelvo loco, y que me cuente. Y yo le cuento a él. Y no es porque sea Jaime Roos, es porque hay algo que tiene el tipo que quiero saber, quiero escuchar. No quiero un autógrafo. Con todos aprendés que hay una forma distinta; yo aprendo así, me formo con mis colegas.

 

Eduardo era bastante sorete en eso. Era duro. Me proponía una premisa para hacer una canción, por ejemplo, cualquiera… “Escribí una canción como si estuvieras adentro de una heladera”. Y yo me iba a mi casa, la hacía, y cuando la traía hablábamos muy abiertamente. El Darno era muy bueno en eso, en blanquear, no había miedo de decir las cosas sobre cómo estaba una canción. Ver fríamente los versos ayuda a entender, a sacar el ego del medio y laburar; hay un oficio ahí.

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El fan número uno

 

El disco está dedicado a la memoria de Marcelo Jelen.
—Sí. Yo quería mucho a Marcelo. Una vez tocamos para una sola persona y fue él. Vendimos una entrada y fue él. Estaba parado solo bailando y nosotros tocando. Me parecía de orden.
Pero vos lo conocías…
—Éramos amigos. Nos veíamos seguido. Yo le tenía mucho cariño. Él también a mí. Marcelo era como el fan número uno de muchas bandas de mi generación. Cuando murió me acuerdo de hablar con muchos colegas, y para todos hizo eso. Ir ahí, ponerse a bailar siempre, una cosa que no hacía la gente en los shows. A mí me gusta mucho. Yo bailo mucho en los shows después de Marcelo.

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